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Siete medallas españolas en 90 años de Juegos de Invierno, ¿un fracaso o un milagro?

“La tradición del hielo y la nieve en España son lo que son”, asume May Peus, el presidente de la federación de deportes de invierno

Paquito Fernández Ochoa, en su eslalon de oro en Sapporo 72. EFE

Dos oros en 54 años; siete medallas en total en 90 años de participación olímpica invernal, desde el debut español en Garmish 1936.

¿Números rácanos para España, un país que tampoco es una mina de metales en los Juegos de verano? ¿O son Paquito Fernández Ochoa, su hermana Blanca, Regino Hernández, Javier Fernández, Queralt Castellet, Ana Alonso y Oriol Cardona sencillamente un milagro, un tesoro inaudito como un árbol en Tierra de Campos?

La nieve y el hielo son apenas una mancha mínima, una arruga en el mapa de la península más meridional europea. Una actividad minoritaria en un país en el que, hasta hace nada, el esquí de fin de semana o de semana blanca era una actividad de pijos, aristócratas y nuevos ricos, o de trabajadores de estación de esquí y sus familias, a los que, como a los profesionales o los caddies de golf, no les importaba nada bajar al barro de la competición y hacer lucir su talento. Es mucho más sencillo para un joven con talento deportivo lanzarse al fútbol, al tenis, al atletismo, al judo, al ciclismo, al baloncesto, a cualquier deporte antes que a la nieve. En todos ellos, aparte de un acceso más fácil, España cuenta con deportistas míticos, figuras que despiertan deseos de emulación. El éxito de la versión light olímpica del skimo español nace de la figura única de Kilian Jornet, el mejor de la historia en todo lo que es nieve, escalada, travesías, ultratrail, aventura extrema.

Hace 70 años, dos españoles participaron en la competición de bobsleigh de los Juegos de Cortina d’Ampezzo. Eran dos aristócratas, el marqués de Portago y Antonio Sartorius, playboys bon vivants que invernaban en estaciones de esquí centroeuropeas, y en verano echaban carreras con ferraris. En los Juegos de 2026, el equipo olímpico español no es mucho más grande que entonces: 20 deportistas, sencillamente la décima parte de los dos centenares o así de las selecciones que dominan los debates: Italia, Japón, Estados Unidos, Suiza, Austria, Noruega o Canadá, grandes potencias de Alpes y Montañas Rocosas, monopolio de éxito en unos Juegos, los de Invierno, minoritarios en el mapa deportivo internacional. En todos ellos, salvo en la lógica Noruega, un país que vive al aire libre y en la nieve y desborda el medallero, la cuenta es similar a la española en los Juegos de Milán-Cortina: una cada 10 deportistas.

Reducido es el alcance de los Juegos tanto geográfico —92 países solamente, y solo ocho africanos— como humano, con menos de 3.000 deportistas, y casi la tercera parte (832) representando a solo cuatro países. Y los 20 de España también proceden de un limitado ámbito: 11 catalanes, cuatro vascos, una madrileña, una andaluza y tres nacionalizados (inglesa, alemana y rusa).

“Y qué difícil es conseguir una medalla”, reflexiona May Peus, el presidente de la federación española de deportes de invierno, una de las tres, junto a montañismo y patinaje, de las que dependen los deportes de invierno en España. Peus hace, de memoria, un recorrido histórico. Comienza en la Cercedilla de la familia Fernández Ochoa. “Quizás, para lo bueno y para lo malo, eran y son unos genios, unos portentos de los deportes de invierno. Consiguieron una medalla en 1972, pero a su hermana Blanca, siendo candidata siempre, solo consiguió su medalla de bronce en sus cuartos y últimos Juegos, en 1992”. Después pasaron 26 años hasta la siguiente, el snowcross de Regino Hernández en 2018. La ganó el malagueño, pese a que el mejor español era Lucas Eguibar, uno de los mejores del mundo, quien hace unos días, en sus últimos Juegos, fue atropellado por otro rival y perdió la oportunidad de retirarse con al menos un diploma. Jaume Pueyo perdió un diploma en esquí de fondo por elegir mal un carril. María José Rienda y Carolina Ruiz, estrellas en su momento, también se quedaron sin ella.

La valoración del éxito de una actividad por el número de medallas es un método mentiroso. Un cuarto de siglo después de los hechos, escandaliza el recuerdo de la nacionalización acelerada y triunfal de Johann Juanito Muehlegg, invencible esquiador de fondo alemán enfadado con su federación. Pero su recuerdo sería muy honorable, y formaría parte de la épica del deporte español por los tres oros que habría conquistado de una tacada, y qué alta la bandera, si no llega a dar positivo por EPO de larga duración en los Juegos de Salt Lake City 2002. Las cuentas serían otras.

“No voy a usar la excusa de que el deporte de invierno es caro, elitista, minoritario, pero en España la tradición es la que es”, dice Peus. “Tenemos 35 estaciones, pero en muchas es difícil esquiar todo el invierno. En las que se esquía la gran parte del invierno, es difícil tener grandes instalaciones para competir o entrenar. Nuestros centros de alto rendimiento están pensados para deportes de verano; no hay ni siquiera simuladores o herramientas o máquinas específicas de los deportes de invierno. Y es la realidad, las licencias son las que son y los clubes hacen lo que pueden”. La única solución, y en la que trabaja la federación, es apostar por especialidades, como el sprint de esquí de fondo, en las que, con nuevos métodos de entrenamiento, GPS, uso de datos, trabajo muy dedicado, se pueda sacar medallistas potenciales.

Apenas hay pistas de hielo y escuelas de patinaje. Los mejores se entrenan en Canadá o en Italia, aunque está brotando la escuela de Sara Hurtado en Madrid. Los especialistas miran fuera y ven que solo en Rusia hay 300.000 patinadores federados. No se deprimen porque la pasión, aun minoritaria, supera todos los obstáculos. Los sueños. Un niño de Cuatro Vientos pudo llegar patinando a ellos y un rider de Fuengirola, una acróbata de Sabadell, dos chavales de Cercedilla, una montañera granadina y un aventurero de Banyoles.

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