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Tribuna:DIARIO DE UN SNOB

Las vacaciones

Adolfo Suárez les dijo a los ministros que no cambiasen mucha gente y que no hicieran declaraciones a la prensa. Torcuato Fernández-Miranda les ha dicho que no se vayan de vacaciones.Tanto luchar, los pobres tácitos, por la toma de la Bastilla, y ahora resulta que la Bastilla prerrevolucionaria española es un sitio aburrido donde no se puede enchufar a los amiguetes, no se puede recibir a Amilibia, no se puede uno ir de vacaciones y, por supuesto, no se puede cantar La Marsellesa.

Tanto escribir aquellos artículos en el Ya, que estaban hechos en equipo (y lo peor es que se notaba), y cuando por fin llegan a las poltronas, éstas se les convierten en potros gimnásticos. Porque lo de menos, cuando se es ministro, es ser ministro, claro. Lo que gusta de llegar a ministro es empezar con el metesaca del personal:

Pepín, majo, que he pensado en ti para Asesorías y Tenencias Dispersas, No me dejes mal, tío.

Y los consejos que le da al nuevo ministro la santa esposa:

-Que a ver si ahora podemos hacer algo por el marido de mi hermana, que ya sabes que el hombre sigue vendiendo premios Planeta por las casas.

(Las santas esposas de los políticos suelen hablar en plural de las atribuciones ministeriales del marido, porque se sienten ministras de los maridos de sus hermanas, o sea, sus cuñados, y también de quienes no lo somos, es decir, los españoles en general.

Otra cosa que vale la pena de llegar a ministro y haberse escrito aquellos artículos tan rollo entre quince, es recibir a Amilibia y a Pedro, Rodríguez y a todas las víboras de la prensa, quedándose uno en tirantes (hasta Areilza recibe en tirantes a los fotógrafos, pero hay que ver qué tirantes), para decirles eso de que vamos a movernos dentro del marco institucional hacia más amplias metas de convivencia y desarrollo en paz, porque lo de las izquierdas y las derechas ya está superado (que es como se ve siempre la cuestión desde la derecha).

Y en este plan.

Otro de los gozos ministeriales de[ franquismo (el franquismo es la recurrencia inevitable de los que hemos sido niños de derechas y adultos centro fraguistas) eran las vacaciones, aquellas largas vacaciones que empezaron en 1939, contra lo que cree Jaime Camino, y que han durado cuarenta años de buen tiempo en toda España. Después del 18 de julio y la recepción en La Granja, el personal político, una vez que había visto correr las fuentes, se iba tranquilo de vacaciones con la familia, seguro de que las fuentes del franquismo seguirían corriendo por muchos años.

Pero ahora resulta que ser ministro ya no tiene gracia. Se acabaron las largas vacaciones del franquismo, aquellos interminables veranos que iban del 18 de julio al Año Santo Compostelano (siempre había un Año Santo Compostelano en marcha). Ahora el enemigo acecha, los petardistas te meten una bomba entre las cinco rosas simbólicas, los de Carabanchel le cantan a Suárez aquello de que si me quieres escribir (con la amnistía) ya sabes mi paradero, doña María Casares se entra en el corazón del búnker por la estación de Chamartín, con José Luis Alonso cogido de un brazo y el Adefesio de Alberti cogido del otro brazo, las masas obreristas y sindicalistas traman un organismo unitario en lugar de irse a Benidorm a lavarse los pies, como otros veranos, y en las tertulias literarias de la terraza del Gijón ya no se habla del endecasílabo encabalgado en, Rubén Darío, sino de la Tercera República española. (Los poetas siempre soñadores.)

O sea, que todos quietos. Que nadie se mueva de su sitio y os quiero ver a cada uno en su despacho. Oriol Regás sigue organizando cruceros por el Caribe, pero la izquierda no va porque esto está al caer, y la derecha tampoco va por no encontrarse con la izquierda. Se acabaron los largos y cálidos veranos faulknerianos. Ahora viene el ruido y la furia. A lo mejor por eso nadie quería ser ministro. Por no quedarse sin vacaciones. Y salieron éstos, que ya desde antes tenían cara de pluriempleados. Con Franco no teníamos reforma, pero teníamos vacaciones. Ahora nos quedamos sin vacaciones. Y a lo mejor sin reforma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de julio de 1976