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Entrevista:Juan Goytisolo

El exiliado gana en libertad lo que pierde en contacto con su país

Juan Goytisolo es de sobra conocido en nuestro país, que es el suyo, aunque lo mejor de su literatura tenga que traspasar clandestinamente las fronteras y aunque él se mantenga en un exilio legalmente voluntario. En su paso fugaz por Madrid, para la presentación de su recién permitida novela Señas de identidad -sobre la que publicamos una crítica en este mismo número-, ha concedido a Rosa Pereda y a Angel S. Harguindey, una larga entrevista, en la que lo literario y lo político se muestran en su condición de componentes de un todo que es el individuo, en este caso, el propio Juan Goytisolo.

Su última publicación en España, es el estudio definitivo sobre el también exiliado Blanco White, y como los contactos y concomitancias entre ambos escritores, contra el tiempo, son evidentes, por ahí comenzamos.-La primera vez que vi algo sobre Blanco White fue en la Historia de los Heterodoxos españoles, y habituado ya a pensar lo contrario que Menéndez Pelayo, me puse a buscar la obra del escritor. En París encontré sólo algunos textos en español, pero cuando leí su libro sobre España, me quedé realmente sobrecogido, pensé que era el texto más importante y revelador sobre el país, escrito en dos siglos. Mi interés por él se hizo enorme, y cuando fui a Estados Unidos, busqué ansiosamente por las bibliotecas de las universidades americanas toda su obra inglesa. Fue una experiencia realmente impresionante, porque a medida que lo leía, encontraba páginas enteras, párrafos enteros que me daban la impresión de haberlos escrito yo, de estarlos pensando yo. Era un verdadero desdoblamiento, y la razón era muy simple: las estructuras políticas, religiosas, mentales y sociales que atacaba Blanco, eran las mismas que estaba atacando yo. Nuestra relación era muy íntima, porque nuestro conflicto con el país era el mismo.

-Incluso, la apreciación de exiliado.

-Sí. El exilio tiene ventajas y desventajas. Las desventajas son evidentes: la pérdida de contacto con el país, con la lengua del país, con su gente, pero tiene también unas ventajas importantes: permite una evaluación mucho más objetiva, desde fuera, distanciada. Y una mayor libertad en las épocas como la de Blanco, o la España que he vivido, en que había una dictadura. El exiliado gana en libertad lo que pierde en contacto con el país.

El autor prohibido

-También tendrá que ver en su obra la dificultad del público español para acceder a ella.-Este problema es más grave para los líderes políticos o para los escritores testimoniales o realistas, con comillas. De hecho, mis preocupaciones literarias, durante los últimos quince años, no eran de esta índole, sino que estaban mucho más centradas en la interpretación de la historia de España y su literatura. Una preocupación que partía de considerar que el régimen de Franco no había sido el fruto de una casualidad histórica, de la mera circunstancia histórica que motivó el triunfo de sus fuerzas sobre las republicanas, sino que intenté llevar la reflexión más allá: por qué este régimen, que conocí en mi infancia y juventud, había sido posible. Y esto me conducía a una interpretación del pensamiento oficial ortodoxo español, prácticamente desde los Reyes Católicos hasta el siglo XX. Así que el estar fuera de España no significó ningún hándicap.

-Sin embargo, una de sus dedicaciones ha sido las colaboraciones periodísticas.

-Yo escribí sobre política española en la prensa francesa, particularmente en Nouvelle Observateur y L'Expres, entre el 58 y el 64, muchos artículos, algunos con mi nombre y otros con seudónimos. Pero a raíz de un artículo que me envolvió en la polémica entre Claudin y Semprún y el Partido Comunista, y en la que este artículo fue utilizado para excluir a estos amigos, decidí no escribir más sobre política española.

La difícil voluntad de exilio

-Una de las críticas más comunes a los exiliados voluntarios que mantienen determinadas posiciones políticas, es ese mantenimiento del exilio, de motu propio, y como complaciéndose en una especie de automartirologio...-No creo que yo haya caído en ese «regodeo en mi propio dolor», que dice. Empezaré por decir que yo me marché de España, en términos generales, voluntariamente, es decir, no salí a uña de caballo, cruzando el Pirineo. Pero de hecho, lo del carácter voluntario es muy relativo, porque si yo hubiera podido escribir libremente, o enseñar libremente, o publicar lo que quería, nunca hubiera salido del país. Lo cierto es que empezaba a topar con la censura, y tenía serias dificultades.

-¿Y dónde reparte su exilio?

-He vivido desde el 58 en París. Desde el 59 doy cursos en Estados Unidos, en distintas universidades, por una razón muy simple. Con el dinero de estos cursos, trimestrales o cuatrimestrales, y mis derechos de autor, puedo trabajar a mi ritmo el resto del año. El otro tiempo lo reparto entre París y Tánger o Marraquech, porque me gusta poco el clima invernal, y por otro lado, siento una enorme simpatía por el mundo árabe.

España está cambiando

-Ha paseado por la Feria del libro. ¿Qué impresión le ha dado la producción literaria y cultural que ha podido ver?-Una impresión muy grata, como recorrer los kioskos y ver la prensa. La primera vez que vine a España, después de la muerte de Franco, tuve la impresión, para mí muy agradable de estar en el extranjero. Me había acostumbrado a esa información en régimen de pan y agua, y de repente, ante aquella carta tan completa, me quedé muy sorprendido. Tenía toda la impresión de estar en Estados Unidos, o en Francia, o en otro país, y lo digo, claro, como un piropo.

-A la vista de todo esto, ¿cuáles cree que son las perspectivas de este país?

-Resulta muy arriesgado siempre predecir el futuro, y sobre todo el futuro español, porque existen tales imponderables en el país que, inevitablemente, todos los adivinos se parten la crisma. Pero a mí me parece que era evidente, desde hace unos años, el divorcio entre el país real y las estructuras del país oficial, y que tenía que llegar forzosamente un momento en que la realidad del país se impusiera sobre la oficialidad. Este mismo divorcio, diré de paso, se da en el terreno literario, entre la literatura real y la literatura oficial.

-Y hablando de literatura real: ¿qué pasa con Juan sin Tierra?

-El año pasado la imprimió Seix Barral, pero no pudo salir al mercado y actualmente sigue prohibida. Igual prohibición se mantiene con la Reivindicación del Conde Don Julián.

-Antes mencionaba el caso de Claudín y Semprún y su alternativa dentro del PC, y todos sabemos cómo acabó. ¿Cree que la izquierda, revolucionaria o no, plantea verdaderas alternativas de cambio? ¿Cuál es su opinión acerca de esto?

-Creo que, en los últimos tiempos, ha habido una evidente renovación en el campo marxista, pero me parece que no ha tocado el fondo de los problemas. Cuando, por ejemplo, veo que el PC francés o el italiano renuncian a la noción de Dictadura del Proletariado, me parece muy bien, pero... es la misma impresión que si un concilio eclesiástico anunciara que la Virgen no subió al cielo en cuerpo y alma. Es decir, que siguen manteniendo todo un conjunto de dogmas y modos. El verdadero problema, el que habría que analizar a fondo es por qué lo que se ha llamado dictadura del proletariado es una dictadura sobre el proletariado. Nunca se ha hecho este análisis y convendría hacerlo. Hay que ir hasta el fondo de las cosas.

-¿Y cuál sería la alternativa real? ¿Existe una alternativa global?

-Bueno, los movimientos de izquierda han mantenido una serie de aspiraciones confusas de una serie de pueblos de diversos países, que se han venido reflejando, a veces de forma utópica, desde Fourier a Marcuse, pasando por pensadores como Norman Brown, etcétera, y sin olvidar, por el lado marxista, gente como. Alexandra Kollontai o Rosa Luxemburgo, o todo el anarquismo español... No se trata de hacer una síntesis, pero creo que reflejan una serie de aspiraciones reales, que no se han introducido en los esquemas del marxismo clásico.

Sobre las nacionalidades

-Una de las contradicciones que marcan la política actual viene dada por el resurgir de las nacionalidades, por un lado, y la tendencia a la desaparición de las fronteras, por parte del capital, por sus propias necesidades económicas, y por la teoría revolucionaria, por otro. ¿Cómo lo ve?-Creo que en España, el problema de las nacionalidades, el resurgir del problema, se debe al centralismo aberrante de estos últimos años. En Francia es igual, el centralismo español se importó de allí. Sin embargo, en Alemania e Italia parece haber un sistema de autonomías regionales. El centralismo ha pretendido la eliminación de una serie de características regionales, y el separatismo es un fruto de la actuación de los Gobiernos centrales.

-Pero, ¿cómo encadenar las reivindicaciones nacionalistas con la pretensión de desaparición de las fronteras?

-Es que no se trata de establecer fronteras dentro de, por ejemplo, España. Supongo que se trata del reconocimiento de su personalidad, y de una evolución de todas las fronteras. A mí, por ejemplo, me parecería bien un Portugal incluido en el total de la Península Ibérica, un total en que cada miembro de la familia ibérica se sintiera como en su propia casa.

¿Realismo? ¿Qué es el realismo?

-Una de las tesis clásicas del marxismo, para la crítica literaria, dice, simplificando, que la infraestructura económica determina, en última instancia, la producción literaria y cultural. ¿Usted la acepta?-Estoy totalmente en contra de todo tipo de interpretación esquemática. Hay una relación evidente entre la literatura y el sistema productivo, pero es mucho más compleja y flexible de lo que los críticos improvisados quieren hacernos creer. No se puede leer un texto literario como si fuera un manifiesto político. Lo digo porque, recientemente, un crítico marxista, por otra parte buen amigo mío y por el que siento mucha simpatía, ha hecho una interpretación de mi Reivindicación del Conde Don Julián, criticando, por ejemplo, el que no haya puesto de relieve el papel de la clase obrera... Mi propósito era muy otro: interpretar críticamente la cultura española.

-Se ha dicho que Don Julián es una novela anti-española.

-Durante cuarenta años, el término español ha sido acaparado por una pequeña minoría que lo manejaba y consideraba que todo lo que estuviera en contra de esta minoría era anti-español. Si esto es ser anti-español, yo lo soy, porque he estado y sigo estando en contra de esta minoría.

-¿Qué es Juan sin Tierra?

-Resulta muy difícil definir así, en dos líneas, un texto en el que he trabajado varios años. Como no tiene argumento, no se puede resumir, sería como resumir un soneto. Es imposible. Digamos que es el texto que cierra el cielo que inicié con Señas de Identidad y con Don Julián.

Por do más pecados había

-Parece que Don Julián es una especie de exorcismo...-Sí. Es una especie de psicoanálisis individual y psicoanálisis de la cultura y la historia de España. La elección de Don Julián como símbolo era importante, porque durante siglos, la interpretación de la historia de España se fundaba sobre ese mito, tan próximo por otro lado, al de la caída; era el pecado carnal de Rodrigo, la venganza de Don Julián, y el castigo: la invasión musulmana, castigo de una culpa cuyo origen era un delito sexual. Y en las leyendas donde se contaba la historia, él era castigado a ser enterrado en un pozo- con una culebra que le devoraba, comenzando por donde más pecado había, es decir, que comenzaba por devorarle el sexo. Cuando leí todos los romances y textos en que se contaba la leyenda que ha funcionado durante siglos como explicación del origen de la nación española, sentí que tenía base para una explicación, digamos freudiana.

-¿Y qué está preparando ahora?

-Estoy trabajando en un libro de ensayos, alguno de los cuales han aparecido en alguna revista. Digamos que el común denominador es el papel del erotismo y la represión en la literatura española.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de junio de 1976