Hansi Flick y la fórmula del 8-8
El alemán, tal y como hicieron antes Cruyff y Guardiola, ha logrado descifrar la compleja psique culé y transformar el estado de ánimo del club liberando complejos e inculcando la idea de la victoria


La mejor noticia del partido en Yeda se produjo en el minuto 93. Hansi Flick sentó a Lamine Yamal —así de seguro estaba de que iba a ganar— y le dijo a Ronald Araujo, que llevaba un mes y medio de baja, que se quitara el peto. El central uruguayo no pisaba hierba desde que el 25 de noviembre un error suyo arruinó el partido contra el Chelsea en Champions. Los demonios, el recuerdo de otros fallos y el veneno de las redes sociales le trituraron la confianza. Tuvo que parar. Se fue a Jerusalén en busca de un alivio espiritual. El domingo salió, volvió a ayudar al equipo en un momento crítico —solo dos minutos, pero imaginen que un error le cuesta el partido al Barça— y terminó fundiéndose en un abrazo con un Laporta emocionado y manteado por sus compañeros, que le dieron el brazalete para que levantara la copa, como lo había hecho Abidal después de sufrir un cáncer años antes.
Si el fútbol es un estado de ánimo, como decía Jorge Valdano, lo es por el equilibrio mental del equipo y el del propio club. Un complejo amasijo emocional, incluida la salud de sus jugadores. Algunos clubes tienen la cabeza más dura que otros, son más esquemáticos, menos alambicados espiritualmente. El Real Madrid, por ejemplo, no se ha concedido nunca espacio para la melancolía o las disquisiciones psicológicas. Se gana o se pierde. Por eso llama la atención que después del partido contra el Barça este domingo se comenzase a hablar de una buena derrota, un fracaso constructivo. Un alivio, en suma, por no haber perdido cinco a cero. Un complejo, al fin y al cabo, que durante años —y todavía cada cierto tiempo— asolaba al Barcelona y que en Yeda se trasladó a la otra acera con la defensa de tres centrales y el bloque bajo que planteó Alonso en la primera mitad con el único propósito de sobrevivir, pero con un resultado opuestos, vistos los planes que le reservó Florentino.
Johan Cruyff fue el primer gran psiquiatra que contrató el club. A su llegada, el Barça arrastraba un victimismo histórico y un complejo de inferioridad: en el relato y en las vitrinas. Supo descifrar como nadie la ciclotímica personalidad de un equipo tan propenso al mal fario después de desastres como el de Sevilla o Berna y transformó la ansiedad en alegría con aquello del “salid ahí y disfrutad” de la final de Wembley. Apareció luego Guardiola, en plena resaca —literalmente— del Barça de Ronaldinho. La euforia se había evaporado, el vestuario olía a whisky-cola y cundía la sensación de que el club, aunque con una Champions más, volvía a las andadas. Pero en el campo, y en la sala de prensa, le devolvió el orgullo. Ya saben: los campanarios, el puto amo, levantarse bien temprano… Y ahora, aunque en tiempo y títulos no sea comparable, podría decirse que Hans-Dieter Flick ha completado ese trabajo psiconalítico.
El club en el que aterrizó el alemán, acostumbrado a ganarlo todo —se ha llevado las ocho finales en las que ha participado con sus equipos y cuatro de los cinco duelos del Barça contra el Madrid— venía de una larga depresión. Su estilo duro, pero cercano, sintonizó la grada con el campo y los despachos. Transformó a jugadores como De Jong o Raphinha, entonces en la rampa de salida. Supo corregir este año el nuevo bajón otoñal y mejoró el ánimo del vestuario sin casarse con nadie, algo que desconcierta incluso a estrellas como Lamine, como contaba Juan I. Irigoyen en estas páginas. Y todo eso, sin estridencias en la sala de prensa y sin hablar públicamente una palabra de castellano o catalán. Señal de que prefiere no enterarse de determinados asuntos. Aunque sea por salud mental.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Sobre la firma































































