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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Y volver, volver, volver

Piqué es como es en lo bueno y en lo otro, seguro que ya está persiguiendo al siguiente porteador de la llama para decidir él sobre el destino de su próximo relevo

Piqué celebra un título de Liga con el Barcelona.
Piqué celebra un título de Liga con el Barcelona.Alberto Estévez (EFE)

Cuando me preguntan sobre qué se siente cuando te retiras del fútbol suelo utilizar una situación de mi vida para ilustrarlo. Situémonos en el 24 de julio de 1992. La antorcha olímpica llegaba a Barcelona tras un recorrido por todo el mundo y anunciaba los JJ OO de Barcelona 92, tan añorados, tan magníficos, tan lejanos como inolvidables, y yo tenía el honor de recoger el testigo de su llama en la entrada al distrito del Eixample, por aquel entonces mi barrio.

Y allí estaba yo, un día antes de irnos de pretemporada, vestido enteramente de blanco, a nadie le pareció un anatema, con una antorcha magnífica, repasando las instrucciones que me habían dado y pensando que, vaya lío si, entre antorcha y antorcha, entre llama y llama, en el trasvase se nos apagaba el fuego eterno que llegaba desde Olimpia, cuando los gritos de la multitud me hicieron saber que el momento había llegado. Y entre la marea humana llegaba un tipo vestido como yo, pero con el fuego en su mano.

El trasvase fue perfecto, la llama prendió en mi antorcha y salí corriendo, ni muy lento, ni muy rápido, cumpliendo las instrucciones, asunto nada difícil cuando uno piensa que era portero. Me dispuse a disfrutar del momento. Caras ilusionadas, gritos de ánimo, aplausos múltiples, alegría en estado puro y chispas en los ojos de los más cercanos al ver esa llama que significaba que era verdad y que los Juegos se iban a disputar en Barcelona.

Cuando me fui acercando al siguiente relevista fui mentalmente repasando las instrucciones del traspaso de llama y con cuidado, con firmeza, traspasé el sagrado legado, le guiñé el ojo a mi sucesor y le vi partir en medio de una nube de luz y alegría.

Y fue ahí, justo ahí, tal vez ni un minuto después de haber estado en medio de toda la atención, cuando empecé a sentir que ya nadie me miraba, nadie me aplaudía, nadie sabía ni tan siquiera quién era, vestido de una forma estrafalaria a la una de la mañana y con un extraño artefacto entre las manos. Esperé que llegara alguien de la organización para saber cómo seguía la fiesta pero todos se habían ido con la llama, con los focos, con los aplausos, con las emociones encendidas. No me quedó otra que empezar a caminar de forma tranquila con destino a mi casa, rezando con que alguien me abriría la puerta porque todos habían salido a disfrutar de esa noche histórica.

No hay nada más surrealista que un relevista sin relevo o una antorcha sin llama, no hay nada que enseñe más que esa masa que te jalea y que cinco minutos más tarde sigue la nueva llama, la nueva luz, la nueva estrella. Menos mal que en el paseo me encontré con los de mi familia, un milagro en aquellos tiempos sin móvil y sin selfies. Con la antorcha encendida y con ellos fuimos acercándonos a casa entre anécdotas, chistes y bromas.

En todo eso pensaba cuando, con sorpresa igual que usted, igual que casi todos, supe que Gerard Piqué dejaba de jugar al fútbol, se bajaba del tren en la estación que había elegido y que por propia voluntad, o no tanto, soplaba en la antorcha y apagaba la llama de su enorme carrera deportiva.

Pero como Piqué es como es en lo bueno y en lo otro, seguro que ya está persiguiendo al siguiente porteador de la llama para decidir él sobre el destino de su próximo relevo, de su próxima etapa, del próximo fuego que le alimente. Solo desearle que los vientos le sean favorables… o ya se encargara él de hacerlos soplar hacia donde más le interese. Solo que ahí fuera, Gerard, hay muchos que también saben soplar. Y mucho.

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