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De la fraternidad a la fobia

La rivalidad entre Boca y River, hoy llevada al extremo, también tuvo episodios de concordia a lo largo de su accidentada relación durante más de un siglo

Enfrentamientos entre los hinchas de River y la policía, el 24 de noviembre cerca del Monumental.
Enfrentamientos entre los hinchas de River y la policía, el 24 de noviembre cerca del Monumental. AP

Tal vez River y Boca hayan nacido por ser rivales: la grieta futbolística de Argentina comenzó en la calle y después se trasladó al campo de juego, como si el fútbol apenas fuera un catalizador. El diario La Mañana lanzó en 1911 una encuesta a sus lectores sobre qué equipo tenía más seguidores. Apenas se habían enfrentado en un amistoso, en 1908, pero ya se miraban de costado. Eran clubes precarios y vecinos, del barrio de La Boca, y el concurso derivó en una “terrible pelea” callejera entre 15 mujeres, informó el matutino. Una hincha de River, consignada como “la patrona de un café”, gritó “Viva el River” al leer que su favorito estaba en ventaja. Siete mujeres de Boca le respondieron “Viva el Boca”, a lo que la señora de River le gritó en genovés a su perro, “Malaspin, dágales u tarascun”. La crónica de La Mañana continuó, efectivamente, con el tarascón de la mascota: “Un enorme perro mordió en mal estado a una de las entusiastas defensoras del Boca”.

En 1913, cuando jugaron el primer clásico oficial, parecía que llevaban años esperándose. “Boca-River, los dos elencos poderosos de la Boca, se encontrarán por primera vez en esta temporada y quizás también en su vida como instituciones ya instaladas —publicó La Argentina—. El match despierta un interés tal que no es exagerado afirmar que concurran a él un número de espectadores como posiblemente no hemos presenciado jamás en nuestras ligas”. Los 7.000 testigos vieron cómo los jugadores se peleaban a golpes de puño y acentuaban una rivalidad que tampoco se aplacaría cuando River dejó el barrio original, en 1923, y se mudó al norte de la ciudad. Como dos compadritos que se la tenían jurada, River-Boca recelaban tanto que el primer clásico del profesionalismo, en 1931, rozó la tragedia, con tribunas incendiadas y el árbitro yéndose del campo a los 25 minutos.

Pero los que se odian también se aman, y cualquier encono implica un reconocimiento de la grandeza ajena: nadie acepta ser el clásico de un equipo menor. Cuando River salió campeón en 1947 festejó primero en el Monumental, donde ya jugaba desde 1938, y a mediados de semana continuó celebrando en su barrio original. Lo que hoy parece fábula no fue a escondidas de su viejo rival sino en su compañía, incluso invitado por el propio Boca. “Hermosa fiesta de confraternidad brindó Boca a su adversario clásico, River”, tituló La Razón. Aunque River y Boca siempre vivieron en combustión, hubo una época en que la bravura se daba la mano con la camaradería: en la cobertura periodística se ven a las figuras de Boca y de River (entre ellos Alfredo Di Stéfano) compartiendo mesa e instrumentos musicales para festejar el título de uno de los clubes del barrio. “El xeneize y el millonario, unidos del brazo, pasearon bajo el aplauso de una multitud —publicó ese diario—. Qué hermoso el grito que unió los nombres gloriosos de River y de Boca, hermanos más que nunca”.

En 1947, River celebró el título en el barrio de Boca, invitado por su rival

Pero la relación entre Boca y River, como Argentina, comenzó a fastidiarse en algún momento, aunque todavía quedaban algunas postales de confraternidad, también en la desgracia. En 1968, cuando la policía del dictador Juan Carlos Onganía provocó la muerte de 71 espectadores en la Puerta 12 del Monumental, a la salida de un Superclásico, las dos hinchadas se unieron a dúo en los partidos siguientes: “No había puerta no había molinete, era la cana (policía) que daba con machete”. En 1969, cuando el Boca dirigido por Di Stéfano salió campeón en rodeo ajeno, el Monumental, los dirigentes locales encendieron los grifos del campo de juego para entorpecer el festejo pero no dejó de ser un desacato tímido: los jugadores de Boca dieron la vuelta olímpica y fueron aplaudidos por los plateístas de River.

Las dirigencias todavía empatizaban en 1984, como cuando River le alquiló gratis a Boca el Monumental para que se jugara el superclásico más particular: Boca tenía suspendida la Bombonera y fue local en River. Pero también eran épocas en que las barras bravas ya habían entrado en escena y comenzaban a reconfigurar el mapa. En el paisaje del clásico entraron las armas de fuego, las drogas y las muertes, ninguna más lamentadas que cuando la barra de Boca mató a dos chicos de River a la salida de la Bombonera, en 1994. River había ganado 2-0 ese partido y un hincha diría en televisión a las pocas horas: “Empatamos 2 a 2, ellos hicieron dos goles y nosotros les matamos dos pibes”.

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