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Dinero: el nuevo ADN Barça

A golpe de talonario, sin apenas reparar en el cómo ni en el cuándo, hemos descubierto que el dinero nos quema en los bolsillos y que la vida, sin lujos, no es vida

Philippe Coutinho durante la presentación en el Barça.

Recuerdo que nos levantábamos como gatos atropellados, clientes habituales del exceso asociado a una pasión. Muchos lo negarán, a nadie le gusta presentarse como un degenerado ante la familia política o los compañeros de trabajo, pero fueron días en los que el aficionado azulgrana se despertaba con resaca y torturado por un repicar de campanas que anunciaban boda en la capital. A modo de tormenta perfecta, las noches de ronda y grandes celebraciones daban paso a mañanas de un furioso estruendo informativo, amaneceres frenéticos en los que se anunciaba la llegada de un nuevo antídoto (por lo general carísimo) con el que se pretendía poner fin a la incómoda hegemonía del Barça y bautizar una nueva primavera blanca.

A falta de suficiente ibuprofeno –nunca es suficiente cuando el entusiasmo se desata entre las filas merengues- el culé se curaba de espantos traduciendo el coste del nuevo capricho en colegios, hospitales, residencias de ancianos y vacunas para la polio. Cualquier bien tangible y de marcado carácter social nos parecía apropiado para denunciar el despilfarro madridista, para ejemplificar el descalabro moral de un club tan pobre que solo tenía dinero, para recordar que los fichajes del Barça se realizaban con dinero ecológico, biodegradable, y que el fin último de nuestras inversiones no era otro que la sonrisa de un niño. Nos sentíamos tan superiores sobre el terreno de juego que, casi sin percatarnos, comenzamos a ambicionar la hegemonía en el cielo.

El fichaje de Coutinho, que sumado a los de Dembelé, Paulinho y Semedo arroja una cifra aproximada de 400 millones de euros, ha desenmascarado a tiempo aquel oportunismo celestial del que hicimos gala frente al materialismo insolidario de otros. A golpe de talonario, sin apenas reparar en el cómo ni en el cuándo, hemos descubierto que el dinero nos quema en los bolsillos y que la vida, sin lujos, no es vida. “Me gusta, lo quiero… Adoro su corrupción”, afirmaba extasiado John Self, el antológico y extravagante protagonista de Dinero. Abandonar los salmos responsoriales para buscar referencias en la obra de Martín Amis no puede significar otra cosa que un cambio de tendencia, la confirmación de un nuevo escenario en el que los culés hemos decidido abrazar la felicidad sin mirar la etiqueta del precio. Refulgente y excesivo, el nuevo ADN blaugrana solo debería salir de los escaparates de Tiffany’s para ser estudiado en los laboratorios más modernos y caros de la NASA.

Recuperar la fe en el jogo bonito no puede ni debe salir barato, así que el Barça ha puesto su chequera al servicio de una idea global: la de la plasticidad aplicada, la del talento libre de andamiajes y ataduras, la del espectáculo irracional. Todavía en fase de aclimatación al nuevo estatus, los punteirolos de Paulinho nos han recordado las bondades del pan durante los primeros meses del curso pero serán los destellos y filigranas de Coutinho los encargados de familiarizarnos con el caviar, el faisán o el tartufo blanco. Su asociación con Messi e Iniesta debería llevarnos de vuelta a las noches rumbosas y los amaneceres escarpados pero con una diferencia sustancial respecto a nuestra antigua condición de seminaristas: el dinero no es un dios que exija virtud, apenas actitud y un ibuprofeno caro, casi prohibitivo.

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