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FÚTBOL | MUNDIAL DE CLUBES

Campeón de campeones

Un gol de Pedro en el '89 y otro del argentino en la prórroga dan el sexto título en un año al conjunto de Guardiola

Messi no sólo tiene pies y cabeza, seguramente los mejores del mundo, sino que también le da muy bien con el pecho. Y marca goles que dan títulos como ayer en Abu Dabi. Así son los guiños del fútbol. Un asunto tan serio, un título tan pomposo como el Mundial de Clubes acabó siendo una cosa de niños, del pecho de Messi, las piernas de Jeffren, la cabeza de Pedro. Ningún equipo tiene mejor escuela que el Barça. La cantera resolvió a última hora una final áspera, varonil y muy seria que no habían acertado a ganar los mayores. El partido perteneció a Estudiantes, más que nada por negar al Barça y meter un gol en su mejor ocasión, hasta que Pedro forzó la prórroga en el penúltimo tiro.

ESTUDIANTES 1 - FC BARCELONA 0

Estudiantes: Albil; Rodríguez, Cellay, Desábato, Ré (Rojo, min.90+1); Díaz, Benítez (Sánchez, min.76), Verón, Braña; Enzo Pérez (Máxi Núñez, min.79) y Boselli.

FC Barcelona: Valdés; Alves, Puyol, Piqué, Abidal; Xavi, Busquets (Touré Yaya, min.79), Keita (Pedro, min.46); Messi, Ibra y Henry (Jeffrén, min.82).

Goles: 1-0, min.37: Boselli. 1-1, min.89: Pedro. 1-2, min. 110; Messi. 1-2.

Árbitros: Benito Archundia, de México. Mostró cartulina amarilla a Messi (min.23), Días (min.45+1), Clemente Rodríguez (min.58), Enzo Pérez (min.65), Henry (min.81), Desábato (min.93), Rojo (min.111), Valdés (min.118), Desábato (min.119).

Incidencias: final del Mundial de Clubes, disputada en el estadio Zyed Sports City de Abu Dabi, ante 45.000 aficionados, que llenaron el estadio. En los prolegómenos del partido, el presidente de la FIFA, Joseph Blatter acompañó a los capitanes en el centro del campo y estos les presentaron uno a uno a sus compañeros, un hecho habitual como por ejemplo en la final de la Copa Inglesa. Se debió jugar un tiempo extra al final de los 90 minutos del partido, tras llegarse con 1-1 en el marcador.

Marcó Pedro después de un ataque y gol del Barcelona y, una vez vencido Albil, solo fue cuestión de aguardar la aparición de Messi, que cruzó con el pecho un centro de Alves. La fortuna fue de nuevo generosa con el equipo que más perseveró en la victoria, que nunca desfalleció, que jamás busca excusas. Ya ocurrió en Stamford Bridge con el gol de Iniesta y ayer con el de Pedro. La épica para nada está reñida con la estética, y a veces el fútbol tiene justicia poética: si alguna vez el Barça tenía que ganar el Mundial después de dos intentos fallidos, ninguna mejor que la de ayer con el equipo de Guardiola, campeón de España, de Europa y del Mundo, nada más y nada menos que el mejor campeón de campeones de la historia del fútbol.

Ha ganado el Barça los seis títulos en juego del 2009, un éxito sin precedentes, y el equipo ha saldado la última deuda que tenía con la historia grandilocuente del club: la Copa Toyota, la Intercontinental, el Mundial, o como se llame un torneo que parece inalcanzable cuando no se tiene y que una vez conquistado sirve sobre todo para que a uno le dejen en paz para toda su vida. A nadie le extrañó que Guardiola rompiera a llorar. La final cayó por efecto dominó, como fruta madura, como si fuera imposible perder la última, para cerrar el círculo victorioso. La victoria tuvo mucho mérito porque el rival nunca se dejó ganar y el Barça llegó reventado, por no decir desvencijado, al partido.

Ausente Iniesta, el Barça perdió fluidez y velocidad en la circulación de la pelota. Le faltó el último eslabón para armar el ataque y masticó en exceso las jugadas, apretado por el fútbol táctico y físico de Estudiantes, cuyos tres centrales jamás salieron de la cueva sino que apuntaron siempre a las bandas o al portero rival para evitar cualquier pérdida de balón. Únicamente Ibrahimovic se ofrecía de inicio a los medios para abrir el juego, como cuando habilitó a Xavi para que encarara a Albil, pendiente de su palo. El volante apuró en vano la acción para la llegada de Henry. No se presentó el francés, al que se le suponen virtudes que parece haber olvidado con el paso de los partidos.

La velocidad de Henry ha disminuido y no tiene fiebre futbolística, virtud de la que precisamente va sobrado Estudiantes, un plantel muy competitivo, experto en disputar partidos a contrapelo, buen defensor y selectivo en ataque. Los argentinos llegaron poco y bien al área de Valdés, al que le costó medir la distancia con sus centrales. Estudiantes supo jugar a espaldas de la zaga barcelonista y cazó el gol en su única ocasión. Boselli se ganó un hueco entre Puyol y Abidal para rematar el centro de Díaz. El Barça se encontró con el peor de los escenarios: un gol en contra, ni un remate a favor y una tarjeta en la cuenta de Messi.

El árbitro marcó tan bien a los azulgrana como los argentinos. El mexicano Archundia entendió mejor el juego viril de Estudiantes que el fútbol de salón del Barça. No se atrevió, por ejemplo, a sancionar un penalti del portero sobre Xavi, acción que acabó por desquiciar a los azulgrana. No aparecía Messi, se desfiguraba Ibrahimovic y no había manera de ligar una jugada, excelentemente anudado como quedó el Barça por Estudiantes, encantados los argentinos de ceder el balón y la iniciativa, efectivos en trampear el encuentro. Los azulgrana no daban tres pases seguidos y su fútbol era sincopado, nada combinativo.

La contienda demandaba la intervención del técnico. La lesión de Keita, sin embargo, obligó a Guardiola a emplearse de manera poco acostumbrada, a partir de dos medios y cuatro delanteros. Pedro abrió la cancha por la derecha mientras Messi maniobraba por detrás de Ibrahimovic. La presencia del sueco menguó en la misma medida que se agrandó la figura de Pedro. El delantero mejoró la cara de su equipo, más alegre y dinámico, dispuesto a tomarle el pulso al encuentro. Hasta Henry se arrancó en un par de desbordes y Estudiantes comenzó a desarmarse por el flanco derecho. Al Barça, sin embargo, le faltaba un palmo en cada centro para poner la pelota en la red. Unas veces no llegó Ibrahimovic, en otras no alcanzó Pedro y de forma reiterada aparecía la puntera de los chicos de Estudiantes.

Los argentinos apenas concedían oportunidades. No dejaron en paz al Barça ni un segundo. Estudiantes intentó matar el partido con una sangre fría escalofriante. Nadie sabe buscar mejor el límite del reglamento. Ahora se impone una falta, después un rechace, más tarde un fuera de banda, luego un cambio, a menudo una patadita al tobillo, siempre todos muy juntitos, guiñando el ojo al colegiado, sacando del partido a los barcelonistas, muy imprecisos. Pedro, sin embargo, insistía, y Jeffren se arrimaba y Piqué atacaba los centros. Y no paraba el Barça. Aunque no acababa la jugada, no se cansaba de volverla a empezar. Jamás se rindió. Hasta que, llegado el minuto 89, Xavi la puso en el área, Piqué la fue a buscar con la cabeza, la tocó para Pedro y el testarazo del tinerfeño besó la red.

Aunque suponía el empate, los aficionados supieron que el gol valía la victoria del Barça, refrendada después en la prórroga por el pecho de Messi. El mejor pibe acabó por firmar la derrota de sus compatriotas argentinos. La fortuna que se le había negado hasta entonces al Barça se puso de su parte y a Estudiantes se le escapó el empate en dos remates consecutivos. No habría sido justo con un equipo de fábula, ya legendario, como es el de Guardiola, vencedor de seis títulos, abatido solo por la emoción.