Muere a los 87 años Paula Rego, la pintora de la inocencia siniestra

La artista, que ha fallecido en Londres, era una de las más relevantes creadoras portuguesas en la escena internacional

Paula Rego en la Casa das Histórias, el museo dedicado a su obra en Cascais (Portugal) en 2016.
Paula Rego en la Casa das Histórias, el museo dedicado a su obra en Cascais (Portugal) en 2016.João Henriques

La pintora Paula Rego murió este miércoles en Londres a los 87 años y el presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa, calificó su fallecimiento de “pérdida nacional”. El Gobierno luso ha declarado un día de luto oficial. El pasado 26 de abril Rebelo de Sousa acudió a Málaga para inaugurar la gran muestra que el Museo Picasso de la ciudad andaluza dedica hasta el 21 de agosto a la artista lisboeta. Ella, muy mermada ya de salud, no acudió. Lo hicieron Nick, el único varón de sus tres hijos, y Elena Crippa, conservadora de pintura británica de la Tate Britain y comisaria de la exposición que el museo londinense le dedicó en 2021. Aquella fue la consagración absoluta de la más inglesa de las artistas continentales. O viceversa.

Rego pasó en Gran Bretaña la mayor parte de su vida, pero su obra es incomprensible sin su país natal. De hecho, los tres pilares de la dictadura de Salazar ―”Dios, Patria y Familia”― servirían, convenientemente pervertidos, para definir su pintura. Maria Paula Paiva de Figueiroa Rego nació en Lisboa el 26 de enero de 1935, es decir, dos años después de que el dictador consolidara el Estado Novo, el régimen totalitario que duraría hasta la Revolución de los Claveles de 1974. Era la hija única de una pareja anglófila, antifascista y anticlerical que con 16 años la envió a Kent para ahorrarle el adoctrinamiento de la escuela salazarista. Un año más tarde, ya en la Slade School of Fine Arts de Londres, conoció a un estudiante de pintura llamado Victor Willing, Vic, con el que terminaría casándose y, hasta la muerte de él, manteniendo una relación estable pero salpimentada de amantes por ambas partes.

Durante la visita a la exposición del Museo Picasso, Elena Crippa analizó las claves estéticas de una de las pintoras más importantes del arte europeo reciente, la mujer que ―como Francis Bacon o Lucian Freud― mantuvo viva la llama de la figuración en tiempos en que la abstracción y el arte conceptual se convirtieron en tendencia hegemónica hasta casi certificar, por enésima vez, la muerte de la pintura. A su lado, Nick Willing Rego desvelaba las claves biográficas. Si ella destacaba el paso del óleo al collage y de este al pastel ―la técnica que la hizo famosa―, él explicaba el quién es quién en triángulos amorosos representados por animales o en dramáticas escenografías ―entre manieristas y expresionistas― surgidas de la depresión que arrasó a su madre en 1966. Si ella hablaba de la influencia de Jean Dubuffet, el art brut, Goya, el cómic o un Walt Disney pecaminoso, él subrayaba el compromiso político que impulsó lienzos como Salazar vomitando la patria (1960) o el sentimiento de culpa que subyace en series como El contrato matrimonial (1999).

La obra de Paula Rego está llena de versiones retorcidas de cuentos infantiles e historias para no dormir, ilustraciones para obras literarias de Jean Genet o Eça de Queirós y manifiestos feministas por el derecho al aborto o contra la trata de mujeres. “Yonki de los relatos”, como la describió su hijo, no es casual que el fascinante museo que lleva su nombre en Cascais, a media hora de Lisboa, sobre la costa atlántica, se llame Casa das Historias. Lo proyectó el portuense Eduardo Souto de Moura, premio Pritzker de arquitectura, y se inauguró en 2009. De ese año datan sus últimas obras presentables, entre ellas Fuga, una maternidad convertida en icono a raíz del drama de los refugiados de la guerra de Siria y de los desplazados por la guerra de Ucrania.

Un visitante observa las pinturas de Paula Rego en la Casa das Histórias, Cascais, en septiembre de 2009.
Un visitante observa las pinturas de Paula Rego en la Casa das Histórias, Cascais, en septiembre de 2009. Jose Manuel Ribeiro (REUTERS)

Entre muestras en marcha y proyectos futuros, hoy en día circulan por el mundo 26 exposiciones que cuentan con la obra de Rego. Entre ellas, con honores de estrella, la colectiva The Milk of Dreams, núcleo duro de la Bienal de Venecia inaugurada hace dos meses. Según la propia artista, todo empezó en 2007, cuando el Museo Reina Sofía le dedicó una monumental retrospectiva que lanzó a la palestra internacional una obra incómoda y fascinante que supo sintetizar las grandes tensiones del arte moderno: la forma y el dolor, lo bello y lo siniestro. “Algo extraño que reconoces como familiar”. Así calificó el hijo de Paula Rego la obra de su madre, cuyas manos conectaban, lo dijo ella misma, el lienzo con “las tripas”. Por eso, porque prefería la fiereza a la delicadeza, cambió el pincel por la barra de pastel.

Pintar era su manera de pensar, de gritar, de llorar, de analizarse. En 1988 se embarcó en un lienzo de casi tres metros de anchura, El baile, una escena nocturna a orillas del mar en el que, a modo de película de un solo fotograma, aparece ella en todas las edades: de niña, bailando embarazada con su prometido, de adulta con su amante y sola. En medio del proceso murió su marido, afectado de esclerosis múltiple durante dos largas décadas. Desolada, solo pudo salir de sí misma el día en que se levantó de la cama y dijo a los suyos: “Vamos a terminar el cuadro”. Y puso a su hijo a posar para una de las figuras masculinas. Así era Paula Rego, la artista en la que se mezclan crueldad e inocencia, la mujer que describió el acto de parir como “echar un gran polvo”. Y donde dice parir vale decir pintar.

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Javier Rodríguez Marcos

Es coordinador de la información literaria en 'Babelia', suplemento cultural de EL PAÍS. Antes trabajó en 'ABC'. Licenciado en Filología, es autor de la crónica 'Un torpe en un terremoto' y premio Ojo Crítico de Poesía por el libro 'Frágil'. También comisarió para el Museo Reina Sofía la exposición 'Minimalismos: un signo de los tiempos'.

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