Feria de San Isidro. Vistalegre

La poderosa verdad de Daniel Luque

El torero sevillano corta dos orejas de peso a una complicada y áspera corrida de Fuente Ymbro

Daniel Luque, con las dos orejas del sexto de la tarde.
Daniel Luque, con las dos orejas del sexto de la tarde.Torostv

El primer toro anunció de salida la seriedad, la hondura y la astifina arboladura de toda la corrida, y, antes de que el animal tomara conciencia del lugar donde estaba, Finito tomó los pinceles con las yemas de los dedos y dibujó dos verónicas y dos medias de cartel. Así, de entrada.

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Y ahí se acabó la historia de Regatero I, que así se llamaba el de negro. Pronto demostró que su bella estampa encerraba un gran vacío interior, y cómo su altiva mirada al pisar la arena se tornó de repente en un atribulado semblante. Lo suyo no era vender cara su supuesta bravura, sino regalar su manifiesta indolencia. Y no hubo más.

Después, salió el segundo con muchos pies. Y su lidiador, El Fandi, en un pispás, obsequió al respetable con un buen cesto de verónicas, chicuelinas, más chicuelinas, tres pares de banderillas a toro pasado y una labor muleteril por ambas manos, y quedó demostrada su disposición, y su extraordinaria condición física, y también que su concepto del toreo carece de contenido. Dicho con el debido respeto a quien se viste de luces y protagoniza una larga y exitosa carrera: el toreo de El Fandi es la evidencia de que la tauromaquia es un misterio insondable. Lo ves dando tirones que quieren parecerse a una chicuelina, y la pregunta surge espontánea: ¿cómo es posible que no haya aprendido en veinte años de alternativa? Lo dicho, un misterio.

Pero salió el tercero y cambiaron las tornas. Allí había un torero llamado Daniel Luque, que está viviendo el momento más dulce de una esforzada trayectoria. No es un exquisito, aunque maneja con galanura los vuelos del capote a la verónica, pero es un científico que encierra la técnica en su cabeza; estudia a su oponente, ―ese tercero tiraba gañafones por el pitón derecho― y le aplica la ecuación adecuada. Lo mira, lo escudriña, lo analiza, y transmite al tendido la seguridad de un lidiador poderoso, consumado, pleno de conocimiento y mando. Y así consiguió dominar a ese toro, lo toreó a placer por hondos naturales y lo obligó a que embistiera por donde no quería. Lo sometió y ganó la pela, aunque la perdió a la hora de matar.

El sexto lo brindó al público, sacó papel y lápiz, hizo el esquema de faena y deleitó al respetable con una labor de poder a poder, perfectamente colocado, ante un toro soso y de escaso recorrido, al que cuajó de principio a fin con una disertación sobre la lidia, el sometimiento, la firmeza, la gallardía, la sobriedad y, en una palabra, sobre la capacidad para pensar en la cara de un toro. Montó la espada y cobró un estoconazo que hizo rodar al animal sin puntilla. Y después de tan completa lección magistral ―su poderosa verdad― paseó en triunfo las dos orejas, como debe ser.

Antes del suceso, Finito se las vio con un dificultoso toro cuarto al que quiso quitar pronto de esta vida, pero no podía. Se le descompuso el ánimo, el animal se percató del detalle anímico y se las hizo pasar canutas. Preso el torero de una excesiva desconfianza, quería entrar a matar, y el toro escarbaba y humillaba para fastidiarlo. Al final, consiguió mandarlo al limbo, pero con feas maneras.

Y quedaba el segundo de El Fandi: larga cambiada de rodillas en el tercio, quite por navarras, otros tres pares de banderillas, y una labor corta ante la evidencia de que el áspero animal no merecía mayor empeño.

Luque se marchó a pie porque lo de salir a hombros lo impide el virus, pero su magisterio permanecerá por mucho tiempo en la retina de quienes tuvieron la suerte de verlo.


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