Alberto CorazónOpinión
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La última batalla de Alberto el Conquistador

Escribo estas líneas desde el más literal abatimiento, puesto que perder a un amigo es como recibir un bofetón demasiado fuerte como para soportarlo estoicamente

El diseñador y pintor Alberto Corazón, en entrevista en su estudio-vivienda de Madrid, en 2014.
El diseñador y pintor Alberto Corazón, en entrevista en su estudio-vivienda de Madrid, en 2014.Luis Sevillano

Mejor mirar hacia atrás, a la vida, cuando Alberto consiguió el Premio Nacional de Diseño en un lejano abril de 1989. En aquella ocasión escribí una glosa para el catálogo que titulé Alberto el Conquistador. Modestamente, creo que acerté en el calificativo. Yo mismo conocí en persona sus capacidades conquistadoras, así como sin duda todos cuantos han sido sus íntimos, amigos, compañeros de fatigas en tantas causas, clientes, editores, mecenas y promotores varios, distribuidos en los círculos concéntricos correspondientes, testimonios todos del poder de seducción del conquistador nato que fue Alberto Corazón.

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Vital y arrollador, sus argumentos, con el sentimiento y empeño que ponía en ellos, le hacían invencible e irresistible a cualquier oposición. Como comunicador visual muy pronto descubrió la potencia gráfica de las definiciones de los diccionarios de papel, de la cual se sirvió a menudo, tanto en sus diseños como en sus obras de arte. Sabiendo de esa fuente expresiva predilecta, a la hora de escribir la apología solicitada consulté previamente en el diccionario la voz conquistador; más allá de la referencia principal al guerrero, que adquiría o ganaba a fuerza de armas territorios o países, registraba otra cualidad que me llamó la atención porque parecía talmente escrita pensando en él: Decía simplemente: “Ganar la voluntad de una persona o traerla uno a su partido”.

Estimo que fue debido a esa voluntad de ganarse a una persona y traerla a su partido que nos hicimos amigos enseguida, pese a que al principio esa amistad —que ha crecido en cincuenta años de práctica sentimental— era más que improbable, ya de por sí difícil, entre colegas de la profesión. Por aquel entonces las circunstancias tendían directamente a la confrontación: él trabajaba para editores de Barcelona y yo para editores de Madrid. Diseñador como yo, pintor como yo (aunque nunca he ejercido realmente) y escritor como yo (él en las variantes de memorias, impresiones y reflexiones, y yo en historia y divulgación del diseño gráfico), compartíamos generación, pero hay que decir que cuando yo aparecí Alberto ya estaba allá en lo alto. Él sembró la semilla del diseño gráfico en los terrenos baldíos de nuestra juventud, y yo empecé a recoger con él los primeros sabrosos frutos. Aunque mira por donde, y contra todo pronóstico, esa causa no hizo mella alguna en nuestra relación y nos hicimos amigos para siempre (como decimos los catalanes desde Barcelona’92) superando olímpicamente los apriorismos más pesimistas.

Con el paso de los años he comprendido que si Alberto ha ejercido de conquistador ha sido por ser persuasivo y con frecuencia irrefutable; porque su conversación ha sido instructiva y su silencio educativo; porque más bien ponderado, ha sabido ver lo que muy pocos: en lo bueno algún defecto y en lo malo alguna virtud; y porque sin ser ecuánime ha sido siempre lo bastante justo. En resumen, un tipo interesante que ya me llamó la atención al presentármelo en Barcelona hacia 1971.

Así ha sido para mí Alberto, y así seguirá siendo en muchos corazones, porque “todas las cosas, cuando las perdemos, dejamos de tenerlas; en cambio los amigos de corazón no se pierden ni con la muerte”. Así pensaba Petrarca, y a partir de ahora voy a comprobar cuánta razón tenía.

Enric Satué es diseñador y escritor.

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