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Ahuyentando a las oscuras golondrinas

El filólogo Joan Estruch desmantela los tópicos relativos a Gustavo Adolfo Bécquer y pone en diálogo su vida y su obra con el contexto histórico en el que se desarrollaron

Gustavo Aldolfo Bécquer, visto por Sciammarella. Ampliar foto
Gustavo Aldolfo Bécquer, visto por Sciammarella.

Un escritor forma parte del patrimonio literario de un país y de una lengua cuando se pueden citar de memoria varios de sus versos, pero más todavía cuando su imagen aparece en los billetes con los que se paga a diario el pan o el café, como le ocurrió a Gustavo Adolfo Bécquer entre 1970 y 1978. Su popularidad como autor incluido en los temarios escolares y el hecho de que su vida transcurriese durante el siglo XIX, en pleno Romanticismo literario, le han convertido en el arquetipo del poeta bohemio, enamoradizo e incluso cursi, adjetivos difíciles de combatir. Para desmantelar los tópicos relativos a su persona y poner en diálogo la vida y obra de Bécquer con el contexto histórico en que se desarrollaron, así como para perfilar cuál fue la contribución a su trayectoria vital de las personas más cercanas a él, hacía falta una nueva biografía del autor como la que acaba de publicar el filólogo Joan Estruch.

La obra es deudora, como Estruch señala, de las de otros hispanistas — el francés Robert Pageard y la británica Rica Brown—, cuyo objetivo fue también despejar la parte mítica y legendaria del personaje. Es por tanto coherente que esta biografía se titule Bécquer. Vida y época, pues el momento histórico en que transcurrieron sus días explica gran parte de sus decisiones vitales y artísticas. También algunos detalles aparentemente menores en los que Estruch se fija con acierto resultan tener alto valor simbólico. Un buen ejemplo es la decisión del padre del poeta, el pintor José Domínguez, de recuperar con fines de ascenso social el apellido Bécquer de sus ancestros flamencos, instalados en Sevilla en el siglo XVI y muy respetados en la ciudad. Este gesto influyó en la posterior celebridad de sus hijos Gustavo Adolfo y Valeriano en la literatura y las artes plásticas respectivamente.

El trabajo de Estruch muestra, entre otras cosas, el giro que han dado los textos biográficos para adaptarse a los principales intereses y tendencias de los discursos sobre arte y literatura, pero también para servir como orientadores y facilitadores de información, y no tanto como narradores con un saber incuestionable sobre el sujeto acerca del que escriben. De ahí que a la esposa de Bécquer, Casta Esteban, y a otro de sus amores, Julia Espín, el biógrafo les dedique sendos capítulos en los que se analiza su influencia en la obra del poeta y narrador, pero sin caer en excesos almibarados. Tomemos como ejemplo a Julia Espín, que aquí deja de ser una prima donna hija de un célebre compositor para convertirse en quien fue en realidad: una modesta cantante lírica cuyo padre era un también modesto compositor y gestor musical.

Otras personas relevantes en la trayectoria de Bécquer fueron los escritores Luis García Luna y Julio Nombela, compañeros de tertulias y proyectos literarios una vez instalado el primero en Madrid tras dejar Sevilla. A ambos se les dedica atención en esta biografía, especialmente a Nombela, pues se debe en parte a este último que la leyenda sobre el escritor sevillano haya ido creciendo y transmitiéndose en ocasiones con los errores propios del juego del teléfono estropeado. Para reparar esto, Estruch hace en su biografía un ajuste de cuentas con las distorsiones que Nombela incluyó sobre el poeta en su libro de memorias, y al mismo tiempo advierte al lector ya desde el prólogo de que, si bien hay datos y aspectos de la vida de Bécquer que se desconocen, él no pretende colmar estas lagunas empleando la imaginación, pues precisamente una de sus misiones en este libro es evitar las fabulaciones.

Una biografía bien planteada analiza también la sociedad en la que vivió su protagonista, por eso la de Estruch resulta útil para introducir a los lectores en los aspectos sociopolíticos de la España de la guerras entre liberales y carlistas —Bécquer nació en 1833, cuando se inició la primera de estas—, la Desamortización de Mendizábal o la Revolución de Septiembre, que provocó la caída de Isabel II en 1868. Y es que Bécquer no era ajeno a los avatares políticos de su tiempo, por eso no es únicamente el Bécquer poeta y narrador quien aparece en esta biografía: también se le dedican análisis pormenorizados a su faceta como periodista, como censor de novelas y como editor, trabajos que desempeñó para ganarse la vida.

El proyecto editorial principal que dirigió fue la monumental Historia de los templos de España, publicada por entregas. No obstante, es la contribución periodística de Bécquer lo esencial para entender su compromiso político con el Partido Liberal Moderado. Al pretender recobrar el estatus que perdió su familia, y consciente de que, en palabras de Estruch, “la gloria literaria era una vía de ascenso social como cualquier otra”, Bécquer tomó la decisión de escribir para el diario moderado El Contemporáneo textos políticos de tono irónico, pero “sin demasiado idealismo y con sobrado pragmatismo”, tal como nos advierte su biógrafo.

Por último, el texto de Estruch también le presta atención a los espacios significativos para el escritor y analiza su influencia en las obras escritas en ellos. El ejemplo más notable sería la estancia de Gustavo Adolfo junto a su hermano Valeriano y su esposa, Casta Esteban, en el monasterio aragonés de Veruela, que puede recordarnos a la experiencia vivida por Chopin y Georges Sand en la cartuja de Valldemossa. De ese fructífero aislamiento surgieron las Cartas desde mi celda, algunos escritos de Casta Esteban y un álbum de dibujos a cargo de Valeriano Bécquer.

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Autor: Joan Estruch Tobella.

Editorial: Cátedra, 2020.

Formato: tapa blanda (488 páginas, 25 euros) y e-book (17,99 euros).

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