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Las minorías toman la escena

Una nueva generación de creadores pone en primer plano conflictos y personajes tradicionalmente secundarios: mujeres, negros, homosexuales, latinos, asiáticos

El estreno de la obra 'Slave Play', en el Golden Theatre de Nueva York, en 2019.
El estreno de la obra 'Slave Play', en el Golden Theatre de Nueva York, en 2019. WENN.com

“Un retrato de la decadencia moral tan desgarrador como los de Arthur Miller y tan extrañamente lírico como Tennessee Williams”. Que Jesse Green, crítico titular de The New York Times, se atreviera a emparentar a Jeremy O. Harris con esas dos vacas sagradas del teatro estadounidense da idea de la trascendencia que está alcanzando este dramaturgo. Lo hizo en su reseña de la obra que ha dado gloria a Harris, Slave Play, protagonizada por tres parejas interraciales que se someten a una terapia para recuperar el deseo sexual mediante juegos de amo-esclavo, en un controvertido ejercicio de psicoanálisis extrapolable a la sociedad norteamericana. Deliberadamente provocadora, la pieza se estrenó en el circuito off de Nueva York en 2018 y al año siguiente sacudió Broadway como hacía años que no lo hacía ninguna. Si a eso sumamos que Harris solo tiene 31 años, es negro y abiertamente gay, no hay duda de que estamos ante el estandarte teatral de esa nueva y poderosa generación de creadores que está agitando todas las disciplinas artísticas en EE UU, poniendo en primer plano conflictos y personajes tradicionalmente secundarios: mujeres, negros, homosexuales, latinos, asiáticos o cualquier otra minoría que habite en el país.

Basta repasar la nómina de ganadores del Premio Pulitzer en la categoría de drama en los últimos años para comprobar el empuje de esa generación. El más famoso es sin duda el neoyorquino de ascendencia portorriqueña Lin-Manuel Miranda (40 años), que lo recibió en 2016 por el libreto de Hamilton, el musical más célebre del siglo XXI, convertido en un símbolo contra el racismo porque recrea la historia de los padres fundadores de EE UU con un elenco multirracial. Su éxito estratosférico demuestra la alta penetración de temáticas que hace dos décadas no habrían pasado de los circuitos marginales.

Jackie Sibblies Drury es otro nombre destacado de esta lista. Ganó el Pulitzer en 2019, a los 37 años, por Fairview, otra gran sensación en su estreno hace dos temporadas en Nueva York, con réplica en Londres solo un año después. El texto es un derroche de ingeniería dramática: en el primer acto, la obra transcurre como una sitcom en la que una familia afroamericana prepara una cena de cumpleaños para la abuela; en el segundo acto se repite todo en mudo mientras se escucha en off una conversación de personajes blancos sobre negros que acaba confluyendo con lo que ocurre sobre las tablas, lo que deriva en el tercer acto, en que los blancos salen al escenario para reproducir de nuevo lo mismo pero desde su prisma.

Antecesoras de Jackie Sibblies Drury fueron Suzan-Lori Parks, que en 2002 se convirtió en la primera mujer afroamericana en ganar el Pulitzer por Topdog/Underdog, a la que siguió Lynn Nottage, galardonada dos veces, en 2009 por Ruined y en 2017 por Sweat. El premiado este año ha sido Michael R. Jackson por el musical A Strange Loop, cuyo protagonista es un escritor gordo, negro y gay.

Fuera (todavía) de la lista Pulitzer, otro fenómeno que crece es el de Matthew Lopez, de ascendencia portorriqueña como Miranda, cuya obra The Inheritance es heredera directa del Angels in America de Tony Kushner: si esta retrataba el azote del sida entre los homosexuales, Lopez explora sus consecuencias una generación después.