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La literatura boliviana se desmarca de sí misma

Desde lo fantástico, el relato generacional, la crónica y la poesía, una nueva generación de autores han descubierto que las heridas actuales del país se abrieron hace tiempo

Miles de personas protestan en La Paz, durante las revueltas de noviembre.
Miles de personas protestan en La Paz, durante las revueltas de noviembre. GETTY

La literatura boliviana ha pasado los últimos 10 años desmarcándose de sí misma. Si durante el siglo XX se distinguió por su realismo y compromiso social –como se refleja en las novelas escogidas como obras esenciales por el proyecto Biblioteca del Bicentenario–, los escritores que han emergido en los últimos años le dieron la espalda a esa tradición. Sin embargo, escogiendo géneros desde lo fantástico, el relato generacional, la crónica y la poesía, autores como Alexis Argüello, Maximiliano Barrientos, Paola Senseve, o Rodrigo Hasbún han descubierto que las heridas actuales del país se abrieron mucho antes de su crisis política. El racismo y la división regional, el machismo y el caudillismo, al igual que la incomprensión entre clases sociales que sorprendieron tras el final del Gobierno de Evo Morales, estuvieron presentes desde antes en sus obras, aún sin la intención explícita de hacerlo.

Alexis Argüello Sandoval, nacido en 1986 en El Alto, es editor y librero independiente. Su ciudad de origen, una urbe de 850.000 habitantes, surgió como ciudad-dormitorio para los campesinos de todo el país que migraban al cinturón metropolitano de la capital, La Paz, para trabajar. “En El Alto no se vive, se sobrevive”, dice el editor. Aunque asegura que muchas cosas han cambiado.

En No me jodas, no te jodo (Sobras Selectas, 2018), Argüello selecciona 17 crónicas sobre la ciudad que siempre fue reconocida como un bastión indígena y estereotipada por su frialdad y criminalidad. Para el editor, “El Alto es víctima de un imaginario colectivo que se construyó desde fuera, sin la posibilidad de que se haga desde adentro”. En el libro se cuentan historias de equipos de fútbol secuestrados, la toma de los íconos de la arquitectura indígena por jóvenes adinerados que organizan fiestas electrónicas, y hasta la historia de un pingüino que se escapa del tráfico ilegal de mascotas. “Para el paceño, El Alto se reduce en la piratería, el crimen y la prostitución”, resume. “Es todo eso, pero también es un lugar de jóvenes inquietos por prepararse y conocer su historia, y que saben que pueden conseguir mucho más que sus padres”.

El Alto jugó un papel fundamental en el derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada, el último presidente electo antes de Evo Morales, en 2003. El año pasado, fue escenario de la muerte de 10 de las 34 personas fallecidas durante los dos meses de protestas durante la crisis política. “Me molesta esa visión de El Alto. Siempre se la consideró la carta final de los conflictos del país. Aquí se ponen hasta los muertos. Se levanta su nombre en vano, porque después ni siquiera se le dan las condiciones mínimas de desarrollo estructural”.

Hijo de dos comerciantes de libros usados e impresiones piratas que comenzaron en la Feria 16 de julio, el mercado informal más grande de Latinoamérica, Argüello toma su vocación de editor como “una necesidad y una responsabilidad” ante la urgencia de que la ciudad empiece a contarse a sí misma.

Para Maximiliano Barrientos nacido en Santa Cruz hace 40 años, la escritura representa todo lo contrario. Publicada por Periférica en España, Almadía en México, y Eterna Cadencia en Argentina, su novela En el cuerpo una voz (Almadía, 2018) comienza con el diálogo de dos hermanos que huyen de un dictador caníbal tras el asesinato de un presidente indígena y la posterior división del país en una nación blanca y otra indígena. “Creo que esa novela se imaginó una Bolivia posible, pero espero que no se la lea como marco de referencia o de valoración los acontecimientos de mi país”, dice Barrientos. Luego, sentencia: “Eso implicaría pedirle a la literatura lo que se le exige a la sociología”.

Aun así admite que la novela es política, “aunque nunca se enuncia directamente”. El escritor cuenta que la idea surgió hace 15 años, cuando el oriente boliviano exigía autonomía y amenazaba con separarse. “Creo que el escenario actual es distinto. La tensión no pasa por las ambiciones regionalistas, al menos no de forma explícita. Creo que la crisis es ideológica, y pasa por cuestiones raciales que no se resolvieron en los años de Evo, sino que se reprimieron. Ahora que estallaron, polarizaron a la población”.

Paola Senseve, escritora y gestora cultural de 32 años nacida en Cochabamba, sostiene que su camino literario comenzó junto con su camino político. “Toda obra de arte es política, si entendemos la política como una serie de lecturas, interpretaciones y cuestionamientos de la realidad”, dice la última ganadora del Premio Nacional de Poesía por Códex Corpus (Editorial 3600, 2020).

“Quizá si muero / en mi cuerpo ya no sobre nada / sin respiración / el código no se sostiene”, escribe al final de uno de los poemas del libro que la autora define como “una escritura basada en experiencias humanas de cuerpos de mujeres, de su información genética, sus herencias, sus relaciones filiales”.

Habiendo crecido y empezado a leer y escribir en Santa Cruz, donde considera que el acceso a la literatura es muy reducido, la escritora celebra que muchas de las escritoras que más éxito internacional han tenido –Giovanna Rivero, Magela Baudoin y Liliana Colanzi– sean de allí. Para ella, ser escritora en Bolivia “es igual que ser científica, deportista, o carpintera. En el mundo de la literatura se publica, se lee y se les paga mucho más a los hombres. Se les hace mayor crítica de sus obras, se los premia más y se habla menos de sus vidas personales”.

Rodrigo Hasbún, cochabambino de 39 años, hace 10 que mira a Bolivia desde el extranjero. “Con una nostalgia más o menos constante y con preocupación y miedo por la persistencia de algunos fantasmas que hace tiempo debieron desaparecer”, dice el autor elegido por la revista británica Granta entre los 22 mejores escritores de lengua española menores de 35 años, y por Hay Festival en 2017 para integrar Bogotá 39, su lista de talentos latinoamericanos menores de 40.

En su última novela, Los años invisibles (El Cuervo/Random House, 2019), Julián escribe una novela basada en su adolescencia. Andrea, en quien se basa parte del libro, lee un adelanto y decide buscarlo en Houston, 21 años después de su último encuentro. Adolescentes pertenecientes a una clase adinerada y más bien miope, como los describe Hasbún, viven una tragedia que les cambiará la vida. Mientras lejos y en silencio, desde el cuarto de la sirvienta, se fragua una guerra por el agua en Cochabamba que antecede al ascenso de Evo Morales.

“Los grandes sucesos políticos me interesan menos que la política que sucede a diario a nuestro alrededor, esa micropolítica atravesada por asuntos raciales, culturales y de género, que asoma en las calles y las casas, en todas partes”, admite Hasbún. El autor considera la literatura como un animal que se mueve a una velocidad distinta de la que lo rodea y que tiene poca capacidad para incidir en la realidad.

En la novela, Andrea ironiza y le aconseja a Julián escribir la otra historia, la de esa sirvienta que se preparaba para luchar contra la privatización del agua. Este se niega. Hasbún, por su parte, “no la escribiría para cumplir con una expectativa ajena”.

Para él permanece esa idea de escritor boliviano atado a esa expectativa. Pero, “si algo han demostrado en esta última década los escritores de mi generación es justamente una desconfianza y una rebeldía hacia todo eso que se espera de ellos. Y, gracias a ellas, la literatura boliviana reciente se ha transformado de forma significativa”.