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Serrat y Sabina se instalan en la memoria humana

La tercera gira conjunta de los dos cantantes desembarca en Madrid entre el fervor de 12.000 asistentes

Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat, anoche durante su concierto en Madrid.
Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat, anoche durante su concierto en Madrid. EFE

Nunca una S doble, esta coalición S+S que se reeditaba anoche en el WiZink Center madrileño, ha proporcionado tantos motivos para el disfrute. Pero aquí se personaban una vez más ante nosotros estos dos pájaros de la canción indeleble, dos aves que nunca fueron de paso porque su obra quedará, como diría el poeta, en la memoria de los hombres. Dos pajarracos que, tras aletear por media Latinoamérica, han cruzado el charco para sentir el fervor desde la otra orilla.

Andan lozanos los ilustres caballeros Serrat y Sabina; alegres y conjurados en recíproca compañía frente a los avatares de los escenarios, los vértigos de las cabezas traicioneras. Y así fue que su comparecencia, sustanciada a lo largo de tres horas y dos docenas largas de páginas celebérrimas, transcurrió emotiva pero liviana, con la confianza que otorga frecuentar la compañía de los amigos. Ayer fueron los 12.000 primeros; entre hoy y otras dos fechas en febrero, se sumarán a la fiesta otros 36.000 más. Cuatro llenazos consecutivos en el pabellón de deportes del foro, más un quinto este sábado en el Sant Jordi barcelonés: a ver qué guapitos jovenzanos son capaces de igualar eso.

Líbrennos los dioses de los sobresaltos, debieron de pensar en la bicéfala sociedad titular al comprobar que el audiovisual que inaugura el espectáculo se negaba por tres veces a funcionar de un tirón. Así de pequeños son los artistas, incluso los prohombres, ante los caprichos de la providencia. Tuvieron don Joan Manuel y su compadre don Joaquín Ramón que comparecer a pecho descubierto, pidiendo disculpas por el gatillazo tecnológico, pero el de Úbeda solo pudo murmurar que no escuchaba nada por sus auriculares. Y la gente suspiró, contuvo la respiración y conservó la sonrisa, porque nada iba a chafarle a la parroquia la emoción del reencuentro. Más, cuando ningún notario podría certificar que habrá futuras nuevas oportunidades para el disfrute a dos bandas.

Serrat y Sabina engrosan ya la nómina de los septuagenarios, el segundo desde hace bien pocos meses. Siempre han hecho lo que les dictó la santa voluntad, así que imagínense ahora. "¿Que si nos juntamos por dinero? Hombre, es que, con este al lado, trabajando la mitad ganamos el doble", se carcajeó Martínez Sabina con sorna descarada. Porque hay mucho humor en este tercer espectáculo conjunto, concebido a ratos con modos teatrales y largos diálogos o monólogos entre canción y canción. Y porque la teatralidad enriquece el caudal de las complicidades, apuntalada cuando el tándem intercambia la munición. Asombra cómo Serrat puede hacernos sentir que Una canción para la Magdalena merecería ser suya. Y emociona que Sabina reivindique precisamente Paraules d'amor: "No soy nada partidario de las fronteras, pero las lenguas me parecen sagradas".

Han sido nuestros trovadores un par de bandarras modélicos, y eso imprime carácter. Ahora han aprendido a burlarse de los achaques y dosificar los esfuerzos en las gargantas, pero cuando toca llorar, se llora. Y se conmueve. Joaquín parece lidiar con sus lacrimales durante la autobiográfica Lo niego todo y a Joan Manuel le tiembla el verbo al recordar que la música para las Nanas de la cebolla fue cosa de su amigo Alberto Cortez. El primero agudiza el dylanismo en sangre para su lectura de Princesa; el segundo saca pecho del repertorio reciente con Es caprichoso el azar, diamante que le ayuda a pulir la corista Sofía Mohamed.

No, bautizar esta gira No hay dos sin tres no es un prodigio de ingenio, pero sus insignes instigadores preservan parte de la gracia, la chistera y la seducción colectiva. Hubo chistes viejos y otros de actualización diaria ("Lo juro por el flequillo de Puigdemont", "Como cuentes la verdad, tendré que ponerte un pin parental"). Y hubo una catarata de éxitos reservada para la segunda mitad de la velada, una avalancha incontenible de títulos (Mediterráneo, Lucía, Y sin embargo, Y nos dieron las diez, el colofón de Fiesta) que es imposible desconocer si se habita el planeta Tierra. Títulos con los que no acabarán ni la contaminación, ni la ignominia, ni siquiera la posverdad. Ellos, qué bendición, sí que son inmortales.

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