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Bárbara Blasco: “Muchos hombres tienen garras y otros, un pelaje suavísimo”

La escritora, ganadora del premio Tusquets, repasa su vida desde su adolescencia, cuando tuvo que huir de casa por la enfermedad de su madre

Bárbara Blasco, retratada el 21 de diciembre en Valencia.
Bárbara Blasco, retratada el 21 de diciembre en Valencia.Mònica Torres, EL PAÍS
Juan Cruz

Nada más abrir su libro, la novela Dicen los síntomas, parece evidente que esa historia de amor y enfermedad con la que Bárbara Blasco (Rusafa, Valencia, 48 años) ganó el premio Tusquets de este año trata de sí misma y de su familia. Como si la sangre, el hueso, la respiración o la muerte que va narrando en esta relación de sucesos que ocurren, sobre todo, en una habitación de hospital la hubieran arañado hasta dentro. Pero no, dice ella, no es autobiografía, “es absolutamente ficción, pero aún siéndolo, todo lo que cuento es verdadero, no me ha pasado, pero de alguna manera sí”. Lo que no es mentira es la sucesión de vidas que ha llevado adelante, desde que se fue de casa cuando era una adolescente. Ella misma lo dice, desde su casa en Valencia, en esta entrevista por Skype. “Me fui casi por necesidad, por una enfermedad mental de mi madre, y con 15 años tuve que pedir que me llevaran al psicólogo o me volvía loca. Fue terrible, te cambia la visión del mundo”.

Pregunta. ¿Cómo fue huir?

Respuesta. Aprendí la palabra dinero. Me costó mucho esa sencilla dinámica de intercambio sobre la que se asienta el mundo, que todo gire alrededor del dinero: el prestigio, el estatus, el hogar, el alimento, el calor, la seguridad, la identidad, la procreación, y hasta la virilidad. Sigo sin entenderlo del todo. El dinero, que es símbolo de tantas cosas, que acaba por no ser símbolo de nada.

P. ¿Qué aprendió?

R. Que muchos hombres tenían garras, y otros un pelaje suavísimo, y a veces las dos cosas a la vez. Y que hay amigas que son como una familia.

P. Ha sido, dice la solapa de su libro, “dependienta, teleoperadora, camarera, ayudante de mago, bailarina de cabaret, empleada de gasolinera, actriz secundaria y vendedora de enciclopedias antes de licenciarse en Periodismo”...

R. Quería escapar a una identidad construida a través de profesiones que no me llenaban… Desempeñé todos esos oficios espantosamente mal, de forma diletante y perpleja, como si el verdadero oficio fuera tomar notas para la escritura, y el resto sólo una tapadera. Como esa cita de Duras, “escribir es saber qué escribiríamos si escribiéramos”, así hacía yo: trabajar para saber en qué trabajaría si trabajara.

P. Y de ahí viene su estilo…

R. El estilo es lo verdaderamente original que tenemos, escarbar lo más al fondo posible de uno mismo, liberar la propia voz del lenguaje literal y hacerla literaria. Volvernos transparentes para dejar pasar la luz de las palabras. Que el mundo pase a través de nosotros. Eso es para mí el estilo.

P. ¿En qué trabajo se sintió más cómoda?

R. Cuando estuve de gira con un ballet y un mago muy cutres. Bailábamos con bikinis de pedrería y de plumas. Yo no sabía ni bailar. Pero pronto supe que, además, había que tomarse unas copas con los clientes, aunque esto, decían, eran “cosas vuestras”… Ahí es donde verdaderamente aprendí a narrar, porque cuando me tomaba una copa con algún hombre me daba cuenta de que si sabía mantener una conversación interesante ellos se quedaban absortos y no intentaban pasarse la línea que yo no quería que se pasaran. Por eso digo que ahí aprendí los rudimentos literarios. ¡Era como contar! Lo peor es que vivía como si la vida fuera una ficción, una novela, y así no podía escribir. He tenido que ir entrando en la realidad para poder trabajar la ficción.

P. ¿Cuándo supo que la escritura podía ayudarle a explicarse?

R. En la adolescencia escribí poemas. Vómitos, chorros que van saliendo. Con treinta y tantos abrí un blog. Pensar que me comunicaba con el mundo cambió mi cerebro. No sabía lo que pensaba hasta que me ponía a escribir. Me hacía conocerme mejor, gustarme más. ¡Joder, me decía, soy más interesante por escrito!

P. No es común que la escritura parezca nacida de la vida...

R. Todo debe nacer de la vida; no me interesan los libros en los que el autor se esconde tras la literatura, que interpone palabras o cultura casi como un muro. Me dan rabia los pedantes que parecen considerar que los sentimientos no son literatura. Si hacemos literatura es justamente para conectar con esa emoción y con la vida. Me gustan las novelas viscerales, aunque no sean autobiográficas, en las que se note la pura necesidad de comprender lo contradictorio de la vida.

P. En este caso ha hecho una metáfora de la enfermedad como raíz de todos los sentimientos…

R. No tenemos más realidad que nuestro cuerpo. Virginia, la protagonista, busca esa realidad, esa verdad. La historia final de nuestro cuerpo es la de nuestra vida. A Virginia le gusta leer los síntomas. Pero también ve el peligro de llevar esto al extremo. Ella piensa que toda enfermedad tiene un relato, y por tanto una metáfora, pero cada uno tiene que construir el suyo propio.

P. El libro sucede en un hospital… Y usted aclara que no tiene nada que ver con la pandemia. ¿Cómo vive este tiempo?

R. Pues he pasado el coronavirus… Enfrentamos bien el inicio de la pandemia; parecíamos un país adulto, pero se nos ha ido yendo al garete, se ha embarrado la situación, y se ha impuesto el marketing de nuevo (y ese es el reverso de la inocencia), más ocupados en mostrar que en hacer.

P. En un momento de su historia hospitalaria su personaje utiliza la expresión “aún” como un leitmotiv. Escribiendo sobre la enfermedad ese adverbio, que por cierto titula uno de los libros, Aún no, de su paisano Francisco Brines, parece un modo de ser…

R. Mi manera de estar ahora en el mundo es aún… mientras aún quede tiempo, mientras aún este aquí… Cuando alcanzas la madurez ves que la muerte es una realidad en esta misma vida, no en esa otra imaginada que no se parece en nada a la de verdad, porque en el fondo piensas que no te vas a morir. Cuando lo tienes un poco delimitado empiezas a disfrutar de ese aún, aún estoy aquí, aún puedo disfrutar…

P. Es una palabra como pan…

R. Palabra, alimento básico… En literatura envolvemos las historias con palabras. Es lo que le damos al lector y es lo que este tiene que desenvolver, como el pan. Si eso no se hace con metáforas no llega del mismo modo.

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