mercè 2020Crítica
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Juerga y fiesta para un ausente

El homenaje a Xavier Turull, de Ojos de Brujo, cerró una jornada musical de la Mercè que pasó por dos espacios con nuevos significados

Ramón Giménez toca la guitarra en el concierto homenaje a Xavi Turull, de Ojos de Brujo, en el Park Güell.
Ramón Giménez toca la guitarra en el concierto homenaje a Xavi Turull, de Ojos de Brujo, en el Park Güell.CRISTOBAL CASTRO

Con la noche ya caída, la segunda jornada de fiestas recordó a aquella Barcelona de mediados de los noventa en la que reinaban las músicas de aluvión, también llamadas mestizas, pautadas por el baile, el descaro y la omisión de purismos. Bajo la advocación del espíritu de Xavier Turull, el que fuera percusionista y motor de Ojos de Brujo, un sinfín de amigos, conocidos y herederos desplegaron una fiesta en el Park Güell entorno a su memoria, en un espacio abierto a los cuatro vientos que hubiese encantado un homenajeado que no conoció fronteras. Fue un acto musicalmente festivo, rumbero y cargado de emotividad en el que la música fue maleada por artistas que como Xavier reducen las distancias entre los estilos; una fiesta que comenzó con un video con imágenes suyas y Debajo una piedra, seguida de 11 temas más, y recordó la alegría con la que los mexicanos conviven con la ausencia de los finados.

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En el arranque del día, casi en la hora del vermut, comenzaba la jornada musical, en este caso del BAM. La actuación tenía lugar en el “edifici de la Model”, que dicho así no suena tan lúgubre como La Modelo, que a la postre era donde la actuación tenía lugar. Tocaba entrar en la antigua prisión, cosa que a palo seco cuesta lo suyo. La reacción de la asistencia era dispar. Los había que entraban sin mirar, como evitando el impacto emocional. En el lado opuesto los había que fotografiaban los pasillos, las puertas y las rejas con actitud del turista que enfoca la Fontana de Trevi, despojado el objeto mirado de cualquier significación, reducido a lo coleccionable. Y los había que fotografiaban, pero con la actitud compungida de quien mira espacios donde el dolor ha sido crónico y aún flota en el ambiente. Cocina, enfermería, locutorios y el maligno panóptico que articula la arquitectura del recinto se iban sucediendo camino del escenario, en un paseo para la conmoción.

Ya en el patio más rejas, las de las celdas que a él dan, ahora ya vacías. Todo bajo un cielo de azul otoño, más limpio que la mirada de un bebé y que en una vida recluida debía recordar la amplitud de la libertad ausente, máxime cuando el cielo era atravesado por algún avión con destino a vete a saber dónde. Volar lejos, que tortura allí. Realmente hay espacios difíciles de resignificar, pero la música es una poderosa herramienta que ayuda, y mucho. Y así, en uno de esos patios, vigilado el público que llenaba tres cuartas partes de las 160 sillas dispuestas, hay cosas que gracias a la pandemia en La Modelo no cambian, dos veinteañeros contaron a la asistencia, mayormente femenina, que cambiamos más en apariencia que en sustancia.

Laura Lamontagne, nativa de Lugo, y PicoAmperio, de Santiago, cantante y poetisa y disc-jockey y productor respectivamente, toman cantigas de Alfonso X El Sabio, trovas de Martín Codax, poemas de Rosalía de Castro como A Xustiza pola man o de Fernando Pessoa, para envolverlas en ambientes electrónicos con acentos rítmicos de hip-hop dándoles un nuevo significado sólo formal, pues las historias que se contaban en los siglos XIII también resultan hoy vigentes. Una de ellas hablaba de un peregrino que fue a Santiago a buscar la verdad y descubrir una vez llegado que allí tampoco moraba, mostrando así un sentido crítico que hoy parece ausente. Y es que en el fondo los sentimientos y anhelos humanos son finitos, pues amor, desamor, odio y esperanza siempre han vivido entre nosotros. Sólo cambian las formas de explicarlos. La pareja gallega añadió el scratch al Medievo. En una antigua prisión.

En apenas una hora, usando la voz bien cantando bien acercándose al spoken word, la palabra dicha, Lamontagne y Picoamperio lograron que los barrotes y los focos casi se olvidasen. Más tarde, con el sol decayendo, otro espacio con nuevo sentido, aunque hacer conciertos es una antigua fábrica de cerveza parece afín. Allí, en la Damm, bajo su chimenea de ladrillo, con las sillas separadas por la distancia existente entre Burgos y Las Huelgas, el grupo Renaldo & Clara ofrecieron un delicioso concierto no apto para cínicos. Pop algodonoso y naif, preciosas melodías sencillas y una voz femenina tenue llenaron el espacio en una actuación para querer creer que el mundo no tiene maldad.

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