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Las protestas históricas de Chile a través de su música

De Víctor Jara y Violeta Parra a la nueva generación de músicos como Ana Tijoux, Yorka, o Las Tesis, pasando por Los Prisioneros, estos son los himnos del descontento de los chilenos

El grupo chileno de Las Tesis durante una actuación en Buenos Aires, el pasado 19 de febrero.
El grupo chileno de Las Tesis durante una actuación en Buenos Aires, el pasado 19 de febrero. / Europa Press

En 2005, el ministro chileno Víctor Montiglio investigaba una operación de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) que encubrió la desaparición forzada de opositores de la dictadura militar. Interrogó al dictador Augusto Pinochet por sus implicaciones en ese operativo, uno de los tantos que hubo en los 17 años del régimen (1973-1990). De ese histórico cuestionario quedaron para la posteridad casi todas las respuestas que Pinochet contestó: “No me acuerdo” y “No es cierto”. Un año después, el grupo Los Tres convirtió las declaraciones en el coro de su canción No es cierto, del sexto disco de la banda titulado Hágalo usted mismo, cuya letra, citando las palabras exactamente como las dijo el general, dice así: “Dios perdonará si me excedí, pero no creo. Todos los problemas que causé se los dedico al cielo. No me acuerdo, pero no es cierto y si es cierto no me acuerdo”.

La historia reciente de Chile no puede contarse sin los movimientos sociales que surgieron desde el golpe de Estado, en 1973, y la música que estos originaron. Los Tres son parte de una larga lista de grupos y artistas de distintas generaciones que han usado todos los géneros musicales para mostrar parte de la realidad que viven. Y tampoco se puede contar ni cantar la historia chilena sin mencionar a Violeta Parra y a Víctor Jara, que con sus canciones previas a 1973 sentaron un precedente para toda esa música que emergió primero tímidamente y luego como una explosión después de la dictadura.

Para el periodista chileno Manuel Maira, especializado en música y autor de tres títulos sobre el tema, antes de la dictadura Chile había conformado un movimiento en la música con un discurso social potente, liderado por Jara, Parra o el grupo Quilapayún. Pero identifica un vacío en los años posteriores. “Con el golpe de Estado hubo un corte duro de todo eso y un apagón cultural enorme”, dice. Coincide Javiera Tapia, periodista musical y fundadora del sitio esmifiestamag.com, de periodismo y feminismo. Según ella, “esas canciones están en la memoria de la gente como canción política y se han transformado en himnos, la gente las ha transformado en eso”.

Maira, autor de una de las biografías sobre Jorge González, el vocalista y líder de Los Prisioneros, relata que tras la dictadura las oportunidades para los artistas de decir “más cosas” se abrían como promesas: “De pronto aparecieron Los Prisioneros, con la figura de Jorge González, un tipo de clase media que era muy distinto al prototipo del chileno, un tipo frontal que incomodaba, que le preguntaban algo y decía exactamente lo que pensaba. En esos años ya estábamos más cerca de alcanzar la democracia”, cuenta.

En 1986, Los Prisioneros estrenaron una canción que es, hasta ahora, uno de esos himnos que se siguen cantando no solo en Chile sino en latitudes tan distantes y al mismo tiempo tan parecidas como Colombia, México o Perú. El baile de los que sobran, escrita por Jorge González, ha sido nuevamente un símbolo en las manifestaciones que se resisten a morir incluso ahora, 34 años después de ser escrita, y a casi un año de lo que los chilenos denominan “el estallido social” de octubre de 2019. Cuando el alza a la tarifa del metro desató un descontento acumulado por décadas y propició las manifestaciones más violentas y multitudinarias desde el regreso a la democracia, en 1990 (”Únanse al baile, de los que sobran. Nadie nos va a echar de más. Nadie nos quiso ayudar de verdad”).

La periodista e investigadora en música popular chilena Marisol García identifica que la canción chilena ha estado marcada innegablemente por la conciencia de los conflictos alrededor de quienes crean música, y en las denuncias que están dispuestos a hacer a través de la poesía popular, de fuerte arraigo en el campo y las ciudades. Dice García: “Chile tiene alta calidad en su canción social, tal como otros países la tienen en géneros musicales asociados a lo romántico, el baile o la fusión. No puede ser casualidad que en menos de tres décadas tengamos a Violeta Parra, Víctor Jara, Patricio Manns, Jorge González y tantos otros nombres de atención internacional”.

Las nuevas generaciones de músicos siguen reivindicando la herencia musical de sus antecesores. En 2011, el gran año de la explosión estudiantil en Chile, la canción Shock, de la compositora y rapera Ana Tijoux, inundó junto con aquellas masivas protestas las calles de todo el país. La demanda era la defensa de la educación pública y gratuita, con una letra combativa y un vídeo grabado en los días más convulsos de las movilizaciones en Santiago, la canción retrataba también la protesta milenaria de los mapuches, el pueblo indígena asentado en el sur de Chile, que exigían el respeto a su territorio y a su dignidad.

Otros nombres importantes en la reivindicación social a través de las canciones han sido los de músicos tan jóvenes como el cantante de trap Pablo Chill-E, de 19 años, con su canción de 2018 Facts, una crítica al poder en Chile; o la bailable pero impactante No, del compositor y productor Nicolas Jaar, que revive con un fondo electrónico los sentimientos de la sociedad chilena que aunque había votado “No” a la continuación de la dictadura militar de Pinochet en 1989, vivía sumergida en una realidad militarizada y llena de miedo: “Ya dijimos no. Pero el sí está en todo. Lo de adentro y lo de afuera. Lo de lejos y de cerca...”.

Yorka, el dúo de las hermanas Yorka y Daniela Pastenes, de 29 y 25 años, también es un ejemplo de cómo confluye toda esa tradición musical. En 2019, tras el estallido social, escribieron La canción es protesta, de su tercer disco Humo. Es un trabajo que refleja el momento histórico de Chile, pero también su evolución personal y profesional. “Creo que la música chilena nació contingente. Siento que nuestros primeros cantos ya hablan de la desigualdad”, cuenta Yorka Pastenes.

Ambas hermanas, que son también profesoras de música y que nacieron y desarrollan toda su actividad en San Bernardo, en la periferia de Santiago, la capital, aseguran que antes de Violeta Parra la música chilena no tenía una identidad. “Estos artistas referentes para nosotras no tuvieron finales felices. Y ninguno de esos artistas vivió el éxito que tuvieron. Creo que Violeta murió sin saber lo que fue y eso me aterra. Y creo que Víctor Jara... ni siquiera me puedo llegar a imaginar lo que estuvo viviendo torturado por este país de mierda. Chile es un país que nació a partir de la muerte y del genocidio. Ojalá pudiéramos cantar de otras cosas”.

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