LibrosColumna
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Clavileños de papel

Cuando las calles se abran de nuevo, buscaremos en librerías y bibliotecas los hallazgos, los recuerdos y las historias que nos enseñarán a galopar por las regiones del mañana

Irene Vallejo
Molinos en Campo de Criptana (Ciudad Real).
Molinos en Campo de Criptana (Ciudad Real).Europa Press

Esta primavera celebramos los libros al estilo cervantino: encerrados en nuestros cuartos, engalanando las horas con imaginación y lecturas. En nuestros anaqueles, en nuestras fieles bibliotecas, cada volumen es un umbral que ningún confinamiento impide traspasar. Don Quijote y Sancho montaron en el inmóvil Clavileño, un mágico caballo de madera, y soñaron que galopaban por el firmamento entre rebaños de estrellas. A lomos de nuestros clavileños de papel, cabalgamos desde el sillón hacia desconocidas lejanías. En la literatura exploramos nuestros deseos y todas las vidas posibles, pero también las cicatrices que deja cada crisis, cada epidemia, cada desgracia que hiere la piel de los sueños humanos. En ella aprendemos que no hay nada nuevo bajo las sombras, tampoco hoy.

Apenas podemos reconstruir el mundo previo a los libros, el paisaje anterior a las letras. Y, sin embargo, la etapa oral de la humanidad fue muchísimo más larga que nuestra vida entre libros, que por ahora dura solo unos cinco mil años. Antes de la invención de la escritura, el único archivo posible era la memoria. Durante los largos milenios de oralidad, cada persona poseía un pequeño bagaje de información y relatos: era en sí mismo una biblioteca mínima. Nuestros antepasados cultivaban memorias prodigiosas, eran atletas del recuerdo. Pero los conocimientos que la mente puede albergar son limitados y, por eso, la escritura se inventó para retar al olvido, para evitar que cada generación tuviera que volver a empezar fatigosamente desde el principio, inventando sus leyes y sus leyendas, sus creencias, sus conocimientos técnicos: su identidad.

En la literatura exploramos nuestros deseos y todas las vidas posibles, pero también las cicatrices que deja cada crisis, cada epidemia, cada desgracia que hiere la piel de los sueños humanos. En ella aprendemos que no hay nada nuevo bajo las sombras, tampoco hoy

Cuando los ojos aprendieron a escuchar las palabras escritas, empezó una nueva era. En las tempranas civilizaciones, la utilidad originaria de la escritura fue la contabilidad palaciega. Más adelante los escribas se ocuparían también de los relatos y mitologías. Somos seres económicos y simbólicos: primero llegaron los libros de cuentas; después, los libros de cuentos. Se inició entonces una fabulosa búsqueda del material más duradero y el formato más práctico para los libros: las tablillas de barro, los rollos de papiro, los códices manuscritos de pergamino, los impresos en papel, hasta las páginas de luz del presente. A esta cadena de mejoras contribuyeron numerosas mentes brillantes, la mayoría anónimas. En cada avance, este asombroso invento se volvió más ligero, más transportable, más resistente, más barato. Tan codiciado que, según los poetas Catulo y Marcial, hace alrededor de dos mil años nació la costumbre de regalar libros en las fiestas Saturnales de los romanos.

La aventura de leer es la historia de la expansión del conocimiento. Gracias a los libros, que permiten preservar el saber, la humanidad ha vivido una fabulosa aceleración del desarrollo y el progreso. Las primeras civilizaciones vislumbraron algunas de nuestras mejores ideas. En un viaje de milenios, esos cofres de reflexión encontraron cobijo en bibliotecas, librerías, monasterios y colecciones privadas. La imprenta difundió los logros de la ciencia y las humanidades, cimientos de los mejores siglos de nuestra especie.

La aventura de leer es la historia de la expansión del conocimiento. Gracias a los libros, que permiten preservar el saber, la humanidad ha vivido una fabulosa aceleración del desarrollo y el progreso

Recorriendo caminos de tinta hemos aprendido a afrontar juntos duelos y quebrantos. Por Tucídides conocemos la epidemia de Atenas, por Boccaccio la peste negra, Mary Shelley conjeturó una plaga letal, Galdós escribió sobre el cólera, Pardo Bazán sobre la lepra, Thomas Mann narró la tuberculosis, Philip Roth la polio. Sus relatos albergan la huella colectiva de nuestra supervivencia. Frente a agoreros y apocalípticos, los libros nos susurran que la humanidad siempre renace tras los inviernos de nuestro desaliento. La imaginación es el lugar donde primero construimos el futuro, y para lograrlo contamos con una feliz herramienta de eficacia probada: los libros. Hoy los celebraremos en los balcones y, cuando las calles se abran de nuevo, buscaremos en librerías y bibliotecas los hallazgos, los recuerdos y las historias que nos enseñarán a galopar por las regiones del mañana.

Irene Vallejo es autora de ‘El infinito en un junco: La invención de los libros en el mundo antiguo’ (Siruela).