El dolor y la gloria de Jeff Tweedy

El líder de Wilco repasa en sus memorias, con ironía y sinceridad, una carrera en el mundo del rock marcada por las disputas legales y las adicciones

Jeff Tweedy en julio de 2019 en un concierto en Rhode Island.
Jeff Tweedy en julio de 2019 en un concierto en Rhode Island. Mike Lawrie / Getty Images

Jeff Tweedy (Belleville, 52 años) recibe con cierta confusión el aviso de que esta conversación telefónica no versará sobre el nuevo disco de su banda, Ode to Joy, que acaba de ser editado justo el viernes de octubre en que tiene lugar esta charla. “¿En serio? Espera... Creo que sí me habían avisado. Esto es por lo del libro, ¿no?”, apunta antes de realizar una pausa algo dramática que rellenamos preguntándole qué le parece más raro: hablar de su libro de memorias, Vámonos [para poder volver](Sexto Piso), el día en que se edita el decimoprimer largo de su banda; o tener que hacer memoria, un año más tarde de su lanzamiento en inglés, para recordar cómo y por qué lo escribió. El teléfono emite un sonido que podría traducirse como alguien encogiéndose de hombros y, a renglón seguido, una de las estrellas del rock más sólidas y a la vez improbables de los últimos 25 años, responde: “Yo qué sé”.

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Eso mismo afirmará más tarde haberse dicho a sí mismo un montón de veces durante la redacción del libro, un artefacto que es mucho más ligero, directo, irónico y mundano de lo que podría esperarse de él. “Eso me ha dolido”, bromea. “¿Tengo imagen de plasta?”.

En Vámonos, el músico estadounidense afirma haber buscado ser lo más sincero posible en los pasajes en que el pudor y la memoria se lo han permitido, y lo más ameno posible a la hora de afrontar aquellos momentos de su devenir no marcados por la muerte, el alcoholismo o las adicciones. “Eso es un poco el resto del libro”, bromea de nuevo Tweedy. Todo arranca de forma lineal con una infancia solitaria marcada por un padre alcohólico y una madre maravillosa cuando recuerda serlo, hasta llegar a su primera epifanía escolar al descubrir que un compañero llamado Jay Farrar siente incluso más pasión por la música que él mismo.

Juntos formarán Uncle Tupelo, una banda de country formada en 1987 y disuelta en 1994 que se rigió bajo los principios del punk que editó un disco, No Depression, que dió nombre a todo un movimiento musical en los años noventa. Las adicciones terminaron con la banda. “He estado en contacto varias veces con Jay desde que se disolvió el grupo, más que nada para hablar de reediciones y de asuntos relacionados con los archivos. En el libro he intentado ser muy claro y muy directo. No quiero hacer daño a nadie y no quiero mentir. He contado las cosas como recuerdo que fueron, y en otras ocasiones, como mi mujer recordaba que fueron, porque hay muchos pasajes que, para ser sincero, se han borrado por completo de mi cabeza”.

Jay Farrar Jeff Tweedy y Mike Heidorn en los días de Uncle Tupelo en Illinois.
Jay Farrar Jeff Tweedy y Mike Heidorn en los días de Uncle Tupelo en Illinois.

Aún arrastrando el peso de ciertas sustancias, Tweedy formó Wilco y, en el momento en el que la banda, tras disputas legales varias —el lanzamiento de su totémico Yankee Hotel Foxtrot (2002) es un tour de force contra la industria del disco—, el músico cae en otra adicción nueva: los calmantes. Siente dolor todo el rato. Se duerme cuando quiere estar despierto y no puede dormir cuando necesita descansar. Ellos le acompañan durante la etapa más creativa de su discografía, sugerencia que molesta a Tweedy menos de lo esperado. “Mira, lo que no quiero bajo ningún concepto es magnificar al artista atormentado. Fue muy duro. Estuve a punto de morir, me convertí en un problema para mí, para los que me rodeaban, para todos. Y bueno, sí, gané un Grammy [en 2005, gracias al enorme A Ghost Is Born], pero me cuesta un poco calibrar el valor musical de los discos grabados esos años a partir de mi adicción”, recuerda.

Ese tiempo coincide con la muerte de Jay Bennett, miembro de Wilco, con problemas de adicciones incluso superiores al suyo y a quien Tweedy despidió, afirma, para tratar de salvarlo. No lo logró. En 2009, mientras Tweedy estaba con su banda en Madrid, llegó la noticia de su muerte por sobredosis. “Estaba en un hotel. Llamaron a la puerta de madrugada y me lo dijeron”, recuerda lacónico. Pasó la mañana siguiente dando entrevistas promocionales. ¿Tiene algo que ver la marcha de Bennett y su abandono de los opiáceos en la conversión de la banda en algo mucho más amable y para todos los públicos de lo que antes fue? “Tiene más que ver con que siga con vida. No echo de menos sufrir y creo que sigo disfrutando de cada disco que grabo, buscando siempre hacer algo nuevo”.

Es imposible no tener sentimientos encontrados al leer el pasaje en que Tweedy narra cómo tuvo que grabar Spiders, uno de los temas más arriesgados y magníficos de Wilco, una epopeya krautrock de diez minutos, en una sola toma porque no podía tenerse en pie. La canción es una maravilla, pero ese dolor no se le puede desear a nadie. “Hoy no lo veo como un drama, sino como todo un éxito. Solo espero que ese no sea el pasaje que más guste del libro”.

En las páginas de Vámonos, y se sospecha que también en la vida, cohabitan dos tweedys. Ese, el del dolor y la gloria; y otro, el que, en otro momento del libro, mientras almuerza con su familia en un bar de carretera a mediados de la década pasada, se encuentra con un par de compañeras del colegio. Le preguntan qué hace. Responde que tiene una banda. Ellas ríen. No la conocen. Entonces, su hijo Spencer interviene: “Tiene un Grammy”. “Es que no somos tan grandes. No somos Coldplay. Y estas cosas son más bonitas cuando las dice un hijo”, sentencia.

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