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OPINIÓN i

La explicación comprometida

Santos Juliá era la explicación comprometida, la sensatez revolucionaria para afrontar los demasiados retrocesos que tuvo la España del siglo XX

El historiador Santos Juliá, en el despacho de su casa en Madrid, en 2017.
El historiador Santos Juliá, en el despacho de su casa en Madrid, en 2017.

Esa España sucesivamente pétrea e indecisa, republicana, revolucionaria, entristecida por la pérdida del mundo que aún dominaba en el siglo XIX, monárquica y luego republicana, enfrentada, en guerra, derrotada, insultada, exiliada, fascista, franquista y mediocre y aislada, indecisa, atrevida, constitucionalista, socialista, europeísta, conservadora, ultraconservadora, conservadora otra vez, olvidadiza, corrupta, rota, y de nuevo desmemoriada o excesivamente optimista. La España que ha llegado a pensar que la revolución habida en una plaza o en una vía, diagonal y estelada, ya era la cara obligatoria del futuro. Demasiada ambición para convertir en realidad perenne lo que luego, otra vez, iba a ser, está siendo, un retroceso. Demasiados retrocesos.

Esa realidad sucesiva tuvo en Santos Juliá un testigo asistido por la nobleza de una escritura que tenía a la vez el don de la música y el auxilio de la rabia para comprobar que todo lo que pasó no nos sirvió de excesiva enseñanza. Hasta hoy, cuando de nuevo la España mediocre se abre paso entre banderas, viejas o nuevas, que quieren rememorar lo que ya hizo daño o pasar por imprescindible lo que se hizo y solo fue para que empezáramos de nuevo a tachar el pasado, el presente y, de nuevo, el futuro. Sin saber que ese futuro ya está escrito por la historia y esta no dice lo mejor de todos nosotros.

Ahora está esa España de nuevo en el vacío, un hueco que tiene su símbolo en las sucesivas imposibilidades para que se entiendan en favor del país líderes políticos que mezclan el insulto con la apariencia de patriotismo. Líderes que hablan de sí mismos como salvadores. Esos salvadores ya existieron, están en los libros, y no siempre se quedaron impresos porque lo suyo fuera amor a la patria, sino pasión por sí mismos.

Ese libro de Santos Juliá, Demasiados retrocesos, es un manual tranquilo de su sensatez comprometida, escrito con la serenidad que era su forma de ser, en la amistad, la alegría o la rabia. Es la explicación del país que amó y que explicó desde una pasión íntima, casi poética, en todo caso rigurosamente histórica. La historia de Santos Juliá. Afrontó estos demasiados retrocesos encerrado en su estudio y mezclado con la gente, en la esfera pública que le dieron los libros y que le dio, por ejemplo, este periódico, donde sus apariciones sucesivas eran gritos de acusación serena acerca de esos olvidos de la historia que nos condenaban a repetirla. Ni uno de esos textos sobre nuestros excesos o mediocridades están hechos desde la inquina o la improvisación.

Su modo de ser era lo contrario del exabrupto o la extrañeza. Su sabiduría, al ser retrospectiva, le dio una visión del presente como un esfuerzo inútil que reclamaba melancolía. Él no se hundió en ella, porque su personalidad era la de un estudioso cuyo diagnóstico no fue áspero, porque, como algunos de sus maestros, políticos también, sabían que algún día se iban a imponer palabras con las que se clausuró lo peor de la historia, paz, piedad, perdón.

Cuando esa historia triste tiene su símbolo peor saliendo del Valle de los Caídos, nos faltará fatalmente esa palabra con la que afrontó, con suavidad, profundidad e ironía, los tópicos con los que este país tan salvaje olvidó las razones de nuestros tropiezos para así volver a cometerlos.

No tenía urgencia sino profundidad, y así era en la vida. Su parsimonia era una manera de enseñar cómo pudieron haber sido las cosas de otra manera. Enorme falta ya nos hace. En la escritura y en la vida, un hombre de abrazo y recuerdo y memoria al que había que recurrir para saber que el mundo iba a seguir andando y que ni siquiera los demasiados retrocesos no iban a llevar a lo peor que ya nos pasó. Como Bertolt Brecht, él sentía que se podía cantar aun en tiempos oscuros, y sería bueno ahora, tiempo de tanta desolación, recordar a Santos tarareando flamenco mientras paseaba, la mano en el bolsillo, el paso quedo, la alegría de abrazar a sus amigos cuya desolación es desde ayer visible, concreta, innumerable.

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