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OPINIÓN i

Sobre mitos y relatos

Pertenecía a una generación de historiadores que interpretaba la historia nacional como una cadena de anomalías, desvíos y fracasos

Santos Juliá, durante la presentación de su libro 'Historia de las dos Españas', en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2004.
Santos Juliá, durante la presentación de su libro 'Historia de las dos Españas', en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2004.

"Si hay un género literario [...] contrario a la historia como búsqueda incansable del pasado, ese género es el mito”, observó Santos Juliá en una ocasión. Si por algo se caracterizó a lo largo de una fecunda carrera como historiador —¡qué terrible es escribir ya en pretérito!— fue por una actitud crítica e independiente, que le llevó a combatir mitos, relatos y lugares comunes sobre nuestra historia. Nació en 1940. Pertenecía, pues, a una generación de historiadores marcada por la sombra de la Guerra Civil y criada bajo la dictadura. Una generación que interpretaba la historia nacional allá, por los años setenta, como una cadena de anomalías, desvíos y fracasos.

Santos Juliá se forjó en ese contexto, pero consiguió sustraerse al clima generacional de desencanto. Consciente de que “la representación del pasado cambia a medida que se transforma la experiencia del presente”, comprendió que quienes alcanzaron la plena madurez en un país que sufría el triple estigma de una dictadura, de una economía atrasada y de una sociedad marcada por sus grandes desigualdades, estaban abocados a ver la historia nacional como un rosario de fracasos que conducían a un presente fracasado. No obstante, observó, aquello no dejaba de ser un estereotipo, un relato sobre el pasado.

Un relato arrinconado conforme acababa el siglo XX por otra perspectiva, determinada también por un cambio en el presente. A finales de los ochenta del pasado siglo, la democracia se asentó, España se sumergió en Europa y llegó el Estado del bienestar. Quienes en aquel momento nos dedicábamos a este oficio, ya fuera desde la historia económica, ya desde la historia política, intentábamos reconstruir la genealogía de aquel éxito, explicar cómo habíamos llegado a la normalidad, buscábamos aquellos elementos de nuestra historia que nos hermanaban con otros países europeos. Santos celebraba nuestros escritos y, al tiempo, nos observaba con la mirada crítica y el sano escepticismo que siempre le caracterizaron, recordándonos que solo estábamos fraguando un relato más y que “ninguna representación del pasado es inocente”.

Ni eterna. Después vino la crisis económica y política de comienzos de este siglo, y Santos consignó cómo volvían a cambiar las tornas. Un presente gris trajo consigo un nuevo enfoque gris del pasado. Otro relato para sumar a la colección, que esta vez cifraba en la Transición —mal hecha, fracasada o inexistente— la fuente de todos los males del presente. Es triste pensar que cuando el futuro traiga otro presente distinto, que genere un nuevo relato sobre el pasado, Santos ya no estará ahí para contarlo.

Miguel Martorell es historiador.

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