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Ildefonso Falcones: “El lujo de los ricos de hoy no dejará nada”

El escritor refleja la eclosión burguesa del Modernismo en ‘El pintor de almas’

El escritor Ildefonso Falcones durante la presentación de su nueva novela,
El escritor Ildefonso Falcones durante la presentación de su nueva novela, EFE

Para La catedral del mar (2006), la semilla sentimental fue una excursión escolar a la basílica; en La mano de Fátima (2009) anidaba su afición por los equinos y las caballerizas reales. Ahora, en El pintor de almas (Grijalbo / Rosa dels Vents, en castellano y catalán: 250.000 ejemplares de salida, América Latina incluida), Ildefonso Falcones tiene el recuerdo de un comentario de su madre: “Su familia no acabó comprando un piso en La Pedrera porque no había ningún mueble que pudieran salvar para encajarlo con las paredes ondulantes”. Y es que su ya quinta novela (cerca de 10 millones de ejemplares vendidos entre todas) está ambientada en la Barcelona de 1900, en plena eclosión del Modernismo, cuando la siempre cauta y discreta burguesía catalana, bien engrasada con las fortunas de sus industrias, pareció enloquecer con el fastuoso estilo artístico.

La ciudad donde florecían los edificios de Puig i Cadafalch, Domènech i Montaner, Gaudí o Sagnier era escenario también, sin embargo, de una convulsión obrera hija de brutales desigualdades sociales, con 10.000 niños huérfanos abandonados a su suerte por las calles (los trinxeraires). Y ahí crecerá la historia de Dalmau Sala, modesto artista hijo de anarquista que trabaja decorando las mansiones burguesas, y enamorado de Emma, huérfana luchadora incansable y con madera de líder obrera y del incipiente feminismo.

“El contraste social es de gran potencia literaria; había salarios de miseria ante precios de alimentos que subían hasta un 70% en poco tiempo”, apunta Falcones. Los ricos eran cada vez más ricos y los pobres, más pobres, algo no muy alejado de ahora: “La brecha social entre los ricos y los normales, digamos, se está agrandando y no lleva visos de cambiar; pero aquella opulencia burguesa dejó un patrimonio que hoy disfrutamos todos y hace de Barcelona la gran capital modernista del mundo, mientras el lujo insultante de los ricos de hoy me temo que no dejará nada”.

Vuelve el escritor a hacer protagonistas a gente de abajo, inconformistas, tomando partido de nuevo por los humildes, en lo que parece una constante en su obra: “Me atrae la gente luchadora, la más modesta, que en el fondo es el 99% de la humanidad; quizá me influye que quedé huérfano a los 16 años y tuve que ponerme a trabajar en un bingo para ayudar en casa. He tenido que pelear mucho... Cuando estudias las condiciones de miseria en que vivía entonces el proletariado ves cosas que te rebelan incluso ahora”. Como siempre, el escritor, para documentarse, ha buceado en más de un centenar de libros: “Sobre arte hay mucho, pero hay poca memoria histórica: por qué esas masas descargaron su ira sobre la Iglesia y no sobre una burguesía que entonces se dio cuenta de que estaba sentada en un polvorín y luego pareció rechazar esa libertad creativa del Modernismo”, se plantea. El escritor cree, sin embago, que aquella era una época de una Barcelona "muy creativa, con una apertura al exterior fantástica; ahora esa creatividad se está perdiendo y vivimos una situación muy tensa, a mi entender involutiva, con el separatismo y el independentismo".

Una personalidad y una fuerza moral como la de Emma no son concesión al auge del feminismo actual: son figuras que ya han transitado por la obra de Falcones, como en La mano de Fátima o en La reina descalza (2016). “En esa época la mujer está en primera fila de la lucha obrera, con sus hijos, peleando por derechos básicos y defendiendo a sus hombres que, sin embargo, no las reconocían... Hay que ser feminista, aunque hay una parte del movimiento que denigra a los hombres por su propia condición y eso es injusto; está el peligro de que el movimiento se desvirtúe".

Falcones sigue, como desde su debut, un poco ajeno al ámbito literario (“es un mundillo muy endogámico, donde cada uno defiende su lugar de forma agresiva”), quizá reforzado por sus serios problemas con Hacienda (“vendí La catedral del mar a una sociedad dos años antes de publicarse: acusarme de defraudar está fuera de lugar”) y por un cáncer, que no oculta en la dedicatoria: “La realidad no puede esconderse”. Y contra él lucha ahora, a brazo partido, desde abajo, como siempre hacen sus protagonistas.

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