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Se buscan dramaturgas del Siglo de Oro

El Festival de Teatro Clásico de Almagro inaugura este jueves una edición insólitamente paritaria en autores

Silvia de Pé y Manuel Moya, con Ernesto Arias detrás, en 'Desengaños amorosos'.
Silvia de Pé y Manuel Moya, con Ernesto Arias detrás, en 'Desengaños amorosos'.

El Festival de Teatro Clásico de Almagro, que inaugura esta noche su 42ª edición, se declara este año abiertamente feminista. Su programa es paritario en cuanto a número de autores y autoras del Siglo de Oro: 13 y 13. Un hecho excepcional, teniendo en cuenta el difícil acceso de las mujeres de esa época a la lectura y mucho menos la escritura: unas pocas de clase alta y monjas que solían componer obras de temática religiosa para ser representadas en conventos. Más allá de las conocidas Ana Caro de Mallén, María de Zayas y la mexicana sor Juana Inés de la Cruz, las tres únicas incluidas en el canon consolidado, ¿hay verdaderamente un corpus de obras de dramaturgas de calidad del que nadie se había ocupado hasta ahora?

“Quienes nos dedicamos a estudiar el teatro clásico ya lo indicábamos hace tiempo: hay más de las que dicta el canon. Puedo asegurar que a estas horas en la Universidad española (y en cualquier otro país donde los estudios de género estén asentados) ese catálogo está siendo desbrozado. Y que acabará habiendo un elenco de notables aparte de las conocidas”, afirma la filóloga Evangelina Rodríguez, especialista en el Siglo de Oro. La tarea no es fácil, advierte, “pues buena parte está todavía en manuscrito”.

No hay que olvidar tampoco que algunas ocultaron su identidad con seudónimos. Otras se vieron obligadas a abandonar la escritura y destruir sus textos, como sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega. “La modestia, el silencio y la humildad eran virtudes exigidas a la mujer, la escritura presuponía una muestra de vanidad censurable, una transgresión de la regla”, explica la catedrática Teresa Ferrer en su ensayo La ruptura del silencio: mujeres dramaturgas en el siglo XVII. Y cita a Fray Luis de León: “…en todas es, no sólo condición agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar poco(…) Porque así como la naturaleza (…) hizo a las mujeres para que encerradas guardasen la casa, así las obliga a que cerrasen la boca”.

La propia sor Juana, que se hizo monja jerónima para evitar casarse, fue forzada por sus superiores a dejar la pluma. No obstante, antes dejó por escrito su lamento en su rotunda Respuesta a sor Filotea de la Cruz, que concibió en 1691 como contestación a todas las recriminaciones que le hizo el obispo de Puebla. “Por algo esta autora es uno de los símbolos del movimiento feminista en México. Aunque en realidad su discurso no era estrictamente feminista. Era más bien una defensa de la libertad en todos los sentidos. Libertad para leer, para escribir, que a ella le estuvo vedada”, declara Carmen Beatriz López-Portillo, rectora de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

¿Quiénes fueron aquellas dramaturgas que se atrevieron a romper el silencio? ¿Se advierte esa rebelión en sus obras? “Por supuesto que sí. Reinterpretan a su manera grandes tópicos del teatro clásico como el honor o la castidad. Por ejemplo, Leonor de la Cueva da la vuelta al estereotipo de la mujer de carácter mudable y atribuye esta característica al hombre. Ana Caro resuelve un agravio sin ayuda de ningún varón y sin sangre. Y en general, los personajes femeninos de todas ellas defienden el derecho a elegir marido, se pronuncian en contra de las dotes, parodian los celos y reivindican modelos de mujer en los que la cultura tiene cabida como virtud”, responde Ferrer.

La intención del Festival de Almagro con su apuesta feminista este año es precisamente romper las costuras del Siglo de Oro y ensancharlo con estas nuevas perspectivas. “Así como poco a poco se ha ido normalizando la presencia de sor Juana, Caro o Zayas en los escenarios, cosa que hace una década parecía impensable, debemos seguir rebuscando y trabajando para hacer visibles a otras que también pueden merecerlo”, apunta Ignacio García, director del certamen.

De momento solo se han podido rescatar dos obras de las muchas que se cree que escribió Caro, El conde Partinuplés y Valor, agravio y mujer, que podrán verse este mes en Almagro. De sor Juana quedan varios autos sacramentales y las comedias Los empeños de una casa y Amor es más laberinto, esta última escrita a medias con el fraile Juan de Guevara, ambas también programadas en el certamen manchego. De Zayas se conserva solo una, La traición en la amistad, aunque su novela Desengaños amorosos ha sido adaptada para la escena por el dramaturgo Nando López en una exitosa producción que se estrenó el año pasado en Almagro y este verano está recorriendo todo el circuito de festivales de teatro clásico (Alcalá, Cáceres, Chinchilla, Peñíscola). De Leonor de la Cueva, La firmeza en el ausencia. Nada se ha podido rescatar por ahora de otras de las que consta que también escribieron textos dramáticos como Mariana de Carvajal o Juana Josefa Meneses.

Lo cierto es que, de momento, para llegar a la paridad en Almagro se ha tenido que recurrir a autoras que no escribían específicamente teatro, desde Santa Teresa de Jesús hasta sor Violante do Ceo. “Si ya era raro que una mujer se atreviera a coger la pluma en aquella época, más difícil era que escogiera el teatro, sobre el que pesaba una imagen de inmoralidad”, explica Ferrer. En todo caso, el ámbito académico sigue investigando. “Posiblemente no aparezcan demasiados textos nuevos y los habrá buenos o malos, como en la escritura masculina, pero de igual modo merecen ser estudiados porque forman parte de la historia de la literatura”, añade.

Evangelina Rodríguez resume: “Lo que le faltaba a la mujer que escribía en aquella época era lo que se ha dado en llamar, gracias a Virginia Woolf, una habitación propia”.

El enigma de María de Zayas

Del mismo modo que los escasos datos que han quedado sobre la vida de Shakespeare han originado decenas de especulaciones sobre su identidad, la falta de documentación y retratos de María de Zayas arroja continuos quebraderos de cabeza a los estudiosos. Hasta el punto de que la catedrática Rosa Navarro Durán acaba de publicar un ensayo (María de Zayas y otros heterónimos de Castillo Solórzano, editado por la Universidad de Barcelona) en el que afirma que bajo este nombre se escondía en realidad un hombre. “Fue una frase suya la que empezó a hacer dudar: ‘Me conoceréis por lo escrito, mas no por la vista’. A partir de ahí empecé a investigar y me di cuenta de que no hay un solo documento que pruebe la existencia de esta mujer y sí, en cambio, muchas pistas que apuntan que fue Alfonso de Castillo Solórzano”, explica la filóloga a este periódico.

Julián Olivares, estudioso y editor de la obra de Zayas, opina que los argumentos de Navarro no pasan de “hipótesis”. “Ana Caro de Mallén visitó a Zayas y posiblemente convivió con ella en enero de 1637. Entonces, si jamás existió Zayas, ¿hemos de creer que fue Castillo quien asistió como Zayas vestida de mujer a las academias, quien participó en certámenes, quien escribió poemas preliminares para varios autores y quien ambulaba por las calles madrileñas, tomadas del brazo, con Caro de Mallén? ¿Se vistió de faldas Solórzano? El travestismo literario es una cosa, pero el travestismo en persona y vestirse de drag es extremadamente inaudito”, razona Olivares.

Afirma Navarro que en aquella época gustaban mucho los juegos literarios. “Los escritores participaban en competiciones muchas veces con seudónimos. Les encantaba, era un juego. Recordemos que Zayas significa sayas, es decir, faldas. En cambio, no hay ni un papel que demuestre que aquellas dos mujeres vivieron juntas. Puede ser bonito pensar hoy que fue así, pero no hay nada que lo pruebe”, insiste.

Según Olivares, la tesis de Navarro de que Zayas no solo era un hombre sino que además fue Castillo Solórzano es aún más improbable. “Después de 1641 se pierde la pista de Castillo Solórzano, quien había acompañado a Italia a su patrón el marqués de los Vélez cuando este fue nombrado embajador en Roma en1642. Entonces, ¿cómo es posible que, estando en Italia como secretario del marqués, estuviera en Barcelona a mediados de los 1640 asistiendo a una academia y, además, vestido de mujer?”, rebate. Y añade: “¿Y cómo podría haber escrito un hombre un manifiesto feminista como el que proclamó en el prólogo de sus Novelas?”, añade. Recordemos una de sus sentencias: “Porque las almas ni son hombres ni mujeres: ¿qué razón hay para que ellos sean sabios y presuman que nosotras no podemos serlo?”.

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