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En las prisiones del cuerpo

Lucía Baskaran brilla con una luz propia e intensa en los momentos que escribe con la guardia baja, con humor, virulencia y riesgo

Portada de 'Cuerpos malditos'.
Portada de 'Cuerpos malditos'.

Hay un prejuicio particularmente incómodo con las novelas de aprendizaje escritas por jóvenes, aquellas en las que un autor o autora menor de 30 años plasma el tránsito de unos personajes hacia la primera madurez sin esperar a que la distancia con los hechos narrados sea completa. Se suele decir entonces que son novelas generacionales, como si fuera un demérito. Más allá de lo ambiguo de la etiqueta “novela generacional”, que puede aplicarse a obras de un alcance universal (Los Buddenbrook, El diablo en el cuerpo, Nada), probablemente el prejuicio tiene como verdadera diana una forma de entender la literatura alérgica a la nostalgia y a las convenciones del idealismo estético, una forma política. Es decir: se censura la preferencia de ficciones que no construyen mundos autosuficientes, sino que se decantan (para influir en él) por el inseparable contexto en el que surgen.

Cuerpos malditos, la segunda novela de Lucía Baskaran (Zarautz, 1988), tiene clara su apuesta por desvelar el presente, y a pesar de algunos rasgos de novela primeriza (las fluctuaciones de una voz que busca su originalidad, y la alcanza sólo a ratos), éste no es un logro pequeño. Baskaran narra en primera persona el periodo de tiempo que Alicia pasa en su pequeño pueblo natal, desde la muerte de su novio Martín hasta la superación del duelo.

Alicia relee su pasado, da un sentido profundo a sus amistades y relaciones, resuelve conflictos familiares y ambiciona una vida autónoma lejos de una madurez convencional. Y Baskaran alterna con fluidez escenas de diferentes épocas, retrospectivas, con invocaciones en forma de misiva al novio muerto. Son estas cartas a Martín con las que comienza Cuerpos malditos los momentos más peligrosos del libro: la estilización de un lenguaje literario que aspira a ser poesía limita, ata en corto ciertas cualidades de Baskaran. A veces pareciera que se obligara a escribir bien, cuando precisamente son aquellos momentos con la guardia baja, con humor, virulencia y riesgo donde Baskaran brilla con una luz propia e intensa.

Y es que la principal cualidad de Cuerpos malditos, más allá de la velada trama de fondo que le sirve como excusa, es la franqueza y la capacidad de poner en juego unas cuantas vidas echadas a perder para las expectativas sociales, laborales y sentimentales, vividas como prisiones. Un grupo de jóvenes (mujeres) para las que vivir es despertar el cuerpo aletargado, reivindicar el monstruo interior, reforzar las redes de sororidad y neutralizar la “mirada masculina” que funda la construcción de su imagen desde una sospechosa objetividad.

Baskaran es muy buena nombrando las sutiles huellas de la edad y la conciencia en el cuerpo joven, el “aroma ligeramente agrio (…) de la infancia pudriéndose para dejar paso a la adolescencia” y la posterior neurosis del cuerpo imitativo, alienado y desdoblado “como si siempre hubiera una cámara enfocándome”. Por eso apena que en una novela que capta con acierto la sensación de estar en tierra de nadie, incompleta, domesticada pero latente, los personajes masculinos sean tan simples, brutos y primitivos. Las mujeres de Cuerpos malditos ganan por goleada. Y lo que comienza como una carta de despedida a un hombre concreto, el novio muerto, termina como una despedida del género completo, asimilado por la narradora como una parte más de ella: el agresor interior, su parte masculina.

Cuerpos malditos. Lucía Baskaran. Temas de Hoy, 2019. 224 páginas. 17,90 euros.