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La plegaria y el corazón

La obviedad de un pulso entre lo sacro y el 'dance' sirve de diagnóstico de las debilidades de la película: Kahn necesita recurrir a citas externas para enmascarar su pobreza léxica

'El creyente'
Anthony Bajon y Alex Brendemühl, en 'El creyente'.

La música sacra y el technodance libran un conciso pulso por el alma de Thomas en un austero plano cerca del final de El creyente, particular ejercicio de estilo en torno a un cine de la trascendencia que firma Cédric Kahn. Es un momento que bordea lo risible y que, en realidad, no hace completa justicia a este trabajo que logra describir el funcionamiento de una comunidad aislada -un centro de desintoxicación que usa la plegaria para reconducir destinos-, pero esquiva una pregunta tan necesaria como insidiosa -¿no son acaso el ritual y la oración otro mecanismo de alienación?- y, sobre todo, no consigue transmitir con su esforzado juego caligráfico el proceso de redención espiritual que centra su relato. La obviedad de ese pulso entre lo sacro y el dance sirve de diagnóstico de las debilidades de la película: Kahn necesita recurrir a citas externas para enmascarar su pobreza léxica.

EL CREYENTE

Dirección: Cédric Kahn.

Intérpretes: Anthony Bajon, Àlex Brendemühl, Hanna Schygulla, Damien Chapelle.

Género: drama. Francia, 2018.

Duración: 107 minutos.

Thomas (Anthony Bajon, Oso de Plata en la Berlinale de 2018) es un joven adicto a la heroína que llega a un centro rural de desintoxicación con enigmático bagaje vital a sus espaldas. Un plano que enfrenta su escorzo a un camino vacío, en el día de las visitas familiares, es la elegante manera que tiene Kahn de esquivar todo psicologismo. Sus dificultades de integración irán dando paso a una serie de momentos reveladores -la secuencia de la reparadora urgencia afectiva y sexual tras un súbito encuentro con la muerte transpira verdad- que desembocarán en una duda muy humana entre las posibilidades redentoras de la vocación o del amor.

Anthony Bajon es pura fisicidad con un cierto punto Dardenne. Los rostros de Álex Brendemühl y Hanna Schygulla delatan el buen ojo de Kahn: bajo su tranquilizador influjo uno incluso podría convertirse a una fe preconciliar. Pero el modo en que el cineasta invoca la larga noche oscura del alma de Stromboli (1950) y el largo y tortuoso camino de Pickpocket (1959) dejan claro lo lejos que estamos aquí de cineastas como Schrader, Dumont, Von Trier o Reygadas, capaces de someter a tensión (y no a mecánica reiteración) la estilística de la trascendencia.

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