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BLOGS Coordinado por JUAN CARLOS GALINDO

Un ‘thriller’ en el corazón del ISIS

Tomás Bárbulo mezcla en 'Vírgenes y verdugos' el retrato de la vida bajo el fanatismo y el miedo con lo mejor de las novelas de espías

Tomás Bárbulo, a principios de mayo en la sede de EL PAÍS.
Tomás Bárbulo, a principios de mayo en la sede de EL PAÍS.

Hay cosas que Tomás Bárbulo (A Coruña, 1958) tiene claras. La primera: la atención del lector está al frente de su lista de obsesiones literarias. La segunda: ha tardado en llegar a la ficción pero lo suyo ha sido siempre contar historias y eligió el periodismo para ello. La tercera: está muy cómodo con ese antihéroe de la novela contemporánea llamado Haibala Ahmed Yadali, el Saharaui, el espía, el buscavidas, el hombre que protagoniza Vírgenes y verdugos (Salamandra), segunda entrega de una serie inaugurada con La asamblea de los muertos. “He intentado escribir esta novela con un estilo que tiene que ver con cómo vemos y cómo consumimos información de forma más rápida. Para que el lector no se  despiste sacrifico lo que haga falta”, cuenta en la sede de EL PAÍS, donde trabaja como periodista.

Con un inquietante poder premonitorio, Vírgenes y verdugos cuenta la historia de varias mujeres españolas atrapadas en la ciudad de Raqa bajo dominio del ISIS. Una, la joven Alia, acude fanatizada a casarse con un militante del Estado Islámico. La otra, Malika, tiene intereses ocultos. Las dos sirven para que Bárbulo nos lleve con una precisión sobrecogedora por las calles polvorientas de esta ciudad, por el horror de la vida bajo el fascismo y el miedo, en un relato en el que el Saharaui y la trama para acabar con el Jordano, líder del ISIS, aportan el lado espectacular. “Intenté un thriller en el corazón del ISIS. Esto no es periodismo, así que trataba sobre todo de ser verosímil”, cuenta Bárbulo, admirador confeso de la forma de narrar de sus contemporáneos en EE UU – "en thriller dan sopas con onda a los europeos", asegura– al que la actualidad ha sobrepasado, según reconoce, en varias ocasiones. “Yo surfeo la realidad. En el primer libro el tema de fondo era la crisis económica. Con Vírgenes y verdugos ocurrieron cosas mientras escribía que me obligaban a volver atrás y cambiar algunos detalles”. En uno de estos casos en los que la realidad casi supera a la ficción, con la novela ya en la calle EL PAÍS localizó a varias españolas que habían vivido como Alia y Malika en Siria.

La española Lubna Miludi, en el campo de Al Hol.
La española Lubna Miludi, en el campo de Al Hol.

Bárbulo usa un riguroso proceso de documentación (fotos de satélite, vídeos, testimonios de víctimas, entrevistas, cientos de documentos) para terminar de afinar los detalles, para buscar el fuera de foco, para apropiarse de un personaje anónimo que sale en un segundo plano en un canal de noticias y hacer que forme parte de su ficción. Conocedor del mundo musulmán (vivió gran parte de sus primeros años en Sidi Ifni y el Sáhara Occidental y ha viajado continuamente a la zona por trabajo) y del comportamiento de los hombres en esa cultura, Bárbulo tenía dos retos en esta novela: cómo hacerse con voces femeninas y cómo captar sus gestos si su cuerpo estaba cubierto siempre a excepción de los ojos. “He tenido que hacer malabares”, reconoce, “por eso decidí meterlas en casas, porque bajo techo se podían descubrir y no me tenía que limitar a juegos con la voz y los ojos. Pero lo que más trabajo me ha costado ha sido no caer en los estereotipos en los que caemos los tíos cuando miramos desde el lado femenino”.

Cuando Bárbulo está escribiendo una novela se mantiene implicado leyendo sobre la realidad que luego describe, mirando en el móvil el clima de los escenarios reales, pero no progresa hasta que no ha juntado suficientes días libres en el periódico y se puede sentar, estar una semana viendo lo que ya tenía escrito y entonces, solo entonces, avanzar.  

Al igual que ocurría en La asamblea de los muertos, el autor abre de nuevo el foco más allá del espionaje internacional para llevar al lector al mundo barriobajero de los pequeños criminales, un territorio que conoce, que sabe conectar con la trama general, y que da otra dimensión a la novela. “Algunos de los personajes que aparecen, esta gente de Ceuta, Marruecos o Mauritania, están sacados directamente de mi experiencia como periodista”, afirma. Pero es el Saharaui el verdadero rey de esta narración. Si Michael Connnelly asegura que se ha arrepentido siempre de dar tanta información sobre Harry Bosch en la primera entrega de la serie sobre este policía, Bárbulo no tiene ese problema. Hábil suministrador de la información, el autor juega con el lector para que vaya deduciendo quién es este hombre, cómo ha llegado hasta Siria, para quién trabaja. “Es como un espejo. En él se reflejan los demás. Es un personaje ambivalente, cruel y tierno, con un código moral. A veces puede parecer un palo sin sentimientos, pero lo necesito así porque no quiero un narrador omnisciente que lo explique todo. En la tercera entrega contaré más de su vida”, anticipa antes de mostrar ciertas dudas sobre el final. “Es duro, pero es que es así”, afirma, poco después, ya con la confianza recobrada.

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