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Hollywood era un espejismo

Huyendo de Hitler, buena parte de la música contemporánea europea terminó en California. Hollywood no supo qué hacer con aquellos emigrantes

El compositor Kurt Weill, con su mujer, la cantante y actriz Lotte Lenya.
El compositor Kurt Weill, con su mujer, la cantante y actriz Lotte Lenya. Getty Images

Ya saben que la industria del cine se hizo gigante en el Sur de California en cosa de años. Creció vigorizada por los aportes vitamínicos de talento foráneo, especialmente el llegado desde el Viejo Continente. Sin embargo, hubo una oleada de músicos que aparecieron sin avisar. Y Hollywood no supo qué hacer con aquella embajada de Mitteleuropa.

En los años 30, el nazismo abrió la veda de rojos, judíos, homosexuales y modernistas. Hacía Estados Unidos se escapó lo que podríamos denominar la plana mayor de la música alemana, austriaca, checa, polaca. Lo chocante fue que, en vez de quedarse en Nueva York, muchos compositores, directores e instrumentistas se trasladaron a Los Ángeles, entonces definido como “un Sahara cultural”.

Nueva fiebre del oro, Hollywood prometía buen clima, glamour, dinero. El problema: los nativos se mostraron reticentes. Paul Hindemith no pudo entenderse con un Walt Disney rodeado de pelotilleros; Stravinsky esperó horas para recibir un fugaz saludo de Louis B. Mayer; Eisler descubrió que la música de películas era un oficio poco agradecido, con especialistas que hacían horario de oficinas y que muchas veces no salían en los créditos.

Con todo, tenían cómplices: la novelista Vicki Baum, el cineasta Billy Wilder, el estelar Charlie Chaplin. Funcionaba la solidaridad entre los exiliados, aunque Frederick Hollander, antigua luminaria del kabarett berlinés, confesó que hubo periodos en que su mujer se vio obligada a robar comida en los supermercados. Entre los que entraron en el sistema de los estudios, Erich W. Korngold y Franz Waxmar ganarían incluso el Oscar en dos ocasiones. Pero también sufrieron los prejuicios del gremio: una vez etiquetados como “compositores cinematográficos”, les resultaba difícil estrenar sus obras para concierto (que además, según algunos contratos, eran propiedad de los estudios que pagaban su sueldo). Más aún: sus piezas fílmicas más acertadas podían reaparecer en docenas de películas, sin compensación ni reconocimiento.

Cierto que muchos de aquellos emigrados hacían proselitismo, pero más musical que político

En general, la colonia centroeuropea vivió de espaldas a la cultura del país de acogida. Se sabe que Stravinsky escuchó cantar a Leadbelly pero no hay constancia de influencias en uno u otro sentido. El jazz, sí, era considerado signo de modernidad, pero tampoco hubo afán de profundizar. Otto Klemperer, director experto en ópera, tuvo la ocurrencia de acudir a un club de jazz en el downtown de Los Ángeles: a la salida, fue asaltado y robado; su imagen vapuleada apareció en los periódicos, como si fuera el castigo a su extravagancia.

El poderoso imán de Hollywood hizo perder la cabeza a algunos. El gran Kurt Weill triunfaba con sus musicales en Broadway pero insistió en luchar para que se respetara su trabajo en las películas con las que colaboró. Sus disgustos fueron épicos (“me han convertido en una puta”) y algunos explican así su muerte temprana, a los 50 años, tras un par de infartos. En Paramount, Weill trató con uno de los personajes más retorcidos de la industria, Boris Morros. Ruso de origen, se convirtió en espía soviético para garantizar el bienestar de su familia en la URSS; supuestamente, confesó al FBI y ejerció de agente doble.

El poderoso imán de Hollywood hizo perder la cabeza a algunos

La caza de brujas se cobró víctimas. Como Weill, Hanns Eisler también había colaborado con Bertolt Brecht. Su izquierdismo no le impidió conseguir una generosa beca de la Fundación Rockefeller y realizar scores para películas de prestigio, siendo incluso candidato al Oscar. Pero su hermana, Ruth Fischer, pertenecía a la rama paranoica del trotskismo y se creía amenazada por conspiraciones estalinistas. En 1946, publicó unos artículos en los periódicos de la cadena Hearst donde, entre muchas acusaciones, aseguraba que Hanns era un delegado de la Comintern. Un entonces desconocido Richard Nixon se ocupó de que Eisler fuera “deportado voluntariamente” (es decir, debió pagarse su pasaje en el avión que le devolvía a Europa).

Cierto que muchos de aquellos emigrados hacían proselitismo, pero más musical que político. Entre los alumnos de Arnold Schoenberg destacaron John Cage y Alfred Newman (iniciador de esa prodigiosa estirpe que incluye a Randy Newman). Con frecuencia, los compositores desengañados con la realidad del trabajo cinematográfico terminaron como pedagogos. Así, Mario Castelnuovo-Tedesco, refugiado de Mussolini, participó en más de 200 películas, gracias a su extraordinaria facilidad para escribir y orquestar. En su autobiografía, reconoció que el cine fue su salida alimenticia. Hoy, aparte de sus partituras para la guitarra de Andrés Segovia, se le recuerda más por sus educandos: entre sus estudiantes destacan André Previn, Nelson Riddle, Henry Mancini, Jerry Goldsmith, Marty Paich, John Williams. No es un mal legado.

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