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La guía de los libros infinitos

La escritora mexicana Bárbara Jacobs reúne en ‘La buena compañía’ su heterodoxo canon literario

La escritora Barbara Jacobs, en Barcelona.
La escritora Barbara Jacobs, en Barcelona. EL PAÍS

Susan Sontag tenía los libros de su biblioteca clasificados cronológicamente. “Es que su fuerza mental era incomparable; lo mío es más disperso: tengo tantos de Virginia Woolf que es de las pocas que tiene estantería propia; en otras tengo toda la literatura clásica; muchas, están por géneros; la mayoría, eso sí, por orden alfabético... Pero ahora tengo los de este libro todos reunidos aparte porque sueño con releerlos”, dice la escritora y psicóloga Bárbara Jacobs (Ciudad de México, 1947). Cuando dice “los de este libro” se refiere a los 137 títulos de unos 123 autores distintos que conforman La buena compañía (Navona), su particular, sentido y reflexionado canon literario de “autores que me formaron, con títulos imprescindibles”, porque el libro “nunca te rechaza, siempre te da algo nuevo en cada relectura, cada buen libro es infinito”.

Una amiga le dio la idea: le pidió que diera un taller de escritura y lectura (“leer consiste en quedarse con algo que se hace expresar de un modo u otro”, sostiene) y entonces pensó en cómo orientar el grupo con algunos títulos. Ha tardado 17 años. Lógico: las posibilidades eran inimaginables, más cuando uno tiene a su alcance compartir una biblioteca gigantesca como la de su primer marido, el escritor guatemalteco Augusto Monterroso. “Creo que la única razón por la que se casó conmigo fue para intentar recuperar los libros que me había prestado desde que le conocí en un taller que impartía él; nunca se los devolvía”. Y tras unos segundos de silencio, dibuja una sonrisa antes de proseguir con su voz queda: “La verdad es que he tenido suerte: él era menos bibliófilo que yo, y me ocurre lo mismo con Vicente, al que le dije: ‘Yo te los cuido’... Y es que acaricio literalmente los libros, casi duermo con ellos”, confiesa reflejando su situación ideal, con los volúmenes y con su compañero actual, el artista mexicano Vicente Rojo.

Autores solo del siglo XX (“los griegos y latinos para mí no han sido formativos”), occidentales (“es la tradición que mejor conozco”) y que tuvieran versión en castellano son las particulares reglas que se autoimpuso para que “no fuera un libro académico en lo más mínimo: era un riesgo para mí y un desafío para el lector porque sí, hay otros mundos”, dice quien comparte con naturalidad su mundo cultural, para que el lector no se sienta amenazado por su ignorancia, igual como hacía su admirada Woolf. La iconoclastia, quizá hija intelectual de sus orígenes en una familia de migrantes libaneses, con abuelos paternos judíos y maternos cristianos, empieza ya en las 31 categorías de libros, que inusualmente incluyen el mundo del cómic, el de los “imagenistas”, unos “creadores superdotados” (Hergé, Rius, Schulz), pero también se refleja en apartados tipo Del poema en prosa, Del cuento largo o la novela corta, Del escritor cronista, De prólogos y epílogos o De la estimación literaria. Hay truco: “Si se fija, todos los géneros han sido abordados por escritores, por creadores, incluso en el apartado de traducciones: uno académico está muy bien, pero si una obra la traduce un escritor, es otra cosa precisamente porque no pretende ser traductor”.

La voluntad de sorprender está hasta en lo clásico. Así, en poesía, junto a una Ida Vitale o a un Apollinaire que “llora y juega” está… Bob Dylan. “Y antes de que le dieran el polémico Nobel... ¿Acaso no empezó la literatura como poesía cantada? Me parece un doble triunfo: de él y de su generación”. Junto al Chéjov de El jardín de los cerezos aflora en lo teatral Lillian Hellman (La calumnia), reina en hacer “una mentira de la que salga a la luz una verdad”. En otro apartado, Wislawa Szymborska sobresale porque su verso “podría imprimirse de corrido y pasar por poesía en prosa…”. Al elegir los testimonios de escritores, el cordón umbilical parece ser el de seres torturados: Styron, Lowry, Wilde y Leonora Carrington. “Si un artista es capaz de relatar con vigor creador y coherencia un delirio, significa que está capacitado para crear una ficción”, sostiene, elogiando su capacidad de “excavar en sus emociones y exponerlas”.

Como fuera que se autoimpuso que no hubiera más de cuatro recomendaciones por ámbito, excepto en casos como De la entrevista y la conversación (“¿Cómo quería que me dejara a Mark Twain interrogado por Rudyard Kipling o a Oscar Wilde por sí mismo?”), la reducción en el ámbito de la novela tiene cariz suicida. Y con el criterio aplicado, aún más. “Escogí la explosión de formas del amor en la vida real”, dice. Y aún así salió un póker poco discutible: el amor “anticonvencional” (Rayuela, de Cortázar); el “perverso”, (Muerte en Venecia, de Thomas Mann, y Lolita, de Nabokov) y el “tradicional” (La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda). La lectura de la obra de la autora catalana, como en su momento el relato Los muertos, de James Joyce, “me arrastró, me golpeó de tal manera” que aún hoy sigue sin pisar esa plazoleta en sus visitas a Barcelona para que no se remuevan sus sentimientos.

Anota tanto y tan desordenadamente Jacobs en sus libros que por ello no se atrevió a mediados de los 60 a que Cortázar, uno de los pocos autores citados más de una ocasión, junto a Borges, Calvino, Nabokov y Neruda, le firmara un ejemplar totalmente deshojado de Rayuela. Pero esa práctica le permite localizar aforismos ocultos o involuntarios entre los textos, donde sobresale Pessoa (“…la enfermedad llamada creer; la infamia llamada ser feliz”).

Hay un deje de tristeza en el bloque de las máximas, como lo había en el de los testimonios literarios y, sin duda, en la Antología del cuento triste, que ella misma realizó junto a Monterroso, a quien, en exceso pudorosa, le cita ahora en todo el libro solo esa vez en los florilegios y en el apartado de los diarios, por La letra e; ni tan siquiera lo hace en el capítulo de los relatos (están Joyce, Mansfield, Moravia y Rulfo), si bien realizó el más famoso de todos (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”): “No quería ser conocido por ese cuento, y así fue”, constata hoy Jacobs. En el prólogo de aquella selección había más o menos un silogismo: la vida es triste; un buen cuento concentra la vida; ergo un buen cuento ha de ser triste. “Se puede ser feliz o feliz en la tristeza, pero ni que sea porque se acaba, la vida es triste; todo el mundo tiene una tristeza en su vida”, ratifica la autora de ficciones como Las hojas muertas, que avisa de que dejará de escribir pronto: “Hace dos años tuve un grave problema de salud, y el tiempo mío lo veo ahora ya como azar. Por eso quiero parar, para releer todo esto”. Para estar en buena compañía.

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