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Del inconveniente de haber nacido

Es uno de los retratos más angustiosos de la infancia que he visto en mucho tiempo

El niño Zain Al Rafeea (en primer término), en 'Cafarnaúm'. En vídeo, Carlos Boyero habla sobre 'Cafarnaúm', la película de la semana.

Es incómodo y conmocionante ser testigos en el cine (y en la vida) de las crónicas sobre el sufrimiento extremo e inconsolable, el desamparo, la soledad que estrangula, esas cosas tan ingratas. A condición de que te las creas, que te resulten de verdad, que logren implicarte. Y es particularmente punzante cuando eso lo padecen los niños; representan la indefensión, no puedes identificarlos con ningún tipo de culpa. Y se han realizado obras maestras sobre ello. Mi favorita es El chico,un mediometraje que lleva la firma de Chaplin, su inigualable comicidad, su sentimentalismo, su poética, su inmensa capacidad para transmitir todo tipo de sensaciones.

Pocas secuencias en la historia del cine tan desgarradoras como la de la policía intentando separar al niño del vagabundo. Ni tan hilarantes como la de la criatura rompiendo cristales a pedradas para que después aparezca su padre adoptivo ofreciendo sus servicios de reparación a las víctimas. Y es fascinante la secreta e hipersensible cría de El espíritu de la colmena, su relación con el monstruo de Frankenstein, sus miedos, su intemperie íntima. O la odisea urbana del niño de Los cuatrocientos golpes. Y estos también pueden ser ladinos, mentirosos y manipuladores, condenar a la horca a un pirata honrado en la inquietante Viento en las velas.

Cafarnaúm, dirigida por Nadine Labaki, afamada autora de la caramelizada Caramel, es uno de los retratos más angustiosos de una infancia acorralada que he visto en mucho tiempo. Lo pasas mal viéndola y al recordarla. El arranque es insólito. Un niño del Beirut más lumpen, deprimido y despiadado denuncia ante un juez a sus padres por haberle engendrado. Le condenaron al infierno, a la supervivencia más dura en la calle, a sentirse despreciado, utilizado y machacado desde que tuvo conciencia de la realidad. Dejó ese techo miserable y la escasa comida que llegaba a su plato cuando sus vanos progenitores, tan desdichados como él, pero que no se cortan pariendo hijos, vendieron a su hermana de 12 años para casarla con un comerciante. La cámara de Nadine Labaki filma la perpetua huida del protagonista con pretensiones estéticas, acompañada frecuentemente de música. Y la acusan de que esto empañe la atroz realidad. También de que el airado crío sea precioso. Al parecer, para ser veraz la desgracia debería tener el rostro de King Kong. Y la cámara y los sonidos que recrean ese calvario deberían jugar a la experimentación. La idiotez no tiene límites.

Por mi parte, agradezco haber pasado un mal rato, vivir de cerca esa tragedia que parece lejana en las imágenes que plasman los noticiarios. La imagen de ese niño desesperado vagando hacia ninguna parte, cuidando y protegiendo al bebé negro que codician los traficantes de la infancia y al que arrastra en una improvisada cuna de hojalata, robando y trapicheando, que aguanta por puro instinto la machacante crueldad de la puta calle hacia los parias, me deja dolorida huella en la memoria.

Para ser felices los espectadores pueden recurrir a otras opciones, como Green Book, ese producto tan calculado, previsible y eficaz. No me extrañaría que el Oscar le otorgara su bendición suprema.

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