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La última ciudad de Claudio López Lamadrid

El editor creía que el futuro de la industria del libro y de la literatura se jugaría en los países latinoamericanos y apostaba por recomponer la relación entre estos y España

Claudio López Lamadrid.
Claudio López Lamadrid.

La última vez que vi a Claudio López fue en su reducto, esa oficina atiborrada de libros apilados en torres sobre su escritorio y comentarios escritos en una pizarra en las oficinas de Penguin Random House de la calle Travesera de Gracia, en Barcelona. Como casi siempre estaba vestido de negro y esa mañana tenía buen humor: sonreía de ese modo ladeado y silencioso, con aires de encanto y misterio, con los que seducía a sus amigos, colegas y autores. La noche anterior había caído al teatro Lliure junto a Ángeles González Sinde para ver una de las últimas funciones de El sistema solar, de Mariana de Althaus, y quedarse a ver el conversatorio que tuvo ella, mi pareja, con la directora y los actores de la obra, de manera que lo primero que hizo al verme esa mañana de abril fue hablarme con mucha emoción de la obra que había visto, de Mariana y también del Perú. Quería saber cómo iba todo en mi país o más bien quería que le confirmara todo lo bueno que él sabía que estaba pasando en el Perú. Su entusiasmo era evidente. Hablaba mucho de Jerónimo Pimentel, el joven y brillante director editorial de PRH en el Perú, y amigo mío, que había contratado hacía poco más de un año. Me contaba algunas de las sorpresas que había recibido de él y de la escena editorial en el Perú, y me preguntaba cómo observaba yo todo. Recuerdo que le dije que lo veía todo muy alentador pero que me parecía urgente darle un buen descanso a Pimentel. Estaba trabajando demasiado.

—Uno de estos días le va a dar un síncope, Claudio —recuerdo que le dije, medio en broma y medio en serio.

Lo que no podía siquiera imaginar es que quien sufriría no un síncope sino un infarto cerebral sería él y justo en esas instalaciones en las estábamos esa mañana, de las que me despidió después de darme algunos consejos sobre los movimientos que debía dar en mi vida y una cantidad fantástica de esos libros que siempre lo rodeaban. Se despidió con un abrazo y salí contento a las calles del barrio de Gracia, sin imaginar que era la última vez que lo vería y que en ese mismo lugar en que había estado, y solo en unos meses, lo sorprendería la muerte para interrumpir una de las más brillantes carreras editoriales del mundo hispano.

La primera vez que vi a Claudio en Lima había sido años atrás, tiempo después de encontrarnos por primera vez en Madrid luego de que él contratara mi novela en términos absolutamente inimaginables. ¿Era real esa apuesta por el primer libro de un escritor peruano totalmente desconocido que solo había publicado un libro de cuentos que no había agotado su tirada en edición local? Claudio llegó a Lima a reafirmar que sí y lo primero que me pidió fue que lo llevara a la mayor parte de espacios de la ciudad en donde ocurría esa novela que acababa de contratar, un periplo que terminaría siendo un tour por parte de la literatura peruana que él conocía bien. Lo recuerdo caminando con ese aire imponente y juguetón que tenía mirando el Parque Universitario y la plaza San Martín donde ocurrían las novelas de Vargas Llosa, mirando las quintas de Miraflores donde sucedían los relatos de Ribeyro y también recorriendo las lóbregas instalaciones de lo que había sido la revista Caretas en el jirón Camaná del centro de Lima en que sucedían algunos de los episodios de la vida periodística de mi personaje Gabriel Lisboa. Rápidamente me di cuenta de que a López de la Madrid le encantaba el sabor recargado de las ciudades de América Latina: la única vez que lo vi reír de verdad fue cuando el taxi en que íbamos se quedó varado en plena Javier Prado y recuerdo lo cómodo que estaba mirando los kioscos de libros usados del jirón Quilca, en el Centro. Fue en uno de esos varios encuentros, probablemente en la noche en que disfrutó como un niño de la comida de Central sazonada de las explicaciones de la chef Pía León y en la que los dos salimos del restaurante dibujando eses, que me comunicó el plan que tenía de instalar una oficina de Random House Mondadori (así se llamaba el grupo entonces) en el Perú. Era 2012 y él había aprovechado sus días en la ciudad para reunirse con libreros, editores y algunos periodistas. No voy a olvidar el último largo paseo que dimos por el malecón de Miraflores y Barranco la mañana en que se iba a Barcelona. Aquella vez Claudio terminó de pulverizar las últimas ganas que me quedaban de cumplir el viejo sueño de vivir en España.

—¿Y vas a dejar todo esto? —me dijo, mirando la bahía y los edificios, la visión de parapentes, corredores y gente disfrutando de la vista del océano Pacífico—. Si aquí tienes todo. Aquí está tu mujer y aquí estarán tus lectores. La batalla hay que darla aquí. Es en Latinoamérica donde todo está por suceder.

Con el tiempo comprobé que Claudio practicaba aquello que creía. Su certeza era que el futuro de la industria del libro y de la literatura se jugaría en nuestros países, y entendía perfecto que escritores como varios amigos suyos —Rafael Gumucio en Chile, César Aira o Fabián Casas en Argentina— podían hacer crecer la literatura de nuestros países trabajando desde sus países. Era necesario recomponer la relación entre España y América Latina. Dar autonomía a los países donde operaba el grupo. Descentralizar. También creo que de esa forma Claudio quería asegurarse tener siempre amigos y motivos para volver a los países en los que quería estar. Viajaba como casi nadie tendiendo un puente aéreo entre su base en Barcelona y los países del sur que amaba. En todas las sedes de PRH que visité (Chile, Colombia, Argentina, México), los editores siempre terminaban hablando de él con admiración, contaban anécdotas de su modo de trabajo, imitaban esa voz ronca y a ratos ininteligible con la que daba opiniones y se peleaban por definir quién entendía mejor lo que decía. La gente lo admiraba sin reservas. En estos días de tristeza por su partida he leído muchos textos de autores que reclaman lo conectado que estaba con cada uno de sus países. La manera en que amaba Argentina y México o que moría por la poesía chilena. Creo que empezaba a querer Lima y sobre todo a querer a la gente de mi país. Si nos encontrábamos en algún lugar, lo primero que hacía Claudio era preguntar por la pareja y por los hijos. Luego hablaba de la literatura. Quería mucho a Mariana. Siempre me decía que mientras estuviera con ella todo iba a ir bien, y luego me enteraba de que a ella siempre le preguntaba si yo estaba escribiendo, si lo hacía a buen ritmo, si era todos los días.

Es curiosa la diferencia entre la visión que en nuestros países se tiene de cómo se hacía la literatura en las “grandes corporaciones” y la experiencia de conocer personalmente a Claudio López, el tipo a la cabeza de un grupo editorial del peso de Random. Durante años he leído textos y comentarios absurdos acerca del mundo literario que parten de una imagen estereotipada y falsa: la cabecera de una transnacional es un grupo de personas poderosas que se sientan en una oficina de lujo a pensar cómo hacer libros “mainstream” luego de detectar de manera infalible cuáles son los temas ganadores y los modos seguros de abordarlos. Luego de eso se los imponen a los autores bajo el yugo inamovible de plazos y fechas de entrega. Nada más lejos de Claudio y de la gente que lo rodeaba, que en todos estos años sin publicar ficción después de la inmensa apuesta que le significó la salida de Contarlo todo jamás me presionó en sentido alguno. Aquella última vez que lo vi en Barcelona me volvió a decir lo que me decía siempre. La siguiente novela tenía que tener el número de páginas que tuviera que tener, así sean mil o más, y se debía publicar en el plazo que la novela exigiera. Nadie tenía prisa. Esto era literatura. Y si uno revisa sus apuestas literarias (Horacio Castellanos Moya, Samanta Schweblin, Julián Herbert, Patricio Pron o Fabián Casas) es casi imposible pensar en un editor asociado a una idea fija de lo que es la literatura. Claudio apostó tercamente por una serie de escritores que él admiraba más allá de que sus libros vendieran mucho o poco, de si escribieran cuentos, novelas breves y narraciones larguísimas. Le importaba la literatura. Cuando esa mañana última terminaba de hablarme de Pimentel y de la fantástica gestión que estaba haciendo en el Perú terminó su elogio con un dato fabuloso. Pimentel era poeta. Y Claudio sonreía repitiéndolo varias veces. “Y encima es poeta”, decía.

La tarde antes de morir, Claudio posteó en su muro de Facebook un poema de Raúl Zurita que mucha gente ha citado en estos días viendo en sus versos una premonición. “Y luego, cuando las grandes aves se derrumben/ y las nubes nos indiquen/ que se nos fue la vida entre los dedos/ guárdame todavía en ti”. No va a ser nada difícil guardarlo, pero va a ser durísimo no contar con su presencia. Y ahora que han pasado algunos días desde su desaparición me he dado cuenta de qué manera lo tenía instalado en mi interior mientras escribía y cómo me cuesta avanzar sabiendo que no leerá el libro que he ido trabajando todos estos años y que él acompañaba a la distancia. Sé perfectamente que es algo que les pasa a muchos otros escritores que se sentían sus hijos o sus hermanos menores en ciudades como Santiago, Montevideo o Barcelona. En esa Lima en la que al final se montó esa casa editorial que él había proyectado y de la que me hablaba esa mañana en su oficina de Barcelona, sucede lo mismo. Pocos lectores en el Perú lo saben, pero la literatura de mi país le debe tanto como la de otros países en el vasto mundo de habla hispana. Te vamos a extrañar mucho, Claudio López. Te guardamos.

Jeremías Gamboa (Lima, 1975) es autor de Contarlo todo (Literatura Random House, 2013).