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La revuelta del hombre nuevo

William Taubman hace un balance biográfico de Mijaíl Gorbachov, impulsor del cambio democrático de la Unión Soviética, justo en plena destrucción de su legado

Gorbachov, visto por Sciammarella. Ampliar foto
Gorbachov, visto por Sciammarella.

Esta es la biografía del hombre nuevo nacido del comunismo soviético. Si algún dirigente comunista llegó a responder al ideal de una nueva humanidad surgida del sistema fundado por Lenin, este es Mijaíl Gorbachov. Sus humildes orígenes familiares y su educación, su personalidad y su adhesión incondicional a las ideas y a la disciplina del Partido Comunista, todo en su vida fue la preparación para el ascenso hasta la cima misma del sistema soviético.

Su región natal, el distrito de Stávro­­pol, en el Cáucaso Norte, de gran producción triguera, donde inició un rápido ascenso de burócrata comunista, era el lugar de veraneo de destacados jerarcas soviéticos de la era de Bréznev (1964-1982) que tuvieron un papel decisivo en la selección y nombramiento del futuro y último líder soviético. Nada menos que tres de ellos, el eterno presidente del Consejo de Ministros, Alexei Kosiguin; el ideólogo del breznevismo, Mijaíl Súslov, y el jefe de los servicios secretos, Yuri Andrópov, echaron el ojo muy pronto al joven y dinámico dirigente provincial.

A su llegada a Moscú, en 1978, promovido al Comité Central del Partido Comunista, los jerarcas más avezados ya le habían examinado a conciencia y sabían que cooptaban al prototipo del hombre soviético y al cuadro mejor preparado para asegurar la supervivencia del sistema, pero fue Andrópov, el gerontócrata más preocupado por el futuro y por la sucesión, quien le aupó hasta lo más alto.

Gorbachov, como los cardenales del Vaticano y los jerarcas del Kremlin que le promovieron, conoció la verdad del sistema, es decir, su mentira sin remedio, y desde muy pronto. Había que tener unas dotes muy especiales para hacerse cargo de los crímenes colosales del estalinismo, la corrupción estructural de la economía estatalizada y la mezquina y corrupta lucha por el poder entre individuos frecuentemente amorales sin declararse en rebeldía o al menos apartarse de una trituradora de carne humana tan poderosa como fue la Unión Soviética.

Gorbachov las tenía y en grado elevado, organizadas alrededor de una quimera que deslumbró a las izquierdas de todo el mundo hasta la disolución misma de la Unión Soviética. Era la idea de un comunismo pluralista y democrático, el oxímoron más trágico de la historia de las ideas socialistas. La perseguían los rebeldes de Budapest, aplastados por los tanques soviéticos en 1956; también Alexander Dubcek, el dirigente de la Primavera de Praga, nuevamente ahogada en la represión por los blindados del Pacto de Varsovia en 1958; y era el sueño de los partidos eurocomunistas del sur de Europa, inspirados especialmente por el italiano Enrico Berlinguer, que prendió también con fuerza en España.

La revuelta del hombre nuevo

Primero supo obedecer y reservarse para alcanzar el poder máximo. También supo utilizar las palancas del sistema, el autoritarismo, la disciplina y el centralismo, para vaciarlo y abrirlo a la democracia, al pluralismo, a la transparencia y finalmente al mercado. A partir del leninismo revolucionario aplicó el reformismo más gradualista y rechazó el uso de la fuerza, tanto en su país como en las relaciones internacionales.

En el Comité Central y en el politburó, el máximo órgano del partido, era un joven dirigente rodeado de ancianos achacosos y la máxima o única esperanza de futuro. Pero el prototipo creado por el sistema fue el que enterró al sistema. Estaba programado para reformarlo sin destruirlo, pero su voluntad de reforma era tan perfecta que no pudo parar hasta su vaciado, momento aprovechado por quien iba a sucederle, Borís Yeltsin, para dejarle en la intemperie. Gorbachov no fue desalojado del poder, sino que el Estado que presidía desapareció de la noche a la mañana, sucedido por otro Estado, la Federación Rusa, que había nacido y crecido democráticamente dentro de la Unión Soviética.

Sus méritos son enormes. La personalidad más decisiva del siglo XX para algunos. Pero de su mayor defecto hay trazas todavía: fue sucedido a empujones por el peor presidente que podía tener una Rusia necesitada de orden y de legalidad y no tan solo de la democracia que podían proporcionar las urnas. Yeltsin fue un imperio del caos antes de que Trump instalara algo parecido en la Casa Blanca. Populista, borracho y corrupto, sirvió para espantar al último retén de la burocracia bolchevique, pero destruyó el Estado y lo dejó en manos de las mafias. Y nombró a Putin, el exagente del KGB que ahora conduce a Rusia en la dirección contraria del camino plural y abierto de Gorbachov y considera la desaparición de la URSS como el mayor desastre geopolítico del siglo XX.

Capítulo especial en la mutación soviética fue el final de la Guerra Fría, concertada con Reagan y Bush padre en los mayores tratados de desarme balístico y nuclear de la historia, ahora cuestionados por Donald Trump. Sin desarme no habría dinero para las reformas económicas y sin reformas no habría futuro para la Unión Soviética. Buena parte de la partida se jugó en la escena internacional, donde la imagen de Gorbachov fue creciendo a medida que se resquebrajaba en el interior de su país.

Los valores más puros surgidos de la ideología leninista y encarnados por Gorbachov como el mejor de su generación condujeron a la destrucción del sistema. Y no por una revolución violenta como la que protagonizó Lenin, sino por reformas graduales y pacíficas. La vida torcida del hombre nuevo soviético, cuyo fracaso es su mayor éxito, queda contada en esta biografía con una maestría y un acceso a la documentación del partido que la convierten en la definitiva al menos para una larguísima temporada.

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Autor:  William Taubman (traducción de Jaime Collyer).

Editorial: Debate (2018).

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