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En algún lugar de Castilla

La lluvia de Perseidas marca cada agosto una celebración campestre cuyos responsables evitan publicitar

Alberto Acinas y Curro (coreano afincado en España), al comienzo de su concierto el pasado sábado.
Alberto Acinas y Curro (coreano afincado en España), al comienzo de su concierto el pasado sábado.

La primera norma de El Cortejo de la Avutarda es que no se puede hablar de El Cortejo de la Avutarda. “Tú ven, vívelo y escríbelo, pero no digas dónde estamos”, me rogó Begoña, la responsable de todo esto, cuando le conté mi propósito de incluirlo en este tour de festivales y festejos por España. En estos tiempos en los que la gente paga por ser recomendada, ruega con lágrimas en los ojos por un baño de likes y amistades y quiere ver su vida y su local bien llenos de gente, La Avutarda se esconde. No cuesta dinero, no ofrece un programa absolutamente cerrado, solo indica que la gente se lleve los sacos y las esterillas, algo de comida y un “ya nos iremos apañando con el baño”.

Quizás lo único que se puede decir de El Cortejo de la Avutarda sin miedo a resultar inexactos es que nació con el nombre de Fiesta del Amor, y que fue precisamente para honrar a un amor que se fue. Begoña, la ideóloga del festival, una mujer de mediana edad dulce y enérgica cuya inteligencia brilla desde la primera historia que te cuenta, perdió a quien había sido su pareja durante muchos años. Como respuesta o como asidero y salvación, creó este festival en la era de la vieja casa familiar.

Su madre, Martina, gobierna el lugar, sonríe a los asistentes, muestra la mantelería que ella misma ha bordado y que ganará quien tenga el número premiado en la rifa (rifa que, por cierto, financia el festival). En la fachada de la casa, un mosaico honra la memoria de una tía de Begoña, una mujer intrépida y sabia, cuyo nombre lleva el concurso de poemas y microrrelatos, una de las actividades.

A El Cortejo de la Avutarda acuden desde hace cinco años un grupo extenso de amigos de amigos, de conocidos de aquel o del otro, de personas que conocen al artista que algo hará allí. A veces un par de desconocidos montan su tienda en la era y echan raíces allí durante tres días, para volver, a partir de entonces, todos los años. ¿Las avutardas? Poca gente las ha visto por allí. En realidad, el apareamiento de estas aves enormes y de plumajes de fantasía carnavalera, se produce algo más lejos. “Pero después los machos se vienen todos aquí a contarse unos a otros lo que han hecho”, explica Isis, una de las organizadoras del festejo.

La programación es ecléctica. Conciertos, proyecciones de vídeos. Mientras cenamos en medio de la oscuridad, todos de pie alrededor de unas mesas en las que se junta una comida comunal, alguien me cuenta que el año pasado dos personas aprovecharon El Cortejo para casarse. Este año se planea como acción festivalera rehabilitar el antiguo horno de pan del pueblo. Cada edición tienen lugar nuevos rituales. Solo uno permanece: ver la lluvia de Perseidas, en función de la cual se va cambiando la fecha del festival.

Al atardecer, Alberto Acinas, oscuro trovador, ofrece un concierto. Las sillas se arraciman alrededor del escenario improvisado con vistas a los campos castellanos agostados. Se mezclan en el público personas de toda condición y lugar. Viejos del pueblo, apoyando el mentón en sus bastones, atienden con gran interés.

Acinas toca acompañado por Curro, un coreano afincado en España —y que dice amarla intensamente, “porque es que España huele a Nenuco”— al que nadie, ni siquiera el propio Acinas, conocíamos hace dos horas. Sin haber ensayado ni nada parecido, sus formas de hacer —Alberto cantando y tocando una guitarra de doce cuerdas con un dedo vendado por un accidente cortando melón, y Curro siguiéndole el juego con su saxo soprano— se entrelazan magistralmente.

Es imposible no pensar, durante los conciertos de Alberto Acinas, en fantasmas y oscuras cuevas que gotean algún líquido ectoplasmático dentro de nosotros mismos. Con los vapores del vino elevándose y un atardecer de fuego diseñado por algún dios también borracho, imagino que eso que siento escuchando el concierto es lo que quizás sintió una de esas niñas pastoras que se toparon con apariciones marianas en medio de un bosque.

Más avanzado el recital, siento la necesidad de concretar la sensación. Imagino que es posible que, antes que la pastorcilla, fuera una oveja, la más osada del rebaño, la que avistara a la Virgen, y que ese sobresalto celestial del animal, ese estremecimiento y ese sudor ovejo, es en realidad el que nos baña a muchos de los presentes mientras va anocheciendo y la voz del demonio nos habla desde las canciones de Acinas —siempre alegremente torturado y torturadamente cómico— perdiéndose en el campo castellano, atrayendo a dos pequeños murciélagos que sobrevuelan nuestras cabezas.

Al caer la noche nos tumbamos en la era, celebrando con sorpresa cada una de las estrellas que mueren —que murieron hace millones de años— y regalan su último coletazo de luz. Poco a poco, los cánticos se van apagando, las voces desaparecen, y solo quedan los grillos y las estrellas.

Sin reglas

No todo es prescripción y recomendación, palabras que finalmente confluyen en gentrificación y masificación. Entonces, ¿por qué hablas de este festival en un medio nacional de gran tirada? ¿Qué absurdo es este, poner la miel en los labios del consumidor de festivales? Yo no recomiendo El Cortejo de la Avutarda. Solo quiero remarcar que la diversión y el buen veraneo a veces no dependen de pulseras, abonos, seguratas revisándote la mochila. En ocasiones, lo mejor sucede en un trigal segado, acompañado de gente a la que nunca ibas a conocer. Lo bueno es que hay más festivales así, que siguen existiendo fiestas no regladas, fuera del mapa, que funcionan por el boca a boca, que surgen de forma espontánea. Y que, si no encuentras una, quizás puedas ir al campo y, respetuosamente, organizarla tú mismo.