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La vergüenza de estar viva

Una película consciente de que su tejido no es el de la Historia, sino el de una subjetividad asediada donde lo real se transforma en fantasmagoría

marguerite duras paris 1944
Mélanie Thierry, como Marguerite Duras.

MARGUERITE DURAS. PARÍS 1944

Dirección: Emmanuel Finkiel.

Intérpretes: Mélanie Thierry, Benoît Magimel, Benjamin Biolay, Grégoire Leprince-Ringuet.

Género: drama. Francia, 2017.

Duración: 127 minutos.

Como la Chantal Akerman de Là-bas (2006), la protagonista de Marguerite Duras. París 1944 es una mujer que mira tras las persianas de su refugio. Lo que ve al otro lado es el París de la Ocupación y, en esas calles en las que ha dejado de ser reconocible la ciudad que fue, también se contempla a sí misma: una identidad disociada en el largo purgatorio de una espera que ha empezado a ser la única razón para seguir en pie, para dotar de sentido a la callada heroicidad de seguir respirando cuando todo es hostil y las únicas invitaciones son a la traición o al envilecimiento.

Marguerite Duras publicó El dolor en 1985, partiendo de los diarios personales que escribió tras la detención de su marido Robert Antelme por parte de la Gestapo en junio de 1944. En la elaboración literaria de esos textos confesionales que la voz en off de Mélanie Thierry evoca como el punto de encuentro entre un desorden emocional y el orden de los renglones caligráficos, la escritora introdujo el revelador componente de la ambigüedad para pasar de lo particular a lo general: el dolor de la mujer que espera el regreso de su amantes es solo una de las formas de la infección moral que lo recorre todo en estado de guerra, a quienes colaboran y a quienes resisten, a los verdugos, a las víctimas y a quienes, simplemente, viven y respiran mientras la maquinaria de la muerte sigue funcionando, allá a lo lejos.

En su quinto largometraje, Emmanuel Finkiel no se amilana ante el desafío de dar forma cinematográfica a la confusión de tiempos e identidades, a la disolución de fronteras entre lo vivido y lo imaginado que distingue el original de la Duras: una primera secuencia donde el supuesto retorno de Robert Antelme da paso a una inequívoca imagen de desesperado aislamiento y soledad de la protagonista, y a un desdoblamiento de esta, ofrece las claves de la sutileza en juego y de la constante tensión expresiva que, en algunos momentos del relato, tanteará lo experimental al desencarnar la voz de la protagonista haciéndola resonar por calles y espacios vacíos, como si estuviéramos ante un cierto eco de India Song (1975).

Marguerite Duras. París 1944 es una película consciente de que su tejido no es el de la Historia, sino el de una subjetividad asediada donde lo real se transforma en fantasmagoría.

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