Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Calixto Bieito lanza un alarido de horror contra la violación en ‘Die soldaten’

El director de escena regresa al Teatro Real con la ópera de Zimmermann que representa una agresión en grupo. “La orquesta simboliza al ejército”, afirma el artista

Tráiler de la obra 'Die soldaten'.

Cuando tenía ocho años, Calixto Bieito (Miranda de Ebro, 1963) estuvo a punto de ahogarse. “Me hundí en una poza. Recuerdo oscuridad, yo no vi esa luz que dicen aparece cuando estás cerca de la muerte. Todo oscuro. Ni siquiera angustia, ni trauma. Oscuridad”. Quizás se ha dedicado toda su carrera a buscar una salida desde entonces… Hay agujeros en la vida que te atrapan sin que seas capaz de ponerte en guardia. Otros te llevan a entonar un grito de desesperación. Como el que la martirizada Marie suelta en Die Soldaten, la ópera de Bernd Alois Zimmermann que Bieito estrena este miércoles en el Teatro Real. “Es el grito que lanza la pureza rota a toda la humanidad”. Un aullido con eco contra el martillo de la humillación sin auxilio, de la barbarie colectiva del siglo XX, que tampoco lleva buen rumbo, una vez traspasada la frontera de este XXI.

Obras como Die soldaten, lo ponen de manifiesto. Fue la única ópera que compuso Zimmermann, estrenada en 1965. Pero el experimento de ruptura con que fue creada, necesitaba claridad. Un cantarle las cuarenta a su padre, que jugó con la idea de concebir algo imposible de verse representado. El compositor presumía de ser el más viejo de los vanguardistas en su generación. Así se presentó en la ciudad alemana de Darmstadt cuando allí se fueron cociendo las pócimas de agitación para la nueva música poco después de que acabara la Segunda Guerra Mundial.

Superaba en años a Stockhausen, a Berio, a Nono, a Boulez... Había sido soldado en los frentes de Rusia y Francia. Terminó con plomo en los pulmones y en la sangre. Un plomo que se acentuó por la vergüenza de haber sido alistado obligatoriamente junto a los nazis con sólo 21 años. Conocía las garras del abismo. Para abarcarlo, Zimmermann necesitó destrozar las convenciones aristotélicas de la obra de arte: lugar, espacio tiempo. Debían renunciar a lo lineal y buscar una cronología simultánea. Por eso ideó esta ópera en la que las acciones conviven en una danza macabra que aúna el reloj y el territorio. Un reto para quien se atreviera a escenificarlo.

Pero Bieito lo aceptó, como antes lo habían hecho, entre otros, Harry Kupfer y hace poco Carlus Padrissa, de la Fura dels Baus, en Colonia. Y en esa clarividencia con que Bieito ilumina casi siempre el teatro desde sus abismos, en ese tiovivo donde reta con la búsqueda de una luz al salvajismo o cristaliza lo atávico a modo de aviso contra nuestros propios monstruos, encontró una puerta de salida.

Calixto Bieito, en el Teatro Real.
Calixto Bieito, en el Teatro Real. EL PAÍS

Decidió colocar a la orquesta -120 músicos, con secciones específicas de jazz y decenas de percusionistas detonando tambores como cañones- sobre el escenario. “Representa el ejército. Es parte de la dramaturgia”, afirma. Y así, esta prueba de Zimmermann no sólo queda superada, sino que se coloca como referencia para futuras visiones en la fecha que se cumple el centenario de un autor que terminó suicidándose a los 52 años.

Bieito se ha adentrado en ella con prudencia junto a Pablo Heras-Casado, el director musical: “No te puedes dejar arrastrar”. No sólo la ha abordado por Zimmermann, también lo ha hecho seducido por la admiración y el profundo conocimiento que tiene de la obra del romántico Jacob Lenz, autor de la obra en que se basa Die Soldaten. Araña el drama de esta muchacha sometida a las constantes humillaciones de un batallón. Burlada, denigrada a la categoría de simple objeto, de mera alcantarilla por la que fluye el desagüe de la frustración y el espejo de la muerte… Un ser atravesado por el hedor de los cuerpos derrengados, bestias sin conciencia, de los soldados, que aúlla su mal y se coloca en pleno presente, entre el eco de la manada: “Eso ha sido asqueroso, realmente asqueroso”, comenta Bieito. Poco más. Sabe que al verlo, su discurso multiplicará el efecto sobre un público que espera sensibilizado.

Su regreso al Real ha sido doble esta temporada. No había vuelto desde el Wozzeck (Alban Berg) que dirigió junto a Josep Pons hace 10 años. Es un reencuentro coherente. De hecho, Die Soldaten está considerada el Wozzeck de la segunda mitad del XX. Su visión de Carmen inauguró la presente temporada. Pero Bieito alterna el estreno de la obra de Zimmermann con Anatomía de la melancolía, de Robert Burton, que ensaya y estrena a la vez en Birmingham. “Una obra que trata sobre la angustia y el miedo a fallarles a otros”, confiesa.

La presencia del director español en escenarios de todo el mundo crece y reafirma en él una amplia identidad. “Siempre quise ser un director europeo. Y multiplico esta sensación sobre todo cuando viajo a Estados Unidos. Cada vez más. Creo en esta utopía como idea. Me siento un perfecto cruce de caminos entre el romanticismo, la cultura centroeuropea y el barroco español”, afirma.

Vive en Basilea: “Un lugar donde el aeropuerto tiene tres salidas distintas. La alemana, la francesa y la Suiza. ¿No es eso un maravilloso ejemplo de a lo que deberíamos aspirar?”. Allí respira el aire vecino a su casa del Rin y va atemperando su rabia nihilista con un creciente humanismo con raíces en el Renacimiento. “Eso si consideramos que el nihilismo no es un humanismo, que creo que lo es”.

Lee con fervor el pensamiento y la poesía de aquellas épocas. Pero lo hace en sus dispositivos electrónicos: “Se acabó eso de viajar con 40 libros a cada sitio donde me tocaba trabajar. Una maleta llena que me producía pinzamientos”. Serena la actividad con sus regresos a casa. Allí procura dormir para recuperar el sosiego perdido. “Necesito el descanso, sino me ronda la angustia. No soy médico, pero sí alguien responsable. Duermo mal. Tal ligeramente que recuerdo con precisión cada sueño”.

El déficit nutre su trabajo, pero a veces también su desazón. “Gozo de una buena vida, la aprecio y la disfruto, aunque a veces caiga en el pesimismo. Nunca pensé que llegaría tan lejos. Pero he cumplido esa meta que me propuse. Conservo una foto con Ingmar Bergman en la que yo todavía tenía pelo. Conocí y me acerqué a Strehler, a Peter Brook, a Wajda… Si hay algo que yo quería ser se resumía en eso: colocarme en su senda”.

Con un pie en Bilbao, ahora, donde lleva el proyecto del Teatro Arriaga. “Mi representante y mi mujer me dijeron que no debía. Demasiada carga de trabajo. Pero llegué, y ya sabes: las gildas en la barra de los bares. El txacoli…”. Una magnética e inesperada cercanía con el territorio de la infancia: Miranda de Ebro, desde donde de niño iban a menudo rumbo al norte en el Seat 850 de su padre. “Esa es mi patria, porque Rilke tenía razón, la patria es, sencillamente, el lugar en el que creciste”. La ciudad burgalesa donde pasó los primeros 15 años de su vida antes de trasladarse a Barcelona para, con el tiempo, reventar la escena teatral. El lugar donde felizmente no se ahogó en aquel río traicionero, sino del que salió para volar bien alto.

El regreso triunfal a Madrid

Madrid tenía desde hace tiempo ansia de Calixto Bieito. Lleva una década gloriosa en la que se ha convertido en uno de los grandes del teatro mundial sin aparecer apenas por la capital. Pudo recalar en el Real con Gerard Mortier, pero el proyecto que acariciaron juntos quedó interrumpido con la muerte del agitador belga. El mismo teatro le vuelve a abrir sus puertas –después de aquel controvertido Wozzeck de 2008- con varias citas. A las dos de este año seguirán El ángel de fuego, de Prokofiev y El gran macabro. Serán dos muestras de unos recientes éxitos en su carrera que incluyen el Tannhäuser de Wagner que ha hecho en Flandes, La Juive, en Múnich, Tosca en Oslo y el reciente montaje con La pasión según San Juan que ha ideado para el Arriaga de Bilbao. Después de Die Soldaten y de estrenar en el Reino Unido La anatomía de la melancolía, regresa a Zúrich para montar L’incoronazione di Poppea (Monteverdi), armado con la biografía de Paolo Fabri (editada por Turner) y ese maravilloso ensayo de Ramón Andrés sobre el Lamento della Ninfa (Acantilado) que va regalando por esos mundos. Esta es la más reciente agenda de un hombre que desde que saliera del teatro Romea en Barcelona, donde, “sin ser muy consciente”, dice ahora, rompió moldes que le llevaron a rodar por el mundo, su carrera no ha dejado de asombrar.