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Schubert contra Schubert

Bastaron los compases iniciales para constatar que íbamos a ser testigos de uno de esos conciertos llamados a perdurar en la memoria para siempre

El pianista Radu Lupu en un concierto en el Auditorium Manzoni de Bolonia en 2017.
El pianista Radu Lupu en un concierto en el Auditorium Manzoni de Bolonia en 2017. Iguana Press/Redferns

De entrada, parecía un dilema irresoluble. El azar había querido que el martes se celebraran en Madrid, prácticamente a la misma hora, dos de esos conciertos que ningún buen aficionado querría perderse. Ambos únicamente con música de Franz Schubert y nacida en gran parte el último año de su vida, 1828. En uno de ellos debió de bordearse la cancelación, porque el pianista que iba a acompañar en el Teatro de la Zarzuela al barítono Matthias Goerne en la interpretación de la colección póstuma de canciones Schwanengesang, Markus Hinterhäuser, hubo de ser sustituido in extremis por el magnífico Alexander Schmalcz. Además, Goerne concluía con este recital su residencia en el Centro Nacional de Difusión Musical durante esta temporada. ¿Y existe mejor final para casi cualquier cosa que sumergirse en los abismos de Der Doppelgänger?

En el Auditorio Nacional tocaba Radu Lupu, hospitalizado hasta hace un par de semanas, con la salud quebrada y muy envejecido a sus 72 años. Llegó hasta el piano arrastrando los pies más que andando y se sentó en su eterna silla con visibles síntomas de rigidez (luego supimos que también de dolor), apoyando su maltrecha espalda en el respaldo. Y empezó a tocar los seis Momentos musicales del compositor austríaco. Bastaron los ocho compases iniciales del primero ‒música sencilla, al alcance de un estudiante primerizo de piano‒ para que el dilema quedara atrás, para borrar cualquier asomo de duda sobre la decisión tomada y para constatar que íbamos a ser testigos de uno de esos conciertos llamados a perdurar en la memoria para siempre. Luego vuelve a mirarse la partitura, escrutando con atención esos ocho compases, el número prescrito por la ortodoxia clásica, para intentar comprender qué hizo Lupu para convertirlos en un milagro. Un unísono inicial, un compás en solitario de la mano derecha, una sucesión de acordes sobre un diseño ascendente en la mano izquierda, una indicación pianissimo, una modulación, un crescendo, un acento fugaz en una disonancia, la resolución final y vuelta a empezar. Lo que en otras manos suena corriente, ordinario, Lupu lo convirtió en trascendente, en extraordinario, en preludio de una interpretación como jamás habíamos oído ni, previsiblemente, volveremos a oír. Quizá ni siquiera él mismo vuelva a tocarlo nunca así.

Más allá de detalles técnicos (las infinitas gradaciones dinámicas, virtualmente inagotables, las modulaciones con una vida propia, la comprensión de las enarmonías, la presencia constante y certera de la mano izquierda, el empleo juicioso del pedal), la explicación radica más allá de las notas, en la idea que debe sustentar toda interpretación para lograr que la música cobre vida sonora como un todo coherente y unitario, como un continuum significante y sin cesuras (Lupu enlazó incluso con frecuencia el último acorde de una pieza con el primer compás de la siguiente). Y cuando esa idea se impone, dedos, teclas, cuerdas, macillos, pedales, acústica, da igual cuánto alarguemos la lista: todo es accesorio y, de hecho, parece no existir. Aun el tercer Momento musical, machaconamente banalizado por tantos pianistas, sonó transfigurado en la honda y melancólica recreación de Lupu.

Obras de Franz Schubert. Radu Lupu (piano). Auditorio Nacional, 8 de mayo.

En la Sonata D. 784 solo faltó la repetición de la exposición del primer movimiento para que todo volviera a ser perfecto, pero es disculpable, porque el rumano nos visitaba con las fuerzas justas y no podía permitirse dispendios (ya había omitido también la repetición en el quinto Momento musical). Da igual que fallara notas, especialmente en los vertiginosos arpegios ascendentes del Allegro vivace final, y de manera clamorosa en los últimos compases, en los que él mismo se vio al borde del precipicio. Nada pudo empañar de nuevo la magnificencia del sustancial edificio que, piedra a piedra, había ido levantando ante nosotros, sin un solo aspaviento. Y el prodigio volvió a repetirse en la Sonata D. 959, hermana en el tiempo del Schwanengesang que estaba sonando en ese momento en otra parte de Madrid. La coda del primer movimiento (de nuevo sin repetición de la exposición), la brutal contraposición de las tres secciones del Andantino, la vívida articulación del Scherzo y la férrea y precisa coherencia a lo largo de los 382 compases del exigentísimo rondó final volvieron a dejar al público conmocionado. Tampoco hubo rutina en sus aplausos y sus vítores, como delataban las caras de emoción de muchos. Y, ante un auditorio rendido ante su arte, Lupu no cayó en la trampa del absurdo carrusel de propinas. Tocó únicamente, de nuevo como un dios, el Impromptu en La bemol mayor de la segunda colección. De Schubert, por supuesto.

Rumanía ha visto nacer a algunos de los músicos más geniales del siglo XX: George Enescu (el más grande de todos, al decir de Yehudi Menuhin), Dinu Lipatti, Sergiu Celibidache y, por supuesto, Radu Lupu. Este bebió en su educación de las fuentes que nutrieron al propio Lipatti (Florica Musicescu) y a Sviatoslav Richter y Emil Gilels (Heinrich Neuhaus). Muchos recordaremos siempre este 8 de mayo, en el que Lupu pareció superior a todos, habitante de un olimpo inalcanzable para cualquier otro: logró elevarse tan alto que pareció “trascender lo material y penetrar en el pensamiento puro”, como escribió Hindemith de Bach. Dejando atrás cualesquiera limitaciones físicas, su espíritu pudo más que su cuerpo. Lupu contra Lupu.