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‘Wild Wild Country’, más salvaje que la ficción

Los hermanos Maclain y Chapman Way son los artífices del relato documental más demencial y fascinante de la temporada

Una escena de 'Wild Wild Country'. En vídeo: Tráiler de 'Wild Wild Country'.

A los hermanos Maclain y Chapman Way les llueven estos días muestras de felicitación y bendición. Después de entregar en 2014 su primer documental, The Battered Bastards of Baseball, el revuelo les llega con un segundo trabajo que, tras cuatro años de esfuerzos, uno de ellos de investigación, 300 horas de material de archivo y 110 horas de entrevistas filmadas, culmina con la historia de no ficción más alucinante y aturdidora de la temporada, Wild Wild Country (Netflix). “Concluido nuestro primer largo documental conocimos a una persona que tenía acceso a 300 horas de material audiovisual que supuestamente nadie había visto ni requerido. Un cofre de cintas al que se refería como la historia más bizarra ocurrida nunca en Oregón”, así introduce Chapman, desde Los Ángeles, el germen de un proyecto que, con el impulso del boca-oreja, se ha colado en los domicilios como la primera sensación televisiva de 2018.

Desarrollada a lo largo de seis capítulos de aproximadamente una hora de duración, Wild Wild Country destapa la historia de la secta de los Rajneeshees a su paso por Oregón. Un culto liderado por Bhagwan Shree Rajneesh (rebautizado luego como OSHO) que recaló en una zona despoblada de ese estado para materializar el sueño de construir una ciudad-utopía para todos sus fieles. Lo que se encontró, sin embargo, fue la oposición lacerante de sus vecinos locales y estatales que observaron la llegada de miles de feligreses con temor y recelo.

Esta serie documental producida por los hermanos Duplass, y subida al catálogo de Netflix el pasado 16 de marzo, se encuadra, tanto en la manera de narrar como en la estructura del suministro de información, en el subgénero del true crime; aunque no haya aquí ninguna investigación alrededor de la silueta difusa de un cuerpo asesinado sino un relato disparatado y perturbador, construido sobre la base de varios de los ingredientes más codiciados para el guionista de ficción (sectas, amor libre, bioterrorismo, batallas judiciales, FBI, armas, rancheros de la América profunda y un sinfín de piruetas impensables), llegando hasta el punto de presentar hechos e imágenes tan inverosímiles que la duda sobre su veracidad relampaguea en el raciocinio de quien observa.

Tráiler de la serie documental 'Wild Wild Country' | Televisión

“Nos interesaba realizar la típica historia de true crime a través de los elementos clásicos: quiénes son los inocentes, quiénes los culpables, cuáles son las pruebas. En los diez primeros minutos la audiencia ya sabe que está delante del mayor caso de bioterrorismo y fraude migratorio de la historia de los Estados Unidos. Presentamos los crímenes en el primer capítulo, y utilizamos las 4 o 5 horas que siguen para indagar debajo de las capas del asunto. Cuando trabajas en un formato documental largo no es tanto lo que estás contando al público como la información que estás reteniendo y cuáles son los tiempos más adecuados para soltarla”, añade Maclain al respecto.

Igual de loable que su encauzamiento en la narratividad del true crime, resultan los distintos pliegues dramáticos, empáticos y temáticos que amaga su visionado. Wild Wild Country retiene a sus personajes en una nube de ambigüedad moral que dificulta la localización de los buenos y los malos en la historia. “En EE UU, en los últimos años hemos experimentado una demonización sistemática del otro y encontramos muy interesante que a través de esta historia en la que no hay buenos ni malos, se pudiese inducir al espectador para que llevase a cabo un pensamiento crítico con el que posicionarse ante los temas que se ponen sobre la mesa. Aquí no hay atajos que valgan, sino que es el telespectador quien debe labrarse una opinión al respecto”, apunta Maclain.

Además, lo apuntillan escarbando en cuestiones peliagudas: el enfrentamiento entre identidades y creencias religiosas opuestas, la intolerancia hacia lo anormal o lo desconocido, la maquinaria estatal (a través de fiscales y jueces) empleada a rajatabla cuando el statu quo peligra, purgas internas en las esferas de poder. Espacios de reflexión que induce el visionado de esta docuserie cuando no golpea con uno de sus giros.

Tras las loas cosechadas, estos dos hermanos no se plantean dejar el terreno del documental y ya preparan desde esos confines su próximo asalto: “Estamos trabajando en dos series distintas. Creo que el formato documental largo se adapta muy bien a nuestras habilidades y la forma de narrar, y queremos seguir avanzando por ese camino”. Un avance que permanecerá bajo la atenta vigilancia de sus nuevos adeptos.

Demasiado raro para ser verdad

En Estados Unidos se utiliza la etiqueta stranger than fiction para definir aquellas obras de no ficción que por lo insólito que exponen resulta hasta difícil de imaginar en un relato ficticio. Los true crime dramas como The Jinx (2015), Making a Murderer (2015) o el podcast Serial (2014) confirmaron el boom reciente por estas historias rocambolescas e inverosímiles, trufadas de giros aturdidores. Una lista a la que también son afines los protagonistas de esta entrevista. “Nos encanta El impostor (2012), Exit Through the Gift Shop (2010) o Wormwood (2017), y todas estas historias que parecen demasiado extrañas para ser verdad, pero que a la vez aíslan la humanidad de los personajes de todo el componente bizarro que las rodea”, apostilla Chapman.

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