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TRIBUNA

Pitol, un monje de la literatura

Tanto con su obra personal como con la que tradujo, un fanático de la literatura tiene suficiente material para entender el complejo arte de las letras

Pitol, el día en que fue galardonado con el Cervantes, en 2006.
Pitol, el día en que fue galardonado con el Cervantes, en 2006. AP

Fue lo que se llama un monje de la literatura. Un modelo ya en extinción. Todo en él era un mundo de palabras. Construyó su propio templo. Y creó una literatura propia, que sirvió de guía para muchos escritores de nuestra lengua. Les señaló que no había límites. Que siempre se podía llegar a más. Como amigo era el más divertido hacedor de mundos propios. Cualquier situación era reinterpretada bajo sus propias normas de ficción. Teniéndolo de amigo y cómplice el mundo era un lugar con sentido.

Además de su misión como escritor, hay que recordar lo importante que fue durante una época su labor como traductor. No solamente con respecto a su excelencia práctica sino en la elección de autores. Tanto con su obra personal como con la que tradujo, un fanático de la literatura tiene suficiente material para entender el complejo arte de las letras. Su muerte no es una Muerte. Llegó como mensajero y aquí está su legado...