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Devórame otra vez

El MOMA exhibe las pinturas biomórficas de Tarsila do Amaral, acicate de la modernidad brasileña que inició el Manifesto Antropófago

'A Negra' (1923). Ampliar foto
'A Negra' (1923).

La primera artista latino­americana que cuenta con una retrospectiva en el MOMA es Tarsila do Amaral, y ella es también la octava de una corta lista de autores —tras Diego Rivera, Cândido Portinari, Roberto Matta, Álvarez Bravo, Armando Reverón, José Clemente Orozco y Torres García— que con esta faja geográfica han ido desfilando durante los últimos lustros por las salas del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Las pinacotecas son ágiles cuando se trata de ponerse al día y absorber las demandas sociales y culturales, pero la agilidad no es sinónimo de gracilidad. En Tarsila do Amaral: Inventing Modern Art in Brazil, la pintura que acabó definiendo la modernidad brasileña entra en las salas del museo sin la sutileza ni el equilibrio que merece.

Su obra exige una lectura comprometida en una época en que nos asaltan cuestiones sobre las fuerzas en juego en las cartografías globales

La obra de Tarsila do Amaral (São Paulo, 1886-1973) exige una lectura comprometida en una época en que constantemente nos asaltan cuestiones sobre las fuerzas que están en juego en las cartografías globales. Conceptos como "personalidad flexible" (Brian Holmes), "subjetividad antropofágica" (Suely Rolnik) o "modernidad líquida" (Zygmunt Bauman) —este último como efecto acrítico adecuado a la movilidad que solicita el capitalismo transnacional desde la caída del muro— son de una u otra forma deudoras del Manifesto Antropófago (1928), la referencia más conocida de O Grupo dos Cinco, del que forman parte Amaral y su marido, el poeta Oswald de Andrade, y que remite originariamente a los rituales tupinambués de muerte del enemigo, que podían durar meses, incluso años, y de los cuales el canibalismo era tan solo una etapa pero la más conocida, por el horror causado al colonizador europeo. La vanguardia brasileña encontró en aquellos indígenas de la Mata Atlántica la fórmula ética de la ineludible existencia del otro en uno mismo, y la hizo migrar al arte de su época, que debía emerger después de digerir las diferentes culturas (invasoras) del interior del país, en lugar de copiar sencillamente los estilos europeos. Esa “devoración crítica” e irreverente de una alteración múltiple y variable que proclama una desobediencia a cualquier regla establecida llegó a tener una deriva en otra corriente artística y musical asimismo fundamental en el Brasil de los sesenta y setenta, el Tropicalismo, si bien Hélio Oiticica, Gilberto Gil y Caetano Veloso la llevaron más lejos al postular una superantropofagia frente al colonialismo.

'Setting Sun' (1929). ampliar foto
'Setting Sun' (1929).

La retrospectiva que sobre Tarsila do Amaral propone el MOMA es tranquilizadora y sospechosamente parcial. Pone el foco en el paréntesis entre 1923 y 1933, la década posterior a sus años de aprendizaje en París, donde la pintora devoró críticamente las enseñanzas de la prestigiosa academia Julien y los círculos cubistas. Se muestran, claro, sus conocidos cuadros biomórficos de estética primitivista y naive, A Cuca (1924), Urutu (1928) Abaporu (1926) y Antropofagia (1929), así como la inquietante A Negra (1923), que representa a una trabajadora a la que Tarsila solía ver en las plantaciones de café que poseía su familia. El cuadro es impresionante en lo que tiene que ver con la dislocación de un ser humano expulsado de su continente de origen por una economía que la convierte en esclava: el pecho sobre el brazo (era habitual que las mujeres se colgaran una piedra del pezón para sí alargar la mama) está fuera de sitio y con él quiere dar de mamar al niño que posiblemente lleva atado a la espalda; sus labios están a punto de abrirse para gritar, pero no pueden.

'Urutu Viper' (1923). ampliar foto
'Urutu Viper' (1923).

A Negra amaga el cambio que tendría su obra a partir de 1933, año de Workers, un óleo que realiza tras sufrir la debacle económica de su familia, arrastrada por la Depresión de 1929. Tarsila abandona el colorido, la representación de figuras solitarias y toda utopía antropofágica, sustituyéndola por una figuración más próxima al realismo social del muralismo mexicano, que ya se había extendido por el continente americano. Pero esta es la otra Tarsila que el MOMA no considera. ¿Le importa a alguien? Desde luego no a un museo cuya trayectoria de los últimos años no deja de mostrar sus logros en el único lugar donde se ven, la mercantilización de lo exótico y el consumo. El pegadizo Devórame otra vez.

Tarsila do Amaral: Inventing Modern Art in Brazil. MOMA. Nueva York. Hasta el 3 de junio. Comisarios: Luis Pérez Oramas y Stéphanie D’Alessandro.