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DÍA MUNDIAL DEL TEATRO

La gata de Nuria Espert y la gotera sobre el escenario

Los jefes de sala son los encargados de que nada rompa la magia de una función. EL PAÍS reúne a seis veteranos profesionales para celebrar el Día Mundial del Teatro

Sentada, Gloria Navarro; detrás desde la izquierda, María Dolores Fernández, María Ángeles Estanislao, Myriam de Maeztu, Pilar Berigüete y Francisco Luis López, en el Teatro Español de Madrid.
Sentada, Gloria Navarro; detrás desde la izquierda, María Dolores Fernández, María Ángeles Estanislao, Myriam de Maeztu, Pilar Berigüete y Francisco Luis López, en el Teatro Español de Madrid.

Una de las primeras cosas que tuvo que hacer Gloria Navarro cuando empezó a trabajar en el Teatro de la Abadía de Madrid en 1996, que por entonces estaba recién inaugurado, fue aprender a tocar las campanas como un monaguillo. Su director, José Luis Gómez, quería conservar el aura del edificio (una antigua iglesia) dando un toque media hora antes de que empezara cada función, como se hacía cuando se llamaba a misa. “Era muy difícil, se me daba fatal al principio. Gómez me regañaba y subía al campanario para ensayar conmigo”, recuerda. También debía anunciar el comienzo de las representaciones haciendo sonar una campana de mano en el patio de butacas. El público habitual, conocedor del ritual, hacía mutis en cuanto la veía aparecer con el instrumento.

Dos décadas estuvo Navarro tocando esas campanas, hasta que se jubiló hace dos años. Era una de las mil labores que debía hacer como jefa de sala de la Abadía. Labores invisibles pero esenciales para atraer la magia del teatro: que no haya ruidos, que todos estén cómodos en el patio de butacas, que la temperatura sea agradable, que la función empiece a su hora… Que nada perturbe, en definitiva, la experiencia teatral. Parece fácil, pero se requieren altas dotes de organización, mucha paciencia (con el público, los directores, los actores, los invitados de los estrenos, los políticos, la prensa…), nervios de acero y, sobre todo, amor por el teatro. Su máxima es la misma que la de los artistas: el espectáculo debe continuar.

Con ocasión del Día Mundial del Teatro, que se celebra este martes, EL PAÍS reunió el jueves pasado en el Teatro Español de Madrid a seis veteranos jefes de sala de escenarios públicos madrileños para conocer los entresijos de su oficio, que en cierta manera son también los entresijos del teatro: Gloria Navarro (Abadía), Pilar Berigüete (Canal), María Dolores Fernández y María Ángeles Estanislao (Centro Dramático Nacional), Francisco Luis López (Teatro Real) y Myriam de Maeztu (Teatro Español). En su memoria acumulan más historia del teatro que un compendio académico.

¡Ay, los críticos!

No hay nada que estrese más a un jefe de sala de un teatro que una noche de estreno. Todos los espectadores son invitados: gente de la profesión, periodistas, políticos, gestores, productores, críticos. ¡Ay, los críticos! “Cada uno tiene su butaca asignada, siempre al lado del pasillo, y no les gusta nada que les cambien de sitio. Sobre todo los críticos de antes. Ahora es todo más informal”, explica Pilar Berigüete, que los ha conocido a todos en los últimos 30 años. Pero no solo deben estar pendientes de los críticos. A última hora, siempre surgen complicaciones. “Hay gente que ves que no viene y que te va a dejar un hueco horrible en una zona central. Y eso hay que evitarlo como sea, no hay nada más triste y que dé peor imagen que un patio de butacas con calvas en un estreno”, dice María Dolores Fernández. ¿Y cómo se evitan? “Vamos recolocando sobre la marcha. Pero hay que tener muchísimo cuidado, porque no puedes sentar a cualquiera al lado de un ministro, por ejemplo”, continúa.

Y luego están los estreneros: locos del teatro que intentan conseguir las entradas de los invitados que fallan a última hora. “Los conocemos a todos. Tienen todo tipo de técnicas, algunas un poco retorcidas. Por ejemplo, hay uno que siempre consigue sentarse en sitios buenísimos. Tenía curiosidad por saber cómo lo hacía, así que un día decidí espiarle. Resulta que llamaba por teléfono antes para reservar entradas a nombre de alguna persona que se sabe que siempre está en nuestras listas de invitados. Aquel día que yo le espiaba se presentó en la taquilla del teatro Valle-Inclán y pidió las entradas del dramaturgo Juan Mayorga. ‘Pero usted no es Juan Mayorga, ¿verdad?’, le solté. Se hizo el loco y se fue —relata entre risas Fernández—. Lo increíble es que a los pocos días me lo encontré en el María Guerrero sentado en una butaca mejor que la mía”.

Empezamos con un poco de historia del teatro español. En el verano de 2000, aprovechando las vacaciones, se acometían reformas en el patio de butacas del teatro María Guerrero de Madrid, sede del Centro Dramático Nacional (CDN). María Ángeles Estanislao, por entonces jefa de sala de la institución, se acercaba de vez en cuando a ver cómo avanzaban las obras. “Un día me apoyé en un palco y todo crujió. Se partió un trozo de madera y me entró un escalofrío: parecía carcoma. Llamé al técnico de plagas y su diagnóstico fue peor: ¡eran termitas!”, recuerda. Al día siguiente el edificio fue desalojado y, gracias al hallazgo de Estanislao, se descubrió también un defecto en su estructura que podía causar una tragedia. Cuando se reinauguró tres años después, tras una rehabilitación integral, el coliseo había recuperado su esplendor decimonónico y a la vez se había dotado con las más modernas tecnologías.

Se sufre y se disfruta mucho en el teatro. Los jefes de sala tanto o más que los artistas. En 1990, cuando Estanislao trabajaba en el antiguo teatro Olimpia de Madrid (hoy Valle-Inclán), ocurrió algo que casi le provocó un infarto: Nuria Espert representaba un soberbio monólogo, Maquillaje, cuando una gata se coló en el escenario. “La habíamos adoptado los trabajadores, vivía allí. La encerrábamos siempre antes de las funciones, pero ese día no la encontramos. Casi me desmayé cuando la vi plantarse allí en medio. En cambio, Espert ni se inmutó: la cogió, la acarició y la incorporó a la obra. ¡Impresionante!”, exclama.

María Dolores Fernández, sucesora de Estanislao en el CDN, quiso dimitir diez días después de conseguir el trabajo. “Un actor se puso malo y tuvimos que parar la función. El público empezó a patear y me vi morir: en ese momento yo era la máxima responsable de que aquello no se desmadrara, pero no sabía qué hacer, era una novata. Prometí renunciar al día siguiente”, relata. Pero no renunció: consiguió calmar a los espectadores, devolverles el dinero y que la sangre no llegara al río.

Eso fue hace 12 años y ahora esta licenciada en Sociología ya no concibe su vida sin el teatro. “Intento ver todas las obras en el ensayo general. Es importante para saber si hay escenas que no se ven desde alguna butaca, por ejemplo. Y también para poder resolver dudas de los espectadores”, afirma. ¿Qué hace si le piden su opinión sobre un espectáculo? “Si me gusta, lo digo. Si no, respondo que no la he visto”, confiesa.

Pilar Berigüete, jefa de sala de los Teatros del Canal, lleva casi 30 años en el oficio y asegura que todavía se pone nerviosa antes de cada representación: “Nos pasa como a los actores, el gusanillo no se quita jamás. Además, yo no puedo ver un espectáculo entero tranquila. Si veo a alguien mirando el teléfono, me pongo mala. Si oigo ruidos, me inquieto. Cualquier cosa me distrae: frío, calor...”.

Los jefes de sala posan en el Palco del Rey del Teatro Español de Madrid.
Los jefes de sala posan en el Palco del Rey del Teatro Español de Madrid.

También sufría mucho Gloria Navarro en la Abadía. “Recuerdo una vez que llovía mucho y se formó una gotera justo encima del escenario en medio de una función. No podíamos hacer nada, solo rezar para que el público no protestara”, explica.

Francisco Luis López trabaja en el Teatro Real desde que se reabrió en 1997. Entró como jefe de seguridad y hace 13 años amplió sus funciones como responsable también de sala. No recuerda un día más estresante en su vida que el día que Pavarotti anuló en el último minuto su participación en un homenaje a Alfredo Kraus. “Unos doscientos espectadores enfurecieron y empezaron a aporrear las puertas del patio de butacas. Fue tremendo”, cuenta.

Algo parecido ocurrió el pasado 8 de marzo, con menos violencia, cuando no se pudo representar Aida por la huelga del Día de la Mujer. Parte del personal técnico secundó el paro y solo se pudo ofrecer la obra en versión concierto. “El público lo comprendió pero estaba muy frustrado. Hay que entender que las entradas para espectáculos como estos se agotan con mucha antelación y solo podemos ofrecer la devolución del dinero, no hay posibilidad de conseguir butaca para otro día. Y eso es poco consuelo para alguien que quizá lleva meses con su entrada en el cajón”, aclara López.

Myriam de Maeztu, jefa de sala del Teatro Español desde 2005, se encuentra como pez en el agua en su puesto. El teatro siempre ha formado parte de su vida, pues es actriz y ha trabajado con compañías míticas como Tábano y Els Joglars, así que vive su trabajo con pasión. “A pesar de llevar años todo el día aquí metida, sigo sintiendo una profunda emoción cada vez que se apagan las luces del patio de butacas. No hay nada comparable a la magia del teatro”, proclama.