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Los objetos con los que Miró esculpió su leyenda

El Centro Botín lleva a Santander un centenar de piezas representativas de todas las etapas del artista

'Femme'(1981), de Joan Miró.
'Femme'(1981), de Joan Miró.

Huesos, cestos de arpilleras, botellas de vidrio, viejas tronas, un silbato, cajas de ensaimadas. Los restos de todo aquello que en algún momento formó parte de la vida de Joan Miró (Barcelona, 1893 - Palma, 1983) y luego habría de ser desterrado, se sitúa en la base sobre la que creó su fascinante obra escultórica, una forma de expresión artística y poética que definió su larga trayectoria de experimentación. A aquellos misterios consagra el Centro Botín de Santander la nueva exposición del espacio que sobrevuela la bahía de Santander: un conjunto de un centenar de obras producidas entre 1928 y 1982 y nunca antes reunidas que se podrán ver hasta el 2 de septiembre. Coproducida en colaboración con la Obra Social La Caixa, aspira a diseccionar el proceso creativo del artista al mostrar junto a las obras finales los materiales cotidianos que las inspiraron, los bocetos preparatorios y pruebas de los trabajos de fundición. El conjunto lo completan fotografías del artista y vídeos.

La parte científica viene avalada por la comisaria María José Salazar, una de las máximas expertas en Miró, y por Joan Punyet, nieto del artista y portavoz de la Successió Miró. El resultado es un inmenso bosque dividido en cinco miradores retrospectivos en los que se aprecia el afán permanentemente del creador por la experimentación.

Durante la presentación a la prensa en un día en el que el Cantábrico se mostró inclemente al otro lado de los grandes ventanales de la fundación, Punyet aportó algo de calidez al recordar a su abuelo como a un “padre maravilloso”. “Tuvo una hija, Dolors, mi madre, y cuatro nietos, dos de ellos fatalmente desaparecidos. En su vida había dos ámbitos separados por una línea endeble que a veces nos dejaba cruzar: la de la familia y la de su obra. Nunca paró de trabajar para encontrar un lenguaje universal que fuera la quintaesencia de la poética surrealista. Cada día, cuando salía a pasear, volvía cargado de tesoros que le servían para bucear en los sueños y descifrar para nuestra mirada las diferentes formas de comprender el arte”.

¿Y qué era lo que más sorprendía al niño de todo aquello con lo que el abuelo volvía a casa? “Los huesos y los esqueletos de animales muertos. Podían ser de perros, de cabras, de conejo… Todo le venía bien y todo ello lo colocaba y ordenaba luego en su estudio como parte de ensamblajes de obras futuras”.

'L'oeil attire les diamants' (1971), de Joan Miró. ampliar foto
'L'oeil attire les diamants' (1971), de Joan Miró.

“En el completo discurso que hemos podido armar, su vinculación a la tierra y a la naturaleza es una constante que recorre sus obras, por cierto tituladas todas en francés por él”, añadió Salazar, que ha dedicado el catálogo a Emili Miró, nieto mayor del artista. Con él, inició el proyecto de esta exposición hace años.

El relato arranca con La danseuse espagnole (1928), más una pintura o collage que una escultura, y termina en Personnage (1982), creada a partir de una servilleta que se llevó del restaurante barcelonés La Puñalada con 90 años ya cumplidos. Por el camino, aguardan hitos de su carrera como el grupo de bronces que inicia a finales de los 40 bajo el nombre de Femme, y que retoma periódicamente con insólitas mezclas de hueso, piedra y hierro; piezas monumentales, como Souvenir de la Tour Eiffel (1977), obra de tres metros de altura concebida con objetos ensamblados; o las esculturas pintadas de 1967. “Aconsejado por su entonces galerista, Pierre Matisse y antes por su amigo Giacometti”, recuerda Salazar, “se atrevió a llenar de color sus criaturas. Se expusieron en Nueva York y los coleccionistas se las quitaban de las manos”.

La mayor parte de lo expuesto es propiedad de la familia. Punyet Miró, su representante ayer en Santander, aseguró, con todo, que, en contra de lo que sucedió con la llegada del color a la obra de Miró, no se trata de renovar el interés del mercado por la escultura de su abuelo, sino de colocarla en el contexto de idóneo para apreciarla en su justa medida, gracias a una suma de piezas que considera “irrepetible”. “La cotización de la pintura de mi abuelo es muy superior a la escultura. Es otro mundo”, explica. “Nosotros queremos que difunda a fondo todo Miró. Este verano tendremos listo el catálogo de dibujos y el 1 de octubre el Grand Palais de París conmemora la antológica que le dedicaron en 1976. Será la mayor exposición que se le ha dedicado nunca a mi abuelo”, anuncia.

El capítulo de lo que queda de Miró por venir lo completa la puesta en marcha de la tercera fundación dedicada al artista. Estará en la masía familiar de Mont-roig (Tarragona), un lugar en el que se mostrará una selección de obras y en el que, a diferencia de Palma o Barcelona, no habrá exposiciones temporales. Las últimas noticias en torno al artista, al menos de momento, pasan por Madrid. Hablan de la creación de un eje Miró, que recorra la Castellana desde el Reina Sofía, museo al que la familia realizó una donación en 1985, la Fundación Mapfre, donde se exponen con carácter permanente 65 piezas del pinto, hasta el palacio de Exposiciones y Congresos, donde desde 1979 está uno de sus murales.