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Patinaje sobre fuego

Los autores han hecho algo sorprendente en el plano artístico arriesgado en el plano moral

No es que sea esencial ni mucho menos, pero esta crítica, por si hubiera lectores que aún no conozcan el hecho real al que se acerca la película, va a obviar el asombroso suceso que convirtió a Tonya Harding en una figura mediática y mundial, más allá de su anterior condición de figura del patinaje artístico, de evidente corto recorrido. Ese acontecimiento trágico es el que provoca la película y, sin embargo, los autores de Yo, Tonya, excelente biografía cinematográfica de la deportista estadounidense, han hecho algo sorprendente en el plano artístico, y felizmente arriesgado en el plano moral.

YO, TONYA

Dirección: Craig Gillespie.

Intérpretes: Margot Robbie, Sebastian Stam, Allison Janney, Julianne Nicholson.

Género: comedia. EE UU, 2017.

Duración: 121 minutos.

Primero, no basar su relato en aquel incidente; lograr que narrativamente mute en consecuencia de algo mucho más importante; ir de lo esencial a lo particular, del alimento para la combustión a la llama incendiaria. Segundo, transformar una tragedia en una comedia negra; o mejor, en una farsa, en una caricatura social que provoca la risa desvergonzada, que no siempre es realista pero que mantiene en todo momento una considerable cuota de credibilidad. Tercero, tener la valentía de convertir a una villana en una antiheroína. Y cuarto, asentar una aparente historia de odios y envidias, de venganzas y frustraciones, en algo mucho más interesante, en una reflexión sobre la lucha de clases en la sociedad contemporánea en general y en el deporte en particular.

Steven Rogers, en el guion, y Craig Gillespie, desde la dirección, hasta ahora lejos de una reputación intachable en libretos melifluos como Siempre queda el amor y Quédate a mi lado, y películas tan dispares como Lars y una chica de verdad y Noche de miedo, arriesgan con el tono y logran un triunfo de la creatividad. Lo hacen con sus entrevistas a cámara en formato de falso documental, acercándose así a los entresijos de la gloria y el poder desde el lado más idiota del sueño americano. Una esquina enmarcada en la risible y terrible figura de la madre, interpretada por la formidable Allison Janney. “Esto es América”.

Quizá la representación de la competición, mejorable en su aparataje digital y con la convencional compañía de la voz en off de un comentarista televisivo, no sea la parte más lograda de la película. Sin embargo, fuera de las pruebas deportivas, y con un material real que hubiese hecho salivar a los hermanos Coen de Fargo, Gillespie acompaña su puesta en escena y su montaje con estéticos efectos de sonido e imagen, canciones y congelados, que, sin llegar a ser maestros, están en la línea de las mejores películas de David O. Russell.

Tonya Harding, deportista de la estirpe de George Best y Dennis Rodman, de Jelena Dokic y Paul Gascoigne, fue una niña criada a tortas, reconvertida en esposa tratada a tortas, que nunca logró maquillar un origen social del que renegaba y del que estaba orgullosa. Y Margot Robbie, su mayúscula intérprete, lo resume en un plano frente al espejo que refleja esa imposible ambivalencia. Un momento deslumbrante de la lucha de una mujer consigo misma, y con las condiciones que la hundieron y, al tiempo, la hicieron mítica.