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Hace un millón... de ligas

Las grandes marcas de fábrica del estudio Aardman están ahí, hasta las huellas dactilares de los animadores sobre la piel de plastilina de los personajes

'Cavernícola'
Imagen de 'Cavernícola'.

CAVERNÍCOLA

Dirección: Nick Park.

Animación

Género: comedia. Reino Unido, 2018

Duración: 89 minutos.

Un volcán en erupción, dos dinosaurios en pleno combate y un pelotón de trogloditas enfrascados en dura batalla se unen en un mismo movimiento de cámara en el explosivo arranque de Cavernícola, tercer largometraje de Nick Park, uno de los puntales de Aardman, esa compañía que, junto al estudio Laika, sigue manteniendo viva la llama de la animación de modelos fotograma a fotograma, o stop motion, en plena era digital. La secuencia invita a recordar el legado de los dos grandes maestros estadounidenses en la especialidad: Willis O’Brien y Ray Harryhausen, que, en diferentes momentos de sus carreras, decidieron aplicar su sabiduría artesanal a la recreación de una imposibilidad, como la puesta en imágenes del origen. O el espejismo de una toma documental antediluviana. Bautizando a los dos dinosaurios como Ray y Harry en los créditos finales, Park hace explícita su deuda con el segundo. Casi tan explícita como su distancia con respecto a ese referente: la identidad de Park, creador de personajes tan emblemáticos como Wallace y Gromit, se apoya en la estilización cómica y explora las posibilidades de una modulación orgullosamente británica de un humor blanco sustentado en la paradoja naïf.

Si Evasión en la granja (2000) superponía la narrativa de una película de campo de prisioneros al entorno cotidiano de una granja avícola y si Wallace y Gromit: la maldición de las verduras (2005) contrapunteaba, con su celebración de la domesticidad y una criatura excéntrica, las convenciones de la monster movie, Cavernícola finta las expectativas al desviar su narrativa prehistórica para bromear no tanto sobre los orígenes del hombre, sino sobre los orígenes… del Manchester United. El fútbol como primera manifestación cultural de la humanidad sirve, así, de punto de partida para un relato que detallará el paso de la edad de piedra a la edad del bronce en términos de competición deportiva.

Las grandes marcas de fábrica del estudio Aardman están ahí: desde las huellas dactilares de los animadores preservadas en el resultado final, sobre la piel de plastilina de los personajes, hasta la excelente caracterización de los mismos, que aquí alcanza su pico en esa paloma mensajera, imitadora de voces, que proporciona algunos de los momentos de mayor eficacia cómica. El gran problema de Cavernícola está en su previsibilidad, motivada por su elección genérica: al ajustarse a la estructura canónica de toda comedia deportiva, la película pierde en capacidad de sorpresa y acaba resultando desafortunadamente mecánica.