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Una resurrección

El ballet 'La romería de los cornudos', representado en la Fundación Juan March, aúna lo popular y lo culto, lo religioso y lo profano, la realidad y la imaginación

Ensayo de 'La romería de los cornudos'.
Ensayo de 'La romería de los cornudos'.

Aún quedan muchas heridas por cerrar o, si quiere reformularse la misma metáfora con menos dramatismo, son todavía muchos los manantiales que dejaron de brotar abruptamente y que deberían volver a manar con normalidad. La clave la encontramos en la tercera página del, como siempre, extraordinario programa de mano que entrega la Fundación Juan March a los asistentes a esta importante recuperación de La romería de los cornudos: “Primera interpretación en tiempos modernos”. ¿Cómo es posible que una obra estrenada en 1930 (la suite de concierto) y 1933 (la versión para ballet) haya permanecido silenciada en nuestro país durante ocho largas décadas, más aún cuando tras su nacimiento se esconden creadores como Federico García Lorca, Gustavo Pittaluga, el artista plástico Alberto y Cipriano de Rivas Cherif? Parte de la respuesta, pero solo parte, se encuentra simbólicamente en los lugares en que murieron los dos últimos: Moscú y Ciudad de México. Pittaluga pasó también largos años de exilio en la capital mexicana (allí compondría la música de varias películas de Luis Buñuel, como Los olvidados y Viridiana) y Lorca murió infamemente asesinado a poco de comenzada la Guerra Civil, la losa que clausuró tantas y tantas fuentes de la moderna Edad de Plata de la cultura española. La vida del quinto motor creativo del ballet, Encarnación López, “La Argentinita”, responsable de la coreografía original, se apagó prematuramente en Nueva York, también exiliada, en 1945.

La romería de los cornudos

Gustavo Pittaluga. Miguel López (piano). Dir. artística y coreografía: Antonio Najarro. Dir. de escena: David Picazo. Fundación Juan March, 10 de enero. Hasta el 14 de enero.

El ballet aúna lo popular y lo culto, lo religioso y lo profano, la realidad y la imaginación, la tradición y la modernidad, y es esta unión de contrarios lo que buscaban específicamente sus autores, que crearon su proyecto siguiendo la estela ideológica de los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev e inspirados en la senda estilística marcada por Manuel de Falla en su gitanería El amor brujo y su ballet El sombrero de tres picos. Lo visto y oído en la Fundación Juan March tiene un aspecto admirable y otro debatible. El primero guarda relación con la perfecta trasposición de una obra concebida en su origen con orquesta y un gran cuadro de baile a una miniatura de salón interpretada únicamente por cinco bailarines, piano, guitarra y cantaora flamenca. Es una imposición de las modestas dimensiones del escenario, pero Antonio Najarro ha sabido hacer de la necesidad virtud y, con las telas de la escenografía de Alberto reproducidas a escala (las originales se encuentran en el Museo Reina Sofía) ejerciendo de engarce con el pasado, no se echan en falta más intérpretes ni mayores dispendios. Al igual que ha sucedido en obras anteriores que han pasado por este ciclo de teatro musical de cámara, el trasvase no solo no importuna, sino que ayuda casi a disfrutar mejor la obra: si las cosas se hacen con cabeza, el tamaño no importa.

Lo cuestionable de la propuesta de Najarro y el director de escena David Picazo es que han decidido aderezar La romería de los cornudos con diferentes insertos antes y durante el ballet original (el programa de mano apunta que también después, pero la Nana de Sevilla finalmente no se interpretó). Algunos añadidos (las canciones populares que recogiera y armonizara Federico García Lorca) tienen más sentido o razón de ser que otros (las músicas creadas ad hoc por Miguel López y José Luis Montón a partir de textos del poeta granadino), pero al final no puede evitarse la sensación de que todos estos aditamentos podrían haber formado a su vez un bloque y ofrecerse debidamente deslindados antes o después del ballet, a modo de prólogo o epílogo, pero no entremezclados con él. No ayudan a entender la acción, rechina a veces la confluencia de músicas tan distintas y la tersa partitura de Pittaluga, perdidos asimismo los enlaces armónicos entre los diversos números, queda desprovista de esa compacidad tan característica de los ballets de la época. La Danza final clausura también el espectáculo de forma brillante, no con esos compases tenues en pianissimo ideados a modo de coda por el compositor madrileño.

La interpretación propiamente dicha se decanta del lado de lo elogiable, con cinco bailarines entregados, entre los que destaca la joven Vanesa Vento, un prodigio de expresividad y comunicatividad. Najarro ha diseñado una coreografía moderna, pero que bebe del patrimonio y la herencia de sus maestros, lo que acaba por remitirnos a Encarnación y Pilar López, las dos primeras coreógrafas de la obra. La Danza de Chivato marca, quizás, el momento más conseguido de la representación y el que mejor encarna probablemente el espíritu que le insuflaron sus primeros creadores. Excelente y segura la cantaora María Mezcle (aunque la amplificación siempre incomoda en una sala tan pequeña) y dominador a la guitarra flamenca José Luis Montón. La música que se ejecuta en directo en los ballets no puede apartarse gran cosa del patrón marcado en los ensayos y Miguel López hizo de orquesta al piano (en la reducción original de Pittaluga) con plena atención a cuanto sucedía en el escenario, aunque su interpretación ganaría enteros si, cuando la coreografía (o la ausencia de ella) lo permite, volara con más libertad y se despojara de una cierta rigidez para que la música precisa, estilizada, de trazo fino y desprovista de alharacas de Pittaluga transmita todo su potencial expresivo.

El mejor modo de restañar viejas heridas y de que el agua vuelva a correr sin trabas es abrir las compuertas. De par en par. Y es justamente lo que acaba de hacer la Fundación Juan March, apurando todas las posibilidades a su alcance, con tino, inteligencia y el regalo añadido de una pequeña exposición a la entrada de la sala que contextualiza lo que va a verse. Los cadáveres culturales arrumbados forman también parte de la memoria histórica y hoy toca celebrar que uno más ha sido, por fin, desenterrado.