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el libro de la semana

Poesía que no se pierde en la traducción

La publicación de la lírica completa en un volumen que respeta el ritmo y el fraseo de Robert Frost pone fin a la casi nula presencia del autor en castellano

Robert Frost, en su casa de Vermont.
Robert Frost, en su casa de Vermont.

Poco después de la Poesía reunida de William Carlos Williams (Lumen) aparece el grueso volumen de la Poesía completa de Robert Frost (1874-1963). Compatriotas, coetáneos y del todo opuestos: el primero encarnó la vanguardia bajo este lema escrito en el prólogo a Kora en el infierno (1918): “Escribiré lo que me venga en gana cuando me venga en gana y será bueno si está allí el espíritu del cambio”.

Frost, por su parte, no abandonó nunca su vocación formalmente clásica, atenta a los casi intemporales acontecimientos que marcan la vida rural. “Poeta granjero” fue el rótulo que se le aplicó con frecuencia, y con el que alcanzaría una inusitada popularidad: mírenlo en YouTube en 1961, a sus 87 años, en la toma de posesión de John F. Kennedy, inaugurando la tradición del bardo que saluda en verso al nuevo presidente (puede leerse en la página 653 de esta edición).

Frost fue, en verdad, un poeta enorme, capaz de una extraordinaria sutileza en la plasmación de lo decisivo a través de los detalles. A pesar de que alguien lo definió como “un poeta tan estadounidense como la tarta de manzana”, no parece casual que fuera en Inglaterra, país reacio a la vanguardia, donde alcanzara su reconocimiento inaugural: su primer libro, La voluntad de un joven, se publicó en Londres en 1913 —el autor estaba a punto de cumplir 40 años—, y varios de los mejores lectores de su obra fueron británicos: Cecil Day-Lewis (quien elogió “el sereno ímpetu de la emoción” en sus versos), W. H. Auden (“Frost hace que el modo más sencillo de hablar exprese la mayor variedad posible de emociones y experiencias”) y el mejor discípulo de este, el ruso anglófilo Joseph Brodsky.

Poesía que no se pierde en la traducción

En Del dolor y la pena, Brodsky hace una lectura minuciosa de un poema genial, ‘Entierro en el hogar’, de Al norte de Boston (1914), el segundo libro de Front y el que lo haría célebre en Estados Unidos. Escrito en pentámetro clásico, como buena parte de su obra, el poema describe el diálogo de un joven matrimonio acerca de los sentimientos de cada uno frente a la muerte reciente de su pequeño hijo: ella desde lo alto de la escalera (desde donde, a través de la ventana, se ve la tumba en el panteón familiar, junto a la casa) y él abajo. Brodsky estudia la minuciosa y sorda coreografía, el diálogo tenso que marca el ritmo del verso, la exacta gradación de los matices. Frost fue un maestro en esta clase de poemas más o menos extensos, hechos de diálogos que parecen llevar a la dicción contemporánea la raíz virgiliana de las conversaciones pastoriles.

Esa forma clásica contiene la expresión de una expectativa dedicada casi exclusivamente a la comunicación entre hombre y paisaje; como señala Andrés Catalán en el prólogo: “Frost no procede de Whitman, sino directamente de Emerson”, el maestro y mentor de este. Esta singularidad fue advertida también por Harold Bloom, quien señala a Frost como “el rival —y opuesto— de Wallace Stevens en el puesto del mayor poeta estadounidense del siglo XX”. Los poemas breves de Frost, plenos de ese “sentido de la naturaleza” que el ruso Isaak Bábel echaba en falta en la literatura moderna, alcanzan una intensidad singular. Por ejemplo, en una de sus páginas más famosas, “Al pararme junto al bosque una noche de nieve”, poema de 16 versos que describe un paseo, en este caso a caballo, y un alto en el camino para observar la finca de un amigo ausente. El poema termina con dos versos idénticos: “y mucho andar antes de dormir, / y mucho andar antes de dormir”, en el que jinete y caballo parecen repetir el mismo pensamiento.

Por otra parte, a Frost se debe la famosa afirmación de que “poesía es eso que se pierde en la traducción”; aserto que (además de dar título a una famosa película de principios del siglo XXI) constituye toda una poética formalista: un poema no puede separarse de sus acentos, ritmos, colores vocálicos, rimas y fraseos sin perderlo casi todo. A ese desafío se enfrenta Andrés Catalán; y no en un título aislado o una selección, sino en un volumen que abarca toda la poesía del autor. Se quiere así remunerar de una vez la casi nula presencia de Frost en castellano, con excepción de unos pocos poemas vertidos por J. M. Valverde en los años sesenta (en Papeles de Son Armadans) y de una buena —aunque breve— antología al cuidado de Enrique Luis Revol, publicada en Buenos Aires en 1979.

El trabajo de Catalán es admirable: sus versiones son esmeradas y sostenidas, y el lector tiene la impresión de que nunca se traduce mecánicamente, sino a partir de la comprensión del sentido completo de la obra de Frost y de cada poema en particular. El verso traducido no reemplaza al poema original, que el lector puede seguir (en esta edición) a pie de página, sino que sirve de apoyo para su mejor comprensión y para —aclarada la literalidad de cada palabra—abrir el ojo y el oído a los matices del sonido. Un prólogo abarcador y bien documentado, y unas notas precisas que benefician la lectura, completan un volumen altamente recomendable.

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