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sillón de orejas

Cocinando (perdices y gatas)

Desde al menos el siglo IV, casi todos leemos en silencio. En mi caso, con una excepción: la poesía que me gusta

Gargantúa, dibujado por Gustavo Doré.
Gargantúa, dibujado por Gustavo Doré. getty

1. Recetas

Continúa enredándose el irrisorio —y peligroso— juego de tronos nacional (y, todavía, autonómico): como toda serie que se prolonga demasiado, obligando a los guionistas a inflar la historia con absurdas maturrangas, la película del momento político me aburre y exaspera aún más que las basadas en la saga Canción de fuego y hielo, de George R. R. Martin, cuyos cinco volúmenes publicados (¡de una probable heptalogía!) han convertido a su autor en uno de los escritores más ricos de este milenio. Pero, por referirme a ciertos efectos colaterales de nuestro juego, conozco a muchos que, hastiados del increíble circo protagonizado por la parte más evidente de la “clase política”, se están negando a seguir, en las más bien escorzadas y ambarinas La Sexta o TV3, las estupefacientes partidas cruzadas entre el pandorga de Moncloa y el martagón del Palau de la Generalitat. Y es que hay que aprender a seleccionar los canales de información, algo siempre saludable con tal de no caer en la tentación de escuchar a Jiménez Losantos, quien, si de él dependiera, arrojaría al trullo a medio Principat, a casi todo el PP (a Rajoy le reservaría el tormento del potro) y al resto del arco parlamentario (con algunas excepciones naranjas), y clausuraría de un plumazo los que llama “medios golpistas” (casi todos menos el suyo y los de sus correligionarios). Lo cierto es que, para general tortura, ambos presidentes (electos: tenemos la culpa) siguen empeñados en marear la perdiz (el primero) o emprenyar la gata (el segundo), mientras los sufridos ciudadanos tratan de controlar su exacerbada tensión arterial y se preguntan si, en la eventualidad de cometer una locura irreparable (tengo un par en mente) y sin vuelta atrás, podrían disfrutar del beneficio de la duda (como Puigdemont) y ser interpelados sobre si, realmente, la cometieron o no, antes de pasar a mayores. Mientras tanto, nos queda la comida, como decía aquel reaccionario bon vivant que fue Xavier Domingo. Mucha gente ya lo ha comprendido: por eso los programas de chefs famosos o en camino de serlo gozan de más audiencia que el histriónico conductor de Al rojo vivo en días calientes. Y también lo comprenden los editores, que en estas fechas prenavideñas sirven humeantes libros de recetas en las ahítas mesas de novedades. Entre todos los que me llegan (y cuyas fotos me hacen salivar más que al insaciable Pantagruel o al gallardo Junqueras ante un caldero de escudella i carn d’olla), selecciono el Nuevo arte de la cocina española, compuesto a mediados del XVIII por el fraile aragonés Juan Altamiras, y ahora adaptado y editado por la premiada hispanista Vicky Hayward. El libro, austero y a dos colores, recoge un sustancioso y muy asequible conjunto de recetas contextualizadas y extraídas por su autor “de la escuela de la experiencia económica”, que es la de los cenobios. Un libro para que los gourmets hartos de tanta superchería gastronómica y minimalista gocen disfrutando, por ejemplo, de un pollo relleno de carne especiada, que, como diría el Coronel Sanders, está liking finger’s good. Y lo sé porque en mi casa lo hicimos ayer para comer.

2. En alta voz

Uno de los tres o cuatro momentos estelares en la larguísima historia de la lectura tuvo lugar el día en que el estupefacto Agustín de Hipona sorprendió a su maestro, san Ambrosio, leyendo un códice sin mover los labios, es decir, tacite, en silencio: “Sus ojos se deslizaban por las páginas y su corazón se armonizaba con su entendimiento, pero la voz y la lengua callaban” (Confesiones, VI, 3). Desde al menos el siglo IV, casi todos —salvo los neolectores— leemos en silencio. En mi caso, con una excepción: la poesía que me gusta. En nuestro país (insisto: por ahora) se editaron el año pasado 927 libros de “poesía y teatro” (¿por qué juntos y revueltos?), pero, en teoría, habría unos 13.000 disponibles, es decir, “vivos” y coleando en las librerías. Y eso sin contar la notable cantidad de ediciones más o menos privadas o no venales, en plaquettes, pliegos y otros formatos, que ni el Gremio de Editores, ni la Agencia ISBN, ni ninguna de las numerosas bases de datos (¿por qué no se pondrán de acuerdo?) están en condiciones de contabilizar. De modo que hay poesía para dar y tomar, incluyendo la contenida en la encomiable colección Poesía Portátil que acaba de publicar Penguin Random House, y cuyos primeros cuatro títulos (¡a 4,90 eurillos cada!) incluyen poemas de Baudelaire, Dickinson, Lorca y Wilde. En todo caso, la semana pasada dediqué bastantes horas a leer (en voz alta) varios libros de poesía que tenía en espera junto a mi sillón de orejas. Hubo algunos que leí de cabo a rabo, como el casi perfecto Asimetría, de Adam Zagajewski (Acantilado; traducción de Xavier Farré), o el estupendo doble poemario La negación de la luz (otra vez Acantilado), de Juan Antonio Masoliver Ródenas. Otros los hojeé y, como lo que leí me interesó, los volví a dejar en lista de espera para más tranquila ocasión, como Conquistador, de Archibald MacLeish (Visor, traducción de Francisco Alexander); las Historias, de Juan Ramón Jiménez (Vandalia), o Elsinore, Scholia, Necrofilia (Reino de Cordelia), que recoge los primeros (y en su momento escandalosa y saludablemente decadentes) libros de Luis Alberto de Cuenca. Incluso tuve tiempo de echarle un vistazo a Humor, amor y filosofía, una antología del olvidado (y no hay que lamentarlo demasiado) Campoamor que acaba de publicar Renacimiento en su estupenda colección de poesía (casi 100 títulos ya), y en la que he hallado este cuarteto que refleja muy bien mi estado de ánimo ante nuestro irrisorio Zeitgeist: “Por más contento que esté / una pena en mí se esconde / que la siento no sé dónde / y nace no sé de qué”.