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Malignidad

La prosa de Evelio Rosero desiste en 'Toño Ciruelo' de ser precisa y tampoco se realza por la atmósfera funesta que parece reclamar su tema, el mal predestinado

El escritor Evelio Rosero, en Lima en agosto de 2006.
El escritor Evelio Rosero, en Lima en agosto de 2006.

No es fácil, a no ser que se conceda a esta novela un crédito inmerecido, transitar por las páginas de Toño Ciruelo sin sentirse aturdido por una prolijidad indefinida, casi abstracta, no diligente con sus recursos, que no se aviene a concretar el marco espacial y se desliga de la atención del lector. Un caso bien extraño. Aquí la prosa de Evelio Rosero (Bogotá, 1958) desiste de ser precisa y tampoco se realza por la atmósfera funesta o execrable que parece reclamar su tema, que no es otro que el mal predestinado, no como infortunio, sino a la manera de quien se regocija felizmente en la vileza. La ausencia de trama y de nexos entre las historias, que son numerosas, impide seguir, con alguna orientación, la cháchara del narrador, Eri Salgado, amigo de adolescencia y correrías de juventud de Toño Ciruelo, quien se le aparece en su casa, inopinadamente, tras 20 años de no saber nada de él. La atracción y la repulsión que siente por su viejo amigo lo lleva a convertirlo en personaje de la novela que quiere escribir, sin equiparla con un argumento que la sostenga, más allá de la cronología de algunos recuerdos de colegio y viajes presuntamente chistosos y lúbricos.

A Toño Ciruelo se le imputa un trastorno que desborda la novela hasta hacer de ella un espejo del caos

Tal vez se trate de vacilación moral. El narrador fluctúa entre la fascinación y el oprobio hasta preguntarse, en las páginas centrales, “¿por qué seguía con Toño Ciruelo y brindaba con él, con el demonio?, ¿era a causa de mi curiosidad de escritor, o era simplemente yo?”. Queda, pues, la suspicacia de adjudicar al narrador las atrocidades que él atribuye a su personaje, pero el carácter presuntamente testimonial echa por tierra esta conjetura. De modo que la lectura no consigue anclarse en los sinuosos párrafos que afirman la bajeza de Toño Ciruelo al tiempo que se desdicen, en una chocante confusión de atracción y repugnancia a la que el narrador se ve sometido por un tema que lo excede. Y aquí acaso estriba el desplante que arrastra la novela. Toño Ciruelo es para Eri Salgado buena materia literaria, pero la altura de sus destrezas para describirlo no alcanza a configurar su espesor. Se trata, sin embargo, de un asesino en serie, si bien con rasgos de taumaturgia indígena (aunque viene de una familia ilustre: su padre es senador) capaz de sugerir al cronista que podría carbonizar una mosca con un “golpe de pensamiento”. A Toño Ciruelo se le imputa un trastorno que desborda la novela hasta hacer de ella un espejo del caos. Y esta es la percepción más duradera que, no obstante, se verá también defraudada por la inclusión, al final de la novela, de un cuaderno escrito por Toño Ciruelo que se propone como alegato personal, la ausencia de culpa del criminal, reflexiones dolientes, exacerbadas de fatalismo nihilista (“Mi amor sería matarme con mis manos”) y 60 hojas de insultos que por fortuna no se reproducen. Nada que contribuya a desentrañar la malignidad del personaje.

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