Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
ida y vuelta

Defender la cordura

No soy equidistante. No es equidistancia reclamar que las calles sean de todos. No lo es advertir de que todos perdemos con este gran desgarro

Manifestación contra el referéndum catalán el pasado sábado en Barcelona.
Manifestación contra el referéndum catalán el pasado sábado en Barcelona. GETTY

Nunca hemos vivido días así. Tenemos miedo a mirar las noticias en el teléfono móvil y abrimos con alarma el correo electrónico. Ponemos la radio con urgencia y con aprensión, con la certeza de que vamos a recibir un sobresalto. Leemos artículos y escuchamos voces buscando información, o algo de tranquilidad, o respiro, o esperanza, y rara vez encontramos algo que no sea desolador, o alarmante, o fatigoso de tan repetido. Desde los tiempos de nuestra juventud no ha sido tan incierto el futuro inmediato. Nuestros hijos viven ahora en primera persona incertidumbres semejantes a las que nosotros les hemos contado: cuando nuestra vida entera dependía de lo que pasara o no pasara al día siguiente, esa misma noche, al cabo de unas horas.

Vamos por una ciudad alemana soleada y festiva en la mañana del domingo 1 de octubre y sacamos a cada momento el teléfono del bolsillo, aquejados por una especie de enfermedad secreta que a nuestro alrededor nadie comparte, que a nadie le importa. Las desgracias de otros son imágenes rápidas y truculentas que se repiten en bucle en los canales internacionales de noticias. Nos da miedo mirar las pantallas en los lugares públicos, en los mostradores silenciosos del aeropuerto. Como en los peores días de la amenaza golpista, o la del terrorismo, nos sabemos a merced de fuerzas virulentas y sin ningún escrúpulo que aspiran a la irrupción de lo peor, a la espoleta de lo irreparable y de lo irreversible. Estamos a merced de la estupidez, del fanatismo, de la ceguera, del desbordamiento del odio, de las consecuencias imprevisibles y casi siempre desastrosas de la frivolidad, la tontería, del fervor de las ebriedades colectivas. Un puro golpe de azar, alguien que pierda el control, un accidente, puede desatar el incendio en un ambiente que se parece a lo que los químicos llaman, sin metáfora alguna, una atmósfera explosiva. Lo más grave no son las palabras, ni las grandes visiones panorámicas de multitudes con banderas, el espectáculo siempre alentador y gratuito de los sueños, o los delirios. Lo grave es siempre el daño a las personas concretas, a los más frágiles, a los que están solos o en minoría, los que no tienen la culpa de nada. Lo más grave es cuando la ideología se convierte en pretexto para la agresión contra el que no puede defenderse. Lo concreto es lo único real. Las cosas no suceden: le suceden a alguien. No es lícito apalear a una persona indefensa. Es una crueldad inmunda señalar a un niño en una escuela enfrente de sus compañeros porque su padre es guardia civil. No se puede acosar a un futbolista y pedir su expulsión y llamarlo extranjero con una xenofobia cobarde y simétrica a los que gritan insultos idénticos desde el otro lado, esgrimiendo banderas en apariencia hostiles entre sí pero idénticas en su utilidad como armas arrojadizas.

Aquí solo ganan los pescadores en río revuelto, los corruptos que se mimetizan en el barullo de las banderas,

Hay que parar. Es urgente una tregua. A cualquier precio hay que recobrar la cordura, o al menos dejar en suspenso tanta vehemencia. No conozco a nadie razonable que no tenga miedo estos días, que no sienta vértigo, abatimiento, amargura. Solo a los exaltados les complace esta escalada que no sabemos en qué concluirá si seguimos así, pero que ya está dando sus resultados desastrosos. Las personas a las que conozco y con las que hablo estos días tienen ideas y aspiraciones muy distintas, y a veces en apariencia irreconciliables, pero están unidas, estamos, por este común abatimiento que ya no es solo político, porque invade hasta lo más recóndito de nuestras vidas privadas. Era desolador ver a la gente que aclamaba a los policías y guardias civiles que iban a viajar a Cataluña al grito bárbaro de “¡A por ellos!”. Da miedo esa consigna gritada ahora en Cataluña, “Las calles siempre serán nuestras”. Provoca el mismo escalofrío que aquel exabrupto de Manuel Fraga cuando era ministro de Gobernación: “La calle es mía”.

No soy equidistante. No es equidistancia reclamar que las calles sean de todos. No lo es darse cuenta y advertir de que todos vamos a salir perdiendo con este gran desgarro. Ya estamos perdiendo. Ya está cayendo el valor de los ahorros en los bancos más sometidos a la incertidumbre. Ya se han abierto heridas y se han agrandado sin necesidad zonas de fractura que ahora son abismos y que habrían podido aliviarse con un poco de buen sentido y buena voluntad. Aquí solo ganan los pescadores en río revuelto, los corruptos que se mimetizan en el barullo de las banderas, los partidarios de sustituir el sistema democrático por tiranías populistas, de ahogar las libertades personales en el pantano de las unanimidades colectivas, los alentadores de una vana intransigencia española que a estas alturas, aparte de dañina, es ridícula, aunque acabe dando algunos votos.

Pero nada de esto es importante ahora mismo. Ahora lo urgente, lo imprescindible, no es pertrecharse cada uno en sus convicciones, por muy de sentido común que le parezcan, por muy cargado de razón que se crea. A estas alturas lo más probable en esta confusión es que solo escuchemos ecos de nuestras propias voces que nos confirmen inútilmente lo que ya pensábamos. Lo urgente es establecer, improvisar, un espacio de concordia, por precario que sea, empezando por el logro mínimo de esforzarse uno mismo en no decir nada o hacer nada que pueda agravar el encono. Si algo hay de sobra son incendiarios voluntariosos. Salvo los más cerriles o los más iluminados, todos sabemos, cada uno en el grado distinto y legítimo de sus diferencias, que aquí no va a haber una victoria que no sea una derrota común. Pueden cambiarse las leyes políticas, pero no la ley de la gravedad. Puede cambiar el trazado de las fronteras, pero no la geografía. Estamos tan cerca y estamos tan mezclados desde hace tanto tiempo que hasta con la separación más belicosa no dejaremos de estar juntos, de hacer negocios, de comprar y vender cosas, de tener amigos, socios, lazos familiares. De modo que en algún momento, los que mandan, los que nos han arrastrado hasta aquí, tendrán que sentarse y tendrán que alcanzar acuerdos. Los alemanes y los franceses lo hicieron después de más de un siglo de guerras cada vez más espantosas y así dieron origen a la Unión Europea que ahora nos ampara a todos. Alfredo Pérez Rubalcaba publicó hace unos días en estas páginas un artículo lleno de sensatez y claridad que es también una propuesta práctica de concordia. Lo peor solo es inevitable cuando ya ha sucedido. Y que nadie se engañe: lo peor para los unos no traerá lo mejor para los otros. Hay veces que una calamidad común vuelve irrisorias las diferencias al principio menores que la desataron. Después de cada desastre y cada horror de la historia, las partes implicadas no tienen más remedio que sentarse sombríamente a negociar. No entiendo cómo puede no ser preferible hacerlo antes de que el desastre suceda.