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ida y vuelta

Un espíritu libre

Simon Leys no se arredró, a pesar de que Sartre y tantos otros se apresuraron a degradarlo a una infame condición anticomunista y perruna

El escritor Simon Leys, en su casa de Canberra en 1998.
El escritor Simon Leys, en su casa de Canberra en 1998.

Gente joven y editoriales nuevas me descubren nombres necesarios que de otro modo no habría conocido, y me ayudan a corregir algunas de las tonterías y las mentiras que di por verdades en mi juventud, y a ver cosas que hubiera debido ver hace tiempo. Cuando tenía 20 y 30 años me habría venido muy bien leer a Simon Leys, que fue uno de los espíritus de verdad libres del siglo pasado, de la estirpe de Orwell, de Camus, de Cioran, de Czeslaw Milosz, un raro que combinó lo más erudito de la filología clásica china con el amor por la navegación en velero y la heterodoxia política con la novela. Belga de nacimiento, escribió en un francés espléndido, pero emigró a Australia después de vivir varios años en Hong Kong y se convirtió también en un excelente escritor en inglés. En 1971 publicó un libro que a mí y a muchos otros nos habría sido muy útil leer en aquellos años, El traje nuevo del presidente Mao. Lo más triste no es pensar que nuestras penurias culturales de entonces hicieran inviable su publicación inmediata en español. Lo triste de verdad es saber, con una lucidez inútil por retrospectiva, que si el libro hubiera llegado a nuestras manos, si hubiéramos sabido de su existencia, nos habríamos negado a leerlo, aunque no de condenar su perfidia y de descalificar a su autor como un reaccionario, quizás un agente del imperialismo.

Ahora puede parecer inverosímil el prestigio casi universal que disfrutaba en la izquierda la figura de Mao Zedong. Antes incluso de la muerte de Franco, no había escaparate de librería española en el que no se desplegara la edición que publicó Anagrama de las Cuatro tesis filosóficas, de Mao. También se veía muy destacado un volumen de Siglo XXI sobre la Gran Revolución Cultural Proletaria China, tan laudatorio como un panfleto oficial. En 1974, en Madrid, con 18 años de fervor ideológico adolescente, yo leía un libro de pura propaganda firmado nada menos que por Baltasar Porcel, futuro cortesano de Jordi Pujol, y titulado China, una revolución en pie. Los poemas de Mao y el Libro Rojo circulaban en ediciones legales, y había quien los citaba con reverencia. Simon Leys dice que leer prosa doctrinal comunista es como comer salchichas de rinoceronte, o masticar serrín. Pero nuestros paladares de entonces se sometían a aquel rancho mental y verbal con una perseverancia que más nos habría valido dedicar a otros aprendizajes.

Quizás nosotros teníamos la disculpa parcial de nuestra ignorancia y nuestro aislamiento. China quedaba muy lejos, y el comunismo se beneficiaba del prestigio ganado con toda justicia por los comunistas españoles en la resistencia contra Franco. Pero en los países cercanos que nos daban tanta envidia, Francia e Italia sobre todo, democracias plenas en las que no había límites para el flujo de la información, ni debería haberlos para el espíritu crítico y el debate de las ideas, algunos de los intelectuales más preclaros, los más críticos con los poderes establecidos en sus países, idolatraban a Mao Zedong y celebraban su Revolución Cultural como el logro definitivo del paraíso en la tierra, una revuelta juvenil y popular contra la burocracia y contra toda forma de dominación, una especie de interminable fiesta creativa desplegándose bajo la sonrisa benévola del Gran Timonel. Jean-Luc Godard, Jean-Paul Sartre, Julia Kristeva, Roland Barthes, los semiólogos exquisitos de la revista Tel Quel, los editorialistas de Le Nouvel Observateur y Le Monde: todos eran maoístas. El tono intelectual de la época lo resumió Sartre con la sutileza propia de un pensador: “Todo anticomunista es un perro”.

La cultura española del antifranquismo y de los primeros años de la democracia era muy refractaria a cualquier visión crítica de los sistemas comunistas

En un ambiente así, la publicación de El traje nuevo del presidente Mao fue un escándalo. La agresividad extrema que cayó sobre él fue una sorpresa para Simon Leys, si bien no llegó a arredrarse, ni a preocuparse siquiera, a pesar de que Sartre y tantos otros se apresuraran a degradarlo a una infame condición anticomunista y perruna. A diferencia de casi todos ellos, Leys conocía con detalle la actualidad china, y la historia del país, y el idioma, y leía a diario en Hong Kong los periódicos y los libros que llegaban de China, y hablaba con desterrados y fugitivos, y había visto los cadáveres de fusilados, con las manos atadas a la espalda, que bajaban a centenares por el río Amarillo y aparecían en las playas de Hong Kong.

La Revolución Cultural, explicaba Leys, no había sido una efervescencia de rebeldía popular y libertad, sino una calamidad desatada por Mao con el propósito de librarse del círculo de los antiguos leales que lo habían apartado del poder efectivo. El padre de los pueblos del mundo era un déspota tan lleno de soberbia como indiferente a la realidad y al sufrimiento: su éxito más celebrado, la campaña del Gran Salto Adelante, entre 1958 y 1962, dedicada insensatamente a imponer la colectivización total de la agricultura y la industrialización acelerada, había concluido con la ruina del país y con una mortandad, por hambre y por violencia, que nunca ha podido determinarse con exactitud, pero que rondó los 45 millones de personas.

Una primera traducción de El traje nuevo del presidente Mao la publicó Tusquets en 1976. Yo no llegué a enterarme. La cultura española del antifranquismo y de los primeros años de la democracia era muy refractaria a cualquier visión crítica de los sistemas comunistas, y por consiguiente muy mezquinamente hostil a los testimonios de sus víctimas. Algo menos tontainas habríamos sido con solo un poco más de libertad de espíritu, y de generosidad humana.

Simon Leys murió hace tres años. Sus opiniones heréticas de 1971 han sido confirmadas por el trabajo de los historiadores y por un catálogo innumerable de relatos de testigos y supervivientes de aquellos tiempos de horror y destrucción. Ahora aquel libro lo edita y lo traduce de nuevo una editorial joven, Ediciones El Salmón, con un amor ejemplar por la materialidad de la palabra escrita y por el pensamiento libre, con un prólogo de Jean-Bernard Maugiron que sitúa la obra en el contexto de su tiempo y de la vida de su autor. Ninguna época está a salvo de la tontería ni del oscurantismo. En la nuestra vuelven a cobrar un prestigio sorprendente las terribles abstracciones colectivistas de pueblos elegidos y líderes salvadores. Espíritus libres como Simon Leys hacen tanta falta ahora como en los setenta.

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Autor: Simon Leys.

Editorial: Ediciones El Salmón (2017).

Formato: tapa blanda (379 páginas).

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