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Destellos

En 'Momentos de visión', Kenneth Clark confina lo genial de lo artístico sobre todo en los detalles más inadvertidos de una obra

A la inversa que en la ciencia, “en el arte”, escribió Ortega y Gasset, “el signo es evidente, pero el significado, recóndito”. Vamos: un enredo para el que lo hace, pero, si se me apura, aún mayor para quien lo afronta desde fuera, pues, de alguna manera, ha de intentar descifrar su irresoluble enigma. Pensaba en ello al releer la reciente traducción castellana de Momentos de visión (Elba), del historiador de arte británico Kenneth Clark (1903-1983), una figura que alcanzó una elevada cota de popularidad internacional no solo por la amplia perspectiva de los temas abordados, sino por su eficaz talento divulgativo jamás trivial. En consonancia con estas facultades, la obra de Clark fue editada en muchos países y también en el nuestro, pero, que yo sepa, nos faltaba Momentos de visión, una recopilación de ensayos sobre asuntos diversos, que su autor decidió reunir en forma de libro, en 1981, poco antes de morir.

Discípulo y amigo del mítico y longevo Bernard Berenson (1865-1959), la inquieta y fecunda personalidad de Clark no se limitó al habitual cauce académico, sino que, como quien dice, tocó todos los palos que configuran la práctica artística, entre los que hay que destacar, por poner un ejemplo, el que fuera nombrado director de la National Gallery de Londres en 1934, a los 31 de edad, cargo que desempeñó con original brillantez, y en medio de la mayor dificultad posible, hasta 1945. En cualquier caso, fueran cuales fuesen sus plurales méritos, pasó a la historia por el agudo sentido crítico de sus observaciones sobre arte y la calidad literaria de su forma de expresarlas. En este sentido, el principal acierto de Clark fue no perder nunca el perspicaz y apasionado punto de vista del ensayista, que escarba entre lo recóndito de lo más universal sin caer nunca en un sistema totalizador.

Así lo acreditó precisamente en el ensayo que dio título a la recopilación que ahora comentamos, Momentos de visión, donde confina lo genial de lo artístico sobre todo en los detalles más inadvertidos de una obra, que, por lo general, pasan desapercibidos en una mirada distraída, porque, para su percepción no solo se precisa una visión atenta, sino poseer el sabio concurso de todas las artes; es decir: que el captor de lo minúsculo ha de tener una avezada perspicacia, pero también una perspectiva universal para mejor descifrar lo que contempla. Ya el crítico italiano Giovanni Morelli (1816 – 1891), un médico, que revolucionó el método de expertizaje artístico para identificar la mano de un autor, aconsejaba fijarse en los trazos de lo más insignificante, como, por ejemplo, el lóbulo de una oreja, porque allí residía lo más personalmente genuino de su factura, un eficaz método de identificación del que se apropiaron Berenson y Clark, aunque este último le confirió todo su potencial poético. De esta manera, para Clark, lo reveladoramente visionario de un detalle era lo que tenía de destello, de diminuta gota luminosa que alumbra el cosmos.

Se puede pensar lo que se quiera en relación con el polémico Clark, pero nadie le pudo negar los vislumbres de su destallante inteligencia, como se podrá comprobar en la antología de ensayos que comentamos, y, en especial, con el titulado El artista envejece, dedicado a desentrañar el misterio acerca de cómo los mejores artistas ancianos realizan al final sus obras maestras más prodigiosas, porque, según Clark, es solo entonces cuando “toman posición necesaria del cuerpo para hacer comprensible el instante y contemplan cómo el momento de la desintegración revela el alma”.